jueves, 17 de octubre de 2013

Tres teólogos perseguidos y diferentemente rehabilitados: Y. – M. Congar, B. Häring y K. Rahner

Jesús Martínez Gordo


Es cierto que Y. - M. Congar, B. Häring y K. Rahner fueron perseguidos, primero, por el ex Santo Oficio y algunos de ellos, posteriormente, por la Congregación para la Doctrina de la Fe[1].

Y también es cierto que los tres fueron rehabilitados, aunque de diferentes maneras. 

Plenamente, en el caso de Y. – M. Congar. Bastante menos, en el de K. Rahner. Y ciertamente, no, en el caso de B. Häring.

Yves M. Congar tuvo su particular travesía del desierto antes del Concilio. La participación en el mismo como “perito” le permitió rehabilitarse y llegar a ser cardenal con Juan Pablo II.

K. Rahner también tuvo dificultades, pero no padeció (como es el caso de Y. – M. Congar) exilio alguno. El problema habido por el “imprimatur” de su estudio sobre el dogma de la Asunción de María fue resuelto discretamente, aunque las sospechas no se acallaron nunca. Su participación en el Vaticano II le rehabilitó, pero la involución posconciliar (que él constata con particular sorpresa y dolor) le lleva a adoptar posicionamientos cada vez más “proféticos” o “rebeldes”.

Finalmente, B. Häring también es perseguido por el Santo Oficio, antes del Concilio. Lo singular de su biografía teológica es que lo seguirá siendo después por sus criticas consideraciones de la encíclica “Humanae vitae” sobre el control de natalidad (Pablo VI, 1968) y sobre la autoridad del magisterio eclesial en estas cuestiones. Toda una preocupante anticipación de los problemas que van a tener muchos moralistas (aunque no exclusivamente) a lo largo del pontificado de Juan Pablo II (empezando por la retirada de la “missio docendi”).

Si hubiera que apuntar qué es lo más reseñable en cada uno de estos recorridos y de las complicadas relaciones institucionales que han mantenido, habría que indicar que es posible una doble y complementaria reflexión: atendiendo a la singularidad que se transparenta en la trayectoria teológica de cada uno de ellos y prestando atención a lo que tienen en común. 

Lo singular de cada uno de ellos

Cuando se atiende a su singularidad, entonces es preciso destacar el coraje de Y. M. Congar para padecer (sin perecer) tres exilios.

Su trayectoria muestra cómo es capaz de afrontar (y sufrir) las condenas (y las posteriores sospechas) del ex Santo Oficio y, sobre todo, los tres exilios sin desfallecer. Es cierto que, sobre todo en el tercero de ellos (Cambridge), su situación existencial es particularmente delicada. Pero también lo es que, a  pesar de todo, no baja la guardia ni arroja la toalla.

El “Diario” escrito estos años es un desahogo personal (y, frecuentemente, una dolorida oración), un texto referencial para conocer la situación de la Iglesia en el tiempo inmediatamente anterior al concilio y