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miércoles, 22 de abril de 2020

Hil kanpaiak / Toque de difuntos

NOTA:    En el equipo de mantenimiento del BLOG hemos llegado a entender que, en las circunstancias que nos envuelven (el CONFINAMIENTO POR «COVID-19») bien podríamos prestar el servicio de abrir el BLOG a iniciativas que puedan redundar en aliento para quienes se sientan en soledad, incomunicadas o necesitadas de expresarse.
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Horma bako parrrokiak


En nuestro país se han llevado a cabo diversas acciones cuando una persona ha fallecido (a causa de ETA o de ETA o por violencia de género…). Paros, manifestaciones, silencios, plantones frente al Ayuntamiento. En esta ocasión han fallecido más de 1.000 personas, y no hay gestos para expresar el duelo y la solidaridad con las familias y amigos. Hoy se cumplen 40 días desde el inicio del confinamiento, y como signo de duelo y de solidaridad hacia familias y amigos, las campanas de nuestras parroquias de Arratia tocarán los toques de difunto a las 9 de la noche. Si alguien te pregunta "¿quién ha muerto?", responde: "1.000 personas, más de 1.000 historias".
Una sociedad sana no puede olvidar a sus muertos.

Gure herrian batan bat hil danean edo hil dabenean (ETAk edo ETAkoa edo genero indarkeriaz edo…) hainbat ekintza burutu izan doguz. Paroak, manifestazioak, isiluneak, udaletxe aurrean plantoak…  Oraingoan 1.000 baino gehiago hil jakuz eta ez dago dolua azaltzeko eta familia eta lagunei alkartasuna adierazteko kinurik… Gaur 40 egun betetzen dira itxialdia hasi zala, eta dolu ezaugarri moduan eta familia eta lagunei alkartasuna adierazteko ezaugarri apal eta txiki lez, gure Arratiako parrokietako kanpaiak hil kanpaiak joko dabez gabeko 9etan. Batan batek itaunduten badeutsu “Nor hil da?”, zuk erantzun: “1.000 pertsona, 1.000 historia baino gehiago”.
Gizarte sano batek ezin ditu bere hildakoak ahaztu.

martes, 26 de marzo de 2019

La hora del laicado

Conferencia de
Gabriel Mª OTALORA


PLANTEAMIENTO

    Los laicos y laicas tenemos mucho que decir y hacer. Las dos cosas. Yo a lo que aspiro con esta reflexión es a poner un granito de arena que ayude a la responsabilidad que tenemos frente a nuestras dos debilidades más señaladas: el clericalismo y la pasividad indiferente, los grandes muros que impiden mostrar con hechos el Reino que se nos invita a construir, ¡entre todos y todas!, no solo unos pocos. 
    A los Doce siguieron otros muchos; en el evangelio se citan a aquellos "otros setenta y dos" que el propio Jesús envió de dos en dos, que no parece que eran autoridades religiosas. Pablo de Tarso emprendió poco después un enorme movimiento misionero hacia Occidente hasta el punto que se le considera el verdadero motor de la incipiente religión cristiana con diferencias esenciales respecto a la religión judía. 
    Mis palabras y reflexiones, por tanto, pretenden sumarse a la gran cadena que debemos tensar los cristianos para vivir la Buena Noticia entre nosotros y con los demás mediante el testimonio que lo haga contagioso. 

 
    Los laicos tenemos deberes. Ya no sirve ampararnos en que nos marginan y consideran menores de edad, eclesialmente hablando. El Papa Francisco sintetiza en su exhortación apostólica Amoris laetitia, la alegría del amor, su criterio principal de actuación para obispos, sacerdotes y laicos de vivir con una conciencia madura capaz de discernir la conducta a seguir en cada caso. Y para acertar, es preciso dejarse iluminar por Dios, escuchar, orar. Estamos llamados a curar y cuidar, a sanar y acompañar conforme al signo cristiano: 
-Lo primero, no hacer daño.
-Lo segundo, implicación, erradicando la actitud de "no es asunto mío".
-Lo tercero, hacerlo con amor, a la manera de Jesús. 

    Lograr, entre todos, una Iglesia libre y abierta frente a los desafíos del presente, que no debiera estar a la defensiva por temor a perder algo mundano: estas son palabras del Papa, no mías. 
En este contexto, es hora de reivindicar el papel del laico que, sigue muy postergado por el clericalismo, y desperezarnos de una pasividad endémica que nos cuestiona frente a las justas quejas que formulamos buscando una Iglesia viva en comunión participativa que ofrezca respuestas con hechos. No es una cuestión de clérigos, sino de todos, porque mientras no sea así, nuestra tarea cristiana de evangelizar está en juego. No seremos más que un pálido reflejo de lo que podríamos alumbrar y seremos motivo de escándalo. 
    Los laicos tenemos que sacudirnos pasividades, comodidades e inhibiciones y dedicar tiempo al compromiso activo en la comunidad cristiana y en la sociedad. Pero los presbíteros deben superar el control total de la comunidad y los recelos con los laicos para fomentar un verdadero liderazgo de servicio.