lunes, 2 de febrero de 2026

La Iglesia no es (solo) el arzobispo

Cristianos de base en Asturias reivindican una fe social y sinodal frente al discurso oficial.

Fuente:   Nortes.me

Por    Ismael Juárez Pérez

31/01/2026

Foto: David Aguilar Sánchez.

En una sala austera de la parroquia de La Milagrosa, en Gijón, apenas hay adornos. Una mesa sencilla, varias sillas, papeles, libros subrayados y un radiador encendido que intenta combatir el frío de la tarde. En una de las paredes, un crucifijo discreto recibe la luz tenue de un día que amenaza lluvia, aunque esta no llega todavía. La escena parece suspendida, observada en silencio.

Aquí se reúnen José Manuel, María José —“Choche”— e Iñaki, tres cristianos de base que aceptan hablar con el periodista sin prisas, sin consignas y sin ánimo de confrontación, pero con una idea clara: la Iglesia que viven y en la que creen no se reduce a la voz del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes.

No vienen a desmentir titulares ni a ajustar cuentas personales. Lo que quieren es hacer visible una realidad que, dicen, permanece oculta: en Asturias existe un cristianismo organizado, crítico y socialmente comprometido que no se reconoce en los posicionamientos públicos más recientes del arzobispo, especialmente en cuestiones como la migración, Gaza o la gestión de los abusos sexuales en la Iglesia.

 

Quiénes son y desde dónde hablan

José Manuel, María José e Iñaki no representan una organización cerrada ni homogénea. Forman parte de un espacio amplio y plural, integrado por laicos, sacerdotes, mujeres y hombres procedentes de parroquias, movimientos de Acción Católica, comunidades cristianas y asociaciones sociales. Se definen como cristianos y cristianas por una Iglesia sinodal en Asturias, una red más que una estructura, un punto de encuentro más que una sigla.

“Cristianos de base”, explican, no significa estar fuera de la Iglesia, sino situarse en su base, vivir la fe en pequeñas comunidades, en horizontalidad, compartiendo decisiones, reflexiones y compromisos. “La Iglesia no es solo los curas y los obispos”, insisten. “Si se queda en eso, se queda en nada”.

 

Horizontalidad frente a verticalidad: una tensión histórica

La palabra “horizontalidad” aparece pronto en la conversación. Y con ella, el reconocimiento de una tensión que no esconden. La Iglesia católica es una institución estructuralmente vertical, pero también contiene —o debería contener— una dimensión horizontal, comunitaria y participativa.

No hablan de democracia interna en sentido estricto, sino de corresponsabilidad, de una Iglesia donde las decisiones no bajen únicamente desde arriba, sino que surjan del discernimiento compartido. “En cualquier grupo humano tiene que haber responsabilidades”, explica José Manuel, “pero otra cosa es que la autoridad se ejerza como servicio o como poder”.

En ese sentido, subrayan que la Iglesia no es ajena a las dinámicas que atraviesan cualquier organización humana, como concentración de poder, resistencias al cambio y conflictos entre base y dirección. “La polarización que vemos en la sociedad se da también dentro de la Iglesia”, reconocen, “y no es solo una cuestión teológica, sino organizativa e ideológica.”

 

El Vaticano II: memoria viva y punto de referencia

Buena parte de su discurso se ancla en un acontecimiento que consideran fundacional: el Concilio Vaticano II. Para ellos no es historia pasada, sino una referencia viva. Recuerdan el impulso de actualización (aggiornamento), la apertura al mundo, el cambio en la liturgia y, sobre todo, una idea clave, que la Iglesia no está fuera del mundo, sino que es parte de él.

Iñaki cita leyendo el inicio de la Gaudium et Spes (Concilio Vaticano II): “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”.

Para ellos, ese texto sigue marcando el camino. El de una Iglesia encarnada en la realidad social, capaz de alegrarse y sufrir con la gente común.

Reconocen que ese impulso conciliar iniciado por Juan XXIII se fue frenando. Y señalan sin rodeos el largo pontificado de Juan Pablo II como un periodo de estancamiento, marcado por la marginación de la teología de la liberación y el refuerzo de movimientos eclesiales más conservadores. “En 27 años da tiempo a nombrar muchos obispos”, apunta Iñaki. Y esos nombramientos, dicen, dejan huella.

