“Ama a Jesús verdadera y apasionadamente y cree lo que quieras”
María Jesús Olarte Iturrieta
Hace unos años Maria Jesús se matriculó, por primera vez, en lo que, entonces, era un curso de postgrado en la Facultad de teología de Vitoria Gasteiz. Estaba recién llegada de América Latina y, en concreto, del norte de Chile donde había estado acompañando a personas en situación de calle. Antes, había formado parte del equipo de Misiones diocesanas, en Ecuador. Muchos de los matriculados la conocían y la llamaban “Txus”. Y así se la sigue llamando en la actualidad. Su Carta al Papa León XIV nos permitió dialogar -como podrá comprobar el lector- sobre dos asuntos que me parecen claves en la teología y en la espiritualidad actuales. El primero de ellos, referido a si se puede seguir hablando -por coherencia evangélica- de “opción” por los pobres o, si más bien, hay que hablar de “cristianos” o “cristianas”, habida cuenta de que para un seguidor de Jesús su identificación con los pobres no es “opcional”: “lo que hicisteis a uno de estos más pequeños, a Mí me lo hicisteis”. Y el segundo asunto, referido a repensar en qué sentido la eucaristía es la “fuente y la cima” de la vida cristiana si es que se tiene presente, en la debida importancia y centralidad, tan contundente y neta identificación. Jesús Martínez Gordo.
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Querido Papa León XIV:
Me dirijo a usted sin saber todavía quién es, cómo piensa y qué planes tiene para esta nuestra Iglesia. Le confieso que haber recuperado la vestimenta tradicional y volver al Palacio Apostólico, me ha producido un cierto malestar. Quiero que sepa que Francisco fue para mí un Papa con el que conecté muy bien. Y lo fue porque me encantaba su sencillez, su espontaneidad, su sensibilidad con los más desafortunados, su facilidad para reconocer los errores y pedir perdón… en una palabra: ¡su cercanía y humanidad!
Hay muchos dioses en este “ancho mundo”
Desde pequeña, he sido una persona que siempre ha tenido muy presente a Dios porque lo percibía y siento como el Padre de TOD@S, lleno de amor, cercano, acogedor. Pero, igualmente, lo sentía -y sigo percibiendo- como el Hijo que se hace humano, gracias a un inmenso acto de amor, y, de manera particular, como el Espíritu que anima y da vida.
Reconozco que Jesús de Nazaret ha influido, y sigue influyendo, mucho en mi vida. Lo acojo y vivo como un Dios que se abaja y se hace uno de nosotros; como un hombre que sufre y goza como Vd. y como yo. Y, de manera particular, como una persona que elige libremente estar cerca de sus semejantes, ayudar, perdonar, dignificar y que, venciendo el miedo, ¡se expone hasta la muerte por defender la dignidad de los más desfavorecidos!
Le confieso que son muchas las ocasiones en las que me paro a pensar en la libertad que Dios nos ha regalado en Jesús y me asombra hasta qué punto llega su amor. Y la verdad es que, no me gusta la palabra “pecado”, (por lo mal que se ha utilizado). Para mí, “pecado”, es un mal uso de esa libertad recibida, siendo su resultado un acto de inhumanidad. Por eso, a veces, más que de pecado suelo hablar de actos inhumanos. No sé qué le parecerá este cambio nominal, pero a mí me ayuda a ser seguidora de Jesús y a detectar, sobre todo, su presencia doliente en medio de nuestras inhumanidades y de tantos ídolos como pueblan nuestro ancho mundo; más ancho y doliente, sobre todo, en las ocasiones en las que me atrevo a mirarlo desde los últimos.
Mi relación con la Iglesia ha sido -y sigue siendo- intensa
Es cierto que en muchas ocasiones he sentido que una parte de la Iglesia y yo tomábamos caminos diferentes. Pero le tengo que confesar que es algo que no me ha preocupado demasiado. Y no me ha preocupado en demasía porque creo que una estructura tan inmensa como la católica, que abarca tantísimas culturas, tantas realidades, se equivoca dando y, a veces, “imponiendo el mismo menú para todos”.
¿No le parece que tendríamos que pasar a un modelo de Iglesia más inculturada en el que -con Jesús en el centro- fuera posible respetar las peculiaridades de cada lugar y tener como denominador común el bien de la humanidad y particularmente de los últimos de nuestro mundo? ¿No cree que tendríamos que promover con todos ellos la justicia, sobre todo, la redistributiva y la que busca la recuperación o reinserción de quienes han delinquido?
Le confieso también que tengo claro, y siento, que la relación personal con Dios necesita ser vivida en comunidad. Pero, la verdad es que, a veces, me echan para atrás esos grupos o comunidades que –de tanto insistir en “su carisma” o en “su verdad”- acaban convirtiéndose en grupos cerrados en los que, al final, parece haber poco sitio para el Dios de Jesús de Nazaret. Como también me echan para atrás todas esas manifestaciones religiosas a las que solo parecen interesarles lo externo, lo comercial, el cumplimiento… Tengo dificultades para reconocer en ellas la centralidad que ha de tener Dios por su plenitud de humanidad, por dejarnos, afortunadamente, la Creación inacabada y porque nos pide ayuda para colaborar con Él en hacer, cada día, un mundo un poco más fraterno.
Me gustaría -pero ya sé que es un deseo, sin duda ingenuo, que, en lugar de gastar tantas energías en “ganar conversos para meterlos en nuestra Iglesia”, fuéramos más sensibles y cuidadosos con los “cristianos anónimos” de los que hablaba K. Rahner; es decir, que tuviéramos más presentes a esos “cristianos” que, por no compartir determinadas verdades, pero por amar a los demás, son tipificados, en el mejor de los casos, como “anónimos”. Creo que, más allá de estas calificaciones, no están fuera del proyecto del Reino de Jesús, sino en el centro del corazón de Dios.
