“Por favor, repare el error cometido por su predecesor en la diócesis de Vitoria-Gasteiz”
Maite Sáez de Olazagoitia
El conocimiento que Maite tiene de la diócesis de Vitoria – Gasteiz le ha llevado a escribir la presente carta al Papa León XIV. Lo ha hecho -como debe ser- en clave personal, pero recogiendo también algunas de las muchas consideraciones que tuvimos la oportunidad de manifestar el curso pasado cuando, analizando las diferentes estrategias pastorales, casi siempre recalábamos en la que se viene promoviendo en la diócesis de Vitoria estos últimos años. Creo que su Carta es algo así como una comunicación, ciertamente personal, pero también a partir de lo mucho y sensato aportado por todos en aquel curso que, como el lector podrá comprobar, lo fue con una admirable y, a la vez, dolorida libertad. Jesús Martínez Gordo.-
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Muy querido hermano León:
Mi deseo, al escribirle esta carta, es hacerle partícipe de mis inquietudes pastorales, así como de las de muchos fieles de esta diócesis de Vitoria.
La diócesis de Vitoria, a lo largo de su historia, ha dado a la Iglesia de todo el mundo, grandes hombres y mujeres, tanto para esta iglesia local como para tierras de misión. La respuesta al mandato pontificio que se nos hizo hace más de 75 años en forma de Misiones Diocesanas, ha aportado una gran riqueza de hombres y mujeres, seglares, religiosos, religiosas, sacerdotes y obispos a Ecuador, Angola, Ruanda, Venezuela, Chile y Brasil.
En estos últimos años, las cosas han cambiado radicalmente. Cierto que el actual mundo se ha secularizado, pero, al recordar dicha secularización, no quiero detenerme en expresar una simple añoranza, sin salida y estéril, de tiempos pasados, sino constatar lo que estamos viviendo y sintiendo una buena parte de los cristianos y cristianas de esta diócesis como consecuencia de las decisiones pastorales lideradas por el obispo; y por su modo de proceder y comportarse.
Se ha incrementado desmesuradamente el número de sacerdotes llegados de otros países y de otros lugares de fuera de la diócesis, a los que se les están encomendando las parroquias y otras responsabilidades para ocuparse exclusivamente de tareas litúrgicas, sin que, en muchos casos, dominen mínimamente el idioma, conozcan la cultura de este País y estén capacitados pastoralmente, algo que es bastante más que limitarse a presidir celebraciones sacramentales. Como puede apreciar se trata de tres capacidades cruciales si es que se pretende tener una presencia que sea realmente evangelizadora en este pueblo.
Se argumenta que la falta de sacerdotes, la carencia de nuevas vocaciones y la necesidad de atender las urgencias pastorales existentes justifican sobradamente que se contraten sacerdotes extranjeros y extradiocesanos. Es, además, se indica, la vía de solución a la que no queda más remedio que agarrarse habida cuenta de la muy alta edad media del clero y de la feligresía, así como del repliegue de algunas comunidades religiosas que, hasta no hace mucho, han desempeñado responsabilidades pastorales bien definidas y necesarias.
Quiero decirle que la contratación de los sacerdotes extranjeros y extradiocesanos ha sido una decisión tomada por el obispo de la diócesis sin la debida y consensuada maduración con los sacerdotes diocesanos que, desde hace años, son removidos de sus destinos sin ningún tipo de diálogo ni consideración previos. Y, por supuesto, sin consultar (y menos, sinodalmente) a la gran mayoría de los religiosos, religiosas, laicas y laicos comprometidos en esta diócesis.
Le indico muy sumariamente esta decisión y el modo de proceder adoptado por el obispo porque somos muchos los cristianos y cristianas firmemente convencidos de que no son, ni táctica ni pastoralmente, acertados. Y no lo son porque el número de sacerdotes extranjeros y extradiocesanos, además de ser desproporcionado y muy poco o nada inculturado en el modo de hacer y ser comunidad cristiana de muestra tierra, ofrecen unos resultados pastorales desastrosos. Estamos asistiendo, como resultado de esta decisión y del modo de proceder con que se acompaña, a una creciente y lamentable desertificación pastoral en las zonas rurales y en no pocas parroquias urbanas.
Por eso, lamento (y creo que conmigo muchas personas) que no se afronten otras posibles estrategias alternativas: redistribuir las tareas promoviendo equipos ministeriales en las parroquias, favorecer el acompañamiento de pequeñas comunidades allí donde sea posible y contar con un modelo de sacerdote conciliar, es decir, que, con entrañas pastorales, cuide la unidad de fe y la comunión entre las parroquias que se le puedan confiar y que sea apostólico e itinerante; nada que ver con el modelo tridentino y exclusivamente sacramental que se está promoviendo.
Creo que, si decidiera informase, no tendría dificultad alguna en percibir el descontento y desaliento existentes tanto entre los sacerdotes, religiosos y religiosas, como entre el laicado de la diócesis. Son un descontento y desaliento que algunos esperaban poder superar apoyados en las expectativas activadas por la apuesta del Papa Francisco en favor de una Iglesia sinodal y corresponsable.
La realidad es que en esta diócesis no se sabe qué es o en qué puede consistir una Iglesia sinodal y corresponsable. Y, en todo caso, si tal apuesta existiera, aunque fuera, al menos teóricamente, es irrelevante ante el desánimo y desaliento y ante la impotencia e indignación que provocan el desmoronamiento pastoral al que estamos asistiendo.
La estrategia de contar con sacerdotes y laicos extranjeros ha podido ser procedente en determinados momentos y en algunas tierras de misión; de ello tenemos alguna experiencia. Pero lo que veo me indica que no es la adecuada en una tierra que -como la nuestra- tiene unas raíces culturales, lingüísticas e identitarias tan fuertes. Y todavía menos, sin cuidar, como es debido, el imprescindible aprendizaje del idioma y la correspondiente inculturación y relación pastoral. El resultado de todo ello está siendo la desertificación de las comunidades cristianas todavía existentes.
Querido Papa León XIV: le he expuesto brevemente la penosa situación por la que atraviesa la diócesis de Vitoria para formularle un doble ruego: infórmese con rigor de lo que está pasando en nuestra diócesis y corrija, por favor, y de la manera que entienda mejor y más procedente, el error cometido por su predecesor nombrando obispo de esta iglesia local al actual prelado. Creo que se lo agradeceríamos la inmensa mayoría de los que todavía -y a pesar de lo mucho que venimos padeciendo- seguimos perteneciendo y participando en nuestras comunidades.
Reciba un esperanzado y fraterno saludo
Maite Sáez de Olazagoitia

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