La llegada del Papa Francisco supuso, para ellos, una sorpresa y una recuperación parcial de aquel espíritu. La palabra sinodalidad —caminar juntos— aparece como una actualización del Vaticano II, no como una ruptura. “Es lo mismo, pero en el lenguaje de hoy”, resume José Manuel.

Sin embargo, reconocen que el impulso del Papa choca con la realidad concreta de cada diócesis. En la Iglesia, dicen, cada obispo gobierna su territorio con amplios márgenes de autonomía. Y ahí es donde sitúan el problema actual en Asturias.

“No se trata solo de ideas”, explican, “sino de estilos pastorales”. Un obispo puede animar la fe o desanimarla. Puede abrir espacios de participación o cerrarlos. Puede facilitar el diálogo o limitarlo a lo formal. En su experiencia, la gestión actual de la diócesis se apoya mucho más en el “palito vertical” que en el horizontal.

 

Cuando la voz institucional se impone a la comunidad

El nombre del arzobispo de Oviedo aparece inevitablemente en la conversación, pero José Manuel, María José e Iñaki se esfuerzan en situarlo en su justa medida. No cuestionan su derecho a opinar ni a expresar convicciones personales. Lo que ponen en cuestión es el lugar desde el que habla y el efecto que eso tiene cuando quien se pronuncia lo hace en nombre de una institución que no es solo suya.

Jesús Sanz Montes habla en nombre de Jesús Sanz Montes”, resume uno de ellos, “no en nombre de la Iglesia de Jesús de Nazaret”. El problema, explican, es que desde su cargo episcopal sus palabras se proyectan automáticamente como la voz de toda la Iglesia asturiana, estrechando una realidad mucho más plural y diversa.

Ese malestar no surge de una declaración aislada, sino de una acumulación de mensajes que, a su juicio, desplazan el enfoque pastoral hacia un marco político y confrontativo. Ha ocurrido con la migración, cuando el arzobispo ha cuestionado la regularización de personas extranjeras apelando a la imposibilidad de “acoger a todos”, incluso desmarcándose de la posición la Conferencia Episcopal; con la masacre “insoportable” en Gaza, reducida por el obispo en una ocasión a un “rifirrafe” mientras se desacreditaban iniciativas humanitarias; o con el islam, al utilizar expresiones que muchos consideraron despectivas y estigmatizadoras; también con los abusos, al criticar en una columna de opinión en el diario Abc el acuerdo entre Estado e Iglesia para el reconocimiento y la reparación de las víctimas de pederastia en el clero español. Un artículo que propició que cuatro asociaciones de víctimas pidieran al Papa el cese de Jesús Sanz Montes.

En los tres casos —Gaza, migración y abusos—, los cristianos de base han hecho pública su posición desde un criterio que consideran irrenunciable: ponerse del lado de quienes sufren. “No es ideología”, insisten. “Es Evangelio”. Recuerdan que la opción por los pobres y marginados no es una postura política coyuntural, sino un eje central del mensaje cristiano.

El choque se vuelve más profundo en el tratamiento de los abusos sexuales en la Iglesia. Para estos cristianos de base, minimizar el alcance del problema o desplazar el foco hacia comparaciones externas no solo hiere a las víctimas, sino que contradice frontalmente el camino de reconocimiento y reparación que la propia Iglesia ha empezado a recorrer. Según el informe del Defensor del Pueblo (2023), a partir de una encuesta demoscópica, el 1,13 % de la población adulta en España afirma haber sufrido abusos sexuales en un entorno religioso, lo que, extrapolado al conjunto de la población, supone en torno a 440.000 personas. En paralelo, la base de datos elaborada por El País —que recoge únicamente casos conocidos y documentados— contabiliza 2.948 víctimas de abusos en el ámbito de la Iglesia católica en España.

Son magnitudes distintas —una estimación poblacional y un recuento de casos documentados—, pero ambas explican por qué, para José Manuel, María José e Iñaki, el debate no es “mediático” ni ideológico, sino estructural. Cuando el discurso institucional deja de ponerse del lado de quienes sufren y pasa a proteger la imagen o el poder, concluyen, la Iglesia se aleja de su núcleo evangélico. No es una cuestión de sensibilidades, “sino de fidelidad al mensaje de Jesús de Nazaret”.

 

Autocrítica, poder y la exclusión de las mujeres

Lejos de adoptar un discurso defensivo, José Manuel, María José e Iñaki reconocen que la Iglesia atraviesa un profundo descrédito social y asumen una parte de responsabilidad. “Algo habremos hecho mal”, dicen con claridad. No señalan solo factores externos ni culpan a la secularización o a la política. Miran hacia dentro.

Enumeran sin eufemismos algunos de los fallos que, a su juicio, han erosionado la credibilidad de la institución, por ejemplo, la gestión de los abusos sexuales, el alejamiento de los pobres y de quienes viven en los márgenes, el refugio en ritos vacíos, la obsesión por mantener poder e influencia. Pero entre todos ellos, hay uno que consideran especialmente revelador, la exclusión sistemática de las mujeres de los espacios de decisión.

El papel de la mujer ocupa durante un rato un lugar central en la conversación, especialmente para María José. Denuncian una discriminación histórica que, sostienen, no se explica por razones teológicas sólidas, sino por inercias culturales y estructuras de poder profundamente arraigadas. No hablan solo del acceso al sacerdocio, sino de algo previo y más básico: la dignidad y la corresponsabilidad.

Recuerdan que el bautismo es igual para hombres y mujeres y que, desde esa raíz, no hay fundamento evangélico para una desigualdad estructural. La exclusión femenina, concluyen, no forma parte del mensaje original de Jesús de Nazaret, sino de la evolución posterior de la institución. Y mientras esa contradicción persista, añaden, la Iglesia seguirá teniendo dificultades para recuperar credibilidad en una sociedad que ya no acepta jerarquías sin justificación.

 

Desánimo, abstención y pérdida de comunidad

El conflicto no es solo ideológico. Tiene consecuencias prácticas. Hablan de desánimo, de gente que se retira en silencio, de una especie de abstención eclesial. Personas creyentes que no rompen, pero tampoco participan. “Se quedan en casa”, resumen.

La pérdida de relevo generacional agrava la situación. La Iglesia envejece y, dicen, no basta con culpar a la secularización. “La pregunta es qué estamos ofreciendo”, plantea Iñaki.

Ese retraimiento silencioso coincide con una caída sostenida de la identificación religiosa en España. Según el Barómetro del CIS de abril de 2025, en torno al 55 % de la población se declara católica, y menos de uno de cada cinco se considera practicante. La distancia entre la pertenencia cultural y la implicación real se ensancha.

No es un fenómeno reciente. Los datos comparativos de largo plazo muestran que, a mediados de los años setenta, casi nueve de cada diez españoles se identificaban como católicos. Hoy esa proporción ronda la mitad y, entre los jóvenes, cae a poco más del 30 %. También la asistencia habitual a oficios religiosos ha descendido de forma sostenida en las últimas décadas.

Con ese telón de fondo, la “abstención” de la que hablan José Manuel, María José e Iñaki no es solo una vivencia personal, sino la expresión cotidiana de una desafección más amplia que la Iglesia no siempre acierta a interpretar sin buscar culpables fuera.

 

Una Iglesia más allá del arzobispo

Pese a todo, no transmiten derrota. Insisten en que la Iglesia es más que su jerarquía, más que un arzobispo concreto, más que una línea ideológica. Es comunidad, es asamblea, es encuentro. Y desde ahí quieren seguir trabajando, sin polarización, sin enfrentamientos estériles, pero sin renunciar a la palabra.

“No pedimos privilegios”, concluyen. “Pedimos que se reconozca que hay otras voces, otros modos de vivir la fe, y que la Iglesia de Asturias no se identifique con una sola manera de pensar”.

“Una Iglesia que no está con quienes sufren deja de ser Iglesia”, añade María José.

La conversación termina y la sala vuelve poco a poco a su silencio habitual. El radiador se apaga. La luz también. Desde la ventana del fondo entra una claridad débil. La tarde apunta ya a la noche. Aún no llueve. En uno de los rincones, casi oculto en la pared, queda el crucifijo. Allí seguirá cuando salgan y cierren la puerta.

 

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