Este recordatorio me lleva a no olvidar el pasaje en el que, cuando los apóstoles quisieron prohibir la predicación a unos “porque no caminaban con ellos…”, porque no eran de su grupo, ¡el mismo Jesús no permitió que los callaran: “Yo soy la puerta y nadie viene al Padre sino por mí”. Y no lo permitió porque entendía el anuncio y la práctica del Reino de manera inclusiva. ¿No le parece que tendríamos que alegrarnos de que otras personas le amen, le sigan y hasta lo confiesen de modos distintos a los nuestros?
Dios mío, “ahora nos toca a nosotros ayudarte a Ti”
Querido Papa, son muchas las ocasiones y comportamientos ante los que me parece que somos una Iglesia poco humilde y, por ello, prepotente y preocupada en exceso por nosotros mismos … por nuestros dogmas, seguridades y normas.
Si por algo me llama favorablemente su nombramiento es porque, al ser agustino, intuyo que propiciará una Iglesia presidida por el dicho que, atribuido al obispo de Hipona y que Vd. bien conoce, es un magnífico resumen del Evangelio: “Ama a Jesús verdadera y apasionadamente y cree lo que quieras”. A la luz de tal dicho tengo la esperanza de que todos aquellos que en sus vidas sean sujetos de una experiencia profunda del amor de Dios no pueden conformarse con la mediocridad que, con demasiada frecuencia, preside nuestras comunidades. ¡Cuánto me gustaría que su pontificado estuviera presidido por favorecer este amor maduro y profundo de Dios que he percibido en su Exhortación Apostólica “Dilexi te”: “en el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo”!
Y me gustaría, porque intuyo que, solo a la luz de esta experiencia de un Jesús cercano y sensible al dolor, la fe puede tener un poder curativo en un mundo como el nuestro, inmerso en más de cincuenta guerras o conflictos armados -aunque no aparezcan en las pantallas de televisión-, azotado por maltratos, abusos, ocupaciones ilegales… E intuyo, igualmente, que fue esa experiencia de amor, maduro y profundo, la que, ante la pregunta que Etty Hillesum se hacía sobre dónde estaba Dios en el campo de tránsito a Auschwitz, que era el de Westerbork, la llevara a responderse ella misma en estos términos: “Tú no puedes ayudarnos, ahora nos toca a nosotros ayudarte a Ti”…
Cuando tengo delante esta experiencia de encuentro con Dios y la confronto con el grupo de personas que en diciembre del pasado año impidieron que la Cruz Roja alojara en una iglesia a personas vulnerables, procedentes del desalojo masivo en Badalona… no puedo evitar quedarme perpleja y hacerme estas preguntas: ¿dónde está aquí el hombre?, ¿dónde está la mujer?, ¿a qué ha quedado reducida la humanidad? ¿Por qué callamos cuando nos hablas y te diriges a nosotros en los inmigrantes (hermanos nuestros) a quienes tratamos como si fueran animales?
“Señor, ¿qué harías tu?”
Pero eso no es todo. ¿Cómo es posible que hace dos semanas, en el funeral de una persona joven, el sacerdote que lo presidía dijera que “la enfermedad y la muerte son fruto del pecado”? Del pecado ¿de quién? ¿Quién es “Dios” para este sacerdote? ¿Seguro que es el de Jesús de Nazaret? ¿El que incluía y tenía una particular debilidad por sus “hermanos más pequeños”? ¿El que se identificaba con los pobres? ¿El que comía y bebía “con los pecadores” y los miraba “con cariño”? ¿El que se dejaba “acariciar por una mujer prostituta”? ¿El que se hizo pobre y nació de una mujer pobre? ¡Cuánto me gustaría que no nos cansáramos de preguntarnos todos los días, como lo hacía el chileno Hurtado, (el que construyó alojamientos para personas en situación de calle): “Señor, en esta situación, en este momento, ante estas situaciones ¿qué harías Tú?”
Si nos invitara a que nos formuláramos todos los días esta pregunta u otra parecida, creo que nuestra Iglesia -al menos, la que yo conozco- sería un poco más profética, no estaría tanto “en su nube” y se miraría más en el ejemplo de las comunidades originarias y menos en otras cosas, que, sinceramente, me parecen irrelevantes en comparación con el dolor de tantas personas.
¡Ojalá que su pontificado esté presidido por lo que dice en el número 26 de su “Dilexi te”: “no se puede amar a Dios sin extender el propio amor a los pobres! El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios” ¡Me encanta escuchar y que nos recuerde este punto capital de todo cristiano y cristiana y de cualquier comunidad! Quien ama y vive así cree lo fundamental. Y si, encima, lo hace en verdad y apasionadamente, no solo conoce a Dios y está en Dios, sino que está proclamando que “el amor es la mayor de las virtudes divinas”.
Sé que existen personas para las que todo esto que ahora comparto con Vd. es una pérdida de tiempo, una ilusión, una fantasía y, hasta es posible, que una estupidez. A estas personas quiero decirles lo que acostumbra a manifestar Antonio Mijangos, un cura amigo, jubilado en Rioja alavesa, cuando se le formulan cuestiones de este estilo o parecido: “si, alguna vez, fuera cierto que todo esto es un sueño … no importa. ¡Habrá merecido la pena! Sencillamente, porque la fe en un Dios compañero de viaje, que me ha hecho partícipe en su proyecto de amor universal, me ha hecho feliz. Por eso, le estaré siempre agradecido”.
Con afecto y esperanza
María Jesús Olarte Iturrieta

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