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lunes, 9 de diciembre de 2019

El golpe de Estado en Bolivia y el evangelismo USA


Jesús Martínez Gordo

       Estas últimas semanas he recibido diferentes whatsapps denunciando el silencio “cómplice” del Papa Francisco ante la crisis de Bolivia. Dejando al margen otros mensajes referidos a conflictos parecidos que sacuden a diferentes países de la región, éstos me han parecido reseñables por la descarnada importancia que les daban quienes me los enviaban, aunque intuía que menos por el diagnóstico en que parecían fundarse.



       Sorprendido, me he interesado por la crisis boliviana encontrándome, en primer lugar, con los análisis del New York Times que explican (y, en el fondo, justifican) lo que denominan “revuelta” social a partir de dos datos: los países del cono sur americano, incluidas la neoliberal Chile o la progresista Bolivia, siguen teniendo -según el informe de Oxfam- el récord mundial de las mayores diferencias entre ricos y pobres. A ello habría que sumar el intento de perpetuarse en el poder que se adueña de algunos gobiernos progresistas en América Latina recurriendo a toda clase de triquiñuelas procedimentales. Como resultado de semejante conjunción, estaría entrando en escena una ambigüedad socio-política de tal calibre que ya no sería posible diferenciar con toda claridad lo que es un “golpe de Estado” (que, por serlo, se desaprueba moralmente) de lo que es una “rebelión social” (que, dada la legitimidad de sus demandas, no queda más remedio que apoyar). He aquí una nueva propuesta analítica que, nada ingenua, tendría mucho que ver con la defensa que activa el chipirón cuando se ve acosado: defenderse, echando tinta. En este caso, enfatizando ambigüedad y confusión y, de paso, generando perplejidad.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Cómo las iglesias evangélicas han logrado ganar tanto peso en la política de América Latina


"La Biblia vuelve a palacio", declaró la presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez, al tomar posesión el pasado 12 de noviembre. Unos días antes, Fernando Camacho, una de las principales voces en el proceso que llevó a la renuncia de Evo Morales, entró Biblia en mano al mismo edificio declarando que "Dios" volvería al "gobierno".



Los dos (Jeanine Áñez y Evo Morales) son católicos y contaron con el apoyo de sectores conservadores de la Iglesia y de líderes evangélicos para debilitar a Morales.

En los últimos años, menciones a Dios y de pasajes bíblicos parecen haberse multiplicado en los discursos políticos, y el apoyo evangélico fue instrumental en el ascenso de los líderes de derecha en América Latina y Estados Unidos.

En Brasil, los evangélicos son la principal base electoral del presidente Jair Bolsonaro. En Estados Unidos no es muy diferente: Donald Trump contó con el apoyo de las iglesias pentecostales para salir elegido.

Para el historiador estadounidense Andrew Chesnut, autor de decenas de libros y artículos sobre el crecimiento de las iglesias pentecostales, la fuerte influencia de los evangélicos en el ascenso y caída de líderes es una de las principales "tendencias" de la política actual en el continente americano.

"Hasta en México, donde la población pentecostal es pequeña, de apenas un 8%, un partido político fundado por un pastor pentecostal ayudó al actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, a llegar al poder", le dijo Chesnut a BBC News Brasil.

"La influencia política evangélica es una de las tendencias políticas más importantes de las últimas cuatro décadas en el continente americano", agrega el profesor de la Virginia Commonwealth University.

Pero, ¿qué explica esa influencia creciente de la religión en la política de países del continente? ¿Y por qué las iglesias evangélicas han conseguido cada vez más adeptos entre los latinoamericanos?

martes, 19 de noviembre de 2019

El odio al indio





Como una espesa niebla nocturna, el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira. No gritan, escupen; no reclaman, imponen. Sus cánticos no son de esperanza ni de hermandad, son de desprecio y discriminación contra los indios. Se montan en sus motos, se suben a sus camionetas, se agrupan en sus fraternidades carnavaleras y universidades privadas y salen a la caza de indios alzados que se atrevieron a quitarles el poder.

En el caso de Santa Cruz organizan hordas motorizadas 4×4 con garrote en mano a escarmentar a los indios, a quienes llaman “collas”, que viven en los barrios marginales y en los mercados. Cantan consignas de que “hay que matar collas”, y si en el camino se les cruza alguna mujer de pollera la golpean, amenazan y conminan a irse de su territorio. En Cochabamba organizan convoyes para imponer su supremacía racial en la zona sur, donde viven las clases menesterosas, y cargan -como si fuera un destacamento de caballería- sobre miles de mujeres campesinas indefensas que marchan pidiendo paz. Llevan en la mano bates de béisbol, cadenas, granadas de gas; algunos exhiben armas de fuego. La mujer es su víctima preferida; agarran a una alcaldesa de una población campesina, la humillan, la arrastran por la calle, le pegan, la orinan cuando cae al suelo, le cortan el cabello, la amenazan con lincharla, y cuando se dan cuenta de que son filmadas deciden echarle pintura roja simbolizando lo que harán con su sangre.

En La Paz sospechan de sus empleadas y no hablan cuando ellas traen la comida a la mesa. En el fondo les temen, pero también las desprecian. Más tarde salen a las calles a gritar, insultan a Evo y, con él, a todos estos indios que osaron construir democracia intercultural con igualdad. Cuando son muchos, arrastran la Wiphala, la bandera indígena, la escupen, la pisan la cortan, la queman. Es una rabia visceral que se descarga sobre este símbolo de los indios al que quisieran extinguir de la tierra junto con todos los que se reconocen en él.

El odio racial es el lenguaje político de esta clase media tradicional. De nada sirven sus títulos académicos, viajes y fe porque, al final, todo se diluye ante el abolengo. En el fondo, la estirpe imaginada es más fuerte y parece adherida al lenguaje espontáneo de la piel que odia, de los gestos viscerales y de su moral corrompida.

Todo explotó el domingo 20, cuando Evo Morales ganó las elecciones con más de 10 puntos de distancia sobre el segundo, pero ya no con la inmensa ventaja de antes ni el 51% de los votos. Fue la señal que estaban esperando las fuerzas regresivas agazapadas: desde el timorato candidato opositor liberal, las fuerzas políticas ultraconservadoras, la OEA y la inefable clase media tradicional. Evo había ganado nuevamente pero ya no tenía el 60% del electorado; estaba más débil y había que ir sobre él. El perdedor no reconoció su derrota. La OEA habló de “elecciones limpias” pero de una victoria menguada y pidió segunda vuelta, aconsejando ir en contra de la Constitución, que establece que si un candidato tiene más del 40% de los votos y más de 10% de votos sobre el segundo es el candidato electo. Y la clase media se lanzó a la cacería de los indios. En la noche del lunes 21 se quemaron 5 de los 9 órganos electorales, incluidas papeletas de sufragio. La ciudad de Santa Cruz decretó un paro cívico que articuló a los habitantes de las zonas centrales de la ciudad, ramificándose el paro a las zonas residenciales de La Paz y Cochabamba. Y entonces se desató el terror.