Aprender a ser una comunidad “multicolor”: algo, a la vez, difícil y gratificante
Kontxi Gómez
Marce Martínez
Patxi Martínez de Lagos
Tomás Aranberri
Kontxi y Marce son dos personas interesadas, además de por su familia, por la misión, la vida espiritual y la comunidad de viatores a la que pertenecen y por su formación. He tenido la suerte de conocerlas desde aquellos tiempos en los que existían los cursos de licenciatura y doctorado en la Facultad de teología, transformados, desde la reforma de Boloña, en másteres o postgrados. Y ahora, en los Cursos de Actualización Teológica que se imparten en la parroquia de San Andres los miércoles por la mañana. A ellas se han sumado, recientemente, otros dos miembros viatores; Patxi, casado como Kontxi y Marce, y Tomás Aranberri, religioso de la misma comunidad y misionero en Perú durante unos cuantos años. Escuchar y comentar su experiencia fue para nosotros un refrescante recordatorio de una de las mejores y más novedosas páginas de la eclesiología del Vaticano II. Seguro que el lector lo podrá comprobar por sí mismo. Jesús Martínez Gordo.
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Querido Papa León XIV:
Somos un grupo de seguidores de Jesús de Nazareth que intentamos seguirle en comunidad. Comunidad cristiana que ora, que celebra su fe; comunidad que se forma, que revisa su vida y comunidad que celebra y disfruta su vida alrededor de la mesa compartida. Somos religiosos (hermanos y presbíteros) y seglares (sin clasificaciones), pero en la comunidad todas y todos somos iguales (diría Pablo aquello de que “ya no hay judío ni griego…; ni hombre ni mujer”, Gal 3, 28). Nuestro Proyecto comunitario y nuestro Plan de Vida anual guían nuestro caminar, y la persona elegida la anima. Discutimos, reímos, podemos estar de acuerdo o discrepar con las decisiones conjuntas, pero nos queremos.
Usted conoce que en nuestra Iglesia hay infinidad de formas de seguir al Señor y ser Iglesia. Mateo pone en boca de Jesús que para que Él esté en medio de nosotros es necesario que haya dos o tres reunidos en su nombre (Mt 18, 20). Y eso hacemos, o intentamos, que cada una y cada uno somos hijos de nuestras madres.
Somos. Vivimos. Comunidad. Comunidad Viatoriana. Parecida y semejante a otras, pero es la nuestra, por eso es la más importante para nosotros, porque en ella nos movemos y caminamos, con nuestras propias dudas, pero sabemos quién nos anima y con quiénes avanzamos, en la vida y en la Iglesia.
No venimos de la nada, hemos sido alumnos de los viatores, o madres de alumnas y alumnos. Nos conocimos hace muchos años (ya no somos tan jóvenes), conocemos su caminar y su historia, y un día hasta nos invitaron, ellos y el Señor, y aceptamos ser parte de la propia comunidad.
Un poco de historia
¿Y dónde nació esta historia? Ya sabrá usted que, en Francia, y, sobre todo, en los alrededores de la ciudad de Lyon, después de la Revolución Francesa, surgieron congregaciones religiosas como margaritas en primavera. Una de ellas fue la nuestra: los Clérigos de San Viator, lo de Clérigos suena un poco raro, pero son herencias de aquellos tiempos.
Nuestro fundador fue Luis Querbes. Nació en 1793 en Lyon y fue párroco durante muchos años de un pequeño pueblo al sur de la capital, Vourles. Poco salario y mucho entusiasmo. Ahí dieron los viatores sus primeros pasos, las viatores llegamos un siglo y medio más tarde.
¿Cómo responder a las necesidades educativas y catequéticas de los niños de los pueblillos de la Francia rural de la región? Años de discernimiento, no muchos. Él mismo nos lo va contando: “Después de haber examinado delante de Dios, durante varios años, una idea que primeramente me vino en su presencia…”.
Sociedad de maestros para las escuelas parroquiales, sacristanes para los párrocos, célibes o casados… Sociedad de catequistas, enviados de uno en uno si fuera necesario… Congregación de maestros de escuela, con hermanos de votos simples y cofrades, célibes o no…
Con la aprobación episcopal en 1831 todavía persisten los miembros laicos, pero cuando el 21 de septiembre de 1838 es aprobada por Roma, se ha convertido en una congregación religiosa, y los laicos han desaparecido.
No era el momento. Conociendo como conocemos a nuestra Iglesia, sabemos que la primera mitad del siglo XIX no era el momento de una sociedad formada por miembros religiosos y miembros seglares, solteros o casados.
El “desembarco” del laicado
En el Concilio Vaticano II empiezan a soplar nuevos aires para las y los laicos que pertenecemos a la Iglesia. Brisa suave, demasiado suave. Pero posibilita que los Clérigos de San Viator en su nueva constitución, aprobada en 1983, puedan incorporar en su capítulo V lo siguiente: “De acuerdo con una idea entrañable a nuestro Fundador, la Congregación acepta asociar otras personas que quieran participar de nuestra misión, de nuestra vida espiritual y de nuestra vida comunitaria" (Constitución de los Clérigos de San Viator).
El Capítulo General de 1994, define que los viatores asociados “no son religiosos ni están llamados a serlo. No son miembros de la Congregación. Tampoco forman una Tercera Orden con respecto a la Congregación. Pero forman comunidad con ella, compartiendo, según modalidades que les son propias, la misión, la vida espiritual y la vida comunitaria viatoriana con los religiosos”.
Pero ningún caminar es fácil. Conocemos la vida real, la de nuestras familias, la de nuestros centros de trabajo, la de nuestros grupos de amigas y amigos… No hay vida sin dificultades, sin malentendidos, sin problemas reales.
Usted entenderá que un ‘desembarco’ de seglares-laicos en una comunidad religiosa no ha debido ser tan fácil. A los religiosos les enseñaron, y muchos hasta se lo creyeron, que eran el ‘hoyo del queque’ (usted que pateó el Perú conocerá el dicho). ¿Las y los viatores seglares-laicos vamos a decidir igual que los religiosos en la Comunidad Viatoriana? ¿No les han inculcado en sus etapas de formación que son la vanguardia de la Iglesia? ¿No les han formado para ello? ¿Y, además, van a correr el riesgo de que la coordinadora de la comunidad sea una mujer?
Sabe usted que las mujeres somos bastante más que el 50% de nuestra Iglesia, que animamos una gran parte de nuestras comunidades eclesiales, pero que la misoginia sigue teniendo cabida en muchas de nuestras comunidades parroquiales, y en nuestros seminarios diocesanos, en algunos, escandalosamente.
También sabrá que la casi totalidad de los religiosos han vivido alejados de la vida real. Han tenido sus estudios pagados. Trabajo fácil de conseguir. No han tenido que ir pagando hipotecas ni han sufrido grandes problemas económicos (aunque, eso sí, normalmente no han dispuesto de grandes sumas de bolsillo). Tampoco han tenido que lidiar con hijas ni hijos, ni con sus problemas. Vamos, que han vivido un poco alejados de la vida real, esa que vive la casi totalidad de las personas.
Somos una comunidad multicolor
Por eso, nos ha costado crear una comunidad multicolor, pero hemos ido aprendiendo, los unos y los otros, y las otras, y nos hemos ido enriqueciendo. Que cada uno de nosotros somos hijos de una época, de una educación, de unas vivencias que hemos ido asimilando; y cada uno hemos ido aportando nuestras riquezas y pobrezas personales, nuestra bondad y nuestra terquedad, nuestra seriedad y nuestra alegría, nuestra experiencia comunitaria de años y nuestra vida familiar… Ninguno es más, ni menos, pero eso sí, somos distintos, como la vida misma. Estelas coloridas que intentan formar el mismo mosaico.
Querido Papa, hemos soñado y soñamos con comunidades vivas, construidas por todos, en las que nos sintamos aceptados y queridos, en las que nos podamos seguir formando, en las que podamos discrepar, en las que podamos celebrar nuestras dichas y llorar nuestras penas, en las que pueda haber correcciones fraternas, pero no condenas, en las que nos podamos sentir hermanos y hermanas… Ya sabe usted que no es nada fácil, pero en una sociedad como la nuestra, cada vez más individualista, en la que cada vez porcentajes más altos de personas se sienten solas, la comunidad es imprescindible. Las primeras comunidades nos enseñaron que la fe se vive en comunidad. A eso nos invita nuestra misión, a crear comunidades.
Las y los viatores lo intentamos en nuestros centros escolares, en nuestras parroquias, allí donde estamos y vivimos. Tenga en cuenta que hemos dicho ‘intentamos’. Trabajar con jóvenes es bonito, pero no es fácil, la increencia es cada vez más elevada (dicen que puede haber brotes verdes, ¿los veremos?), hoy están aquí y mañana allí. Y en nuestras parroquias encontramos pocos jóvenes, la mayoría son personas de edad avanzada, pero también las personas mayores están llamadas a crear y vivir su fe en comunidad.
La ‘Carta de la Comunidad Viatoriana’ de 2012 nos dice que ‘La Comunidad viatoriana es un don del Espíritu a la Iglesia y al mundo; está llamada a ser un signo profético en nuestra sociedad. Es fruto de una apelación dirigida a personas comprometidas en estados de vida diferentes: vida religiosa, vida secular, incluso ministerios ordenados, que caminan juntos en el seguimiento de Jesús y viven el Evangelios según el carisma querbesiano actualizado en el carisma viatoriano”.
Hemos puesto el techo alto, pero el camino está señalado. ¿Utopía? También suena a utópico cuando Lucas describe las primeras comunidades cristianas en Hechos, pero nos muestra el objetivo.
Kontxi Gómez
Marce Martínez
Patxi Martínez de
Lagos,
Tomas Aranberri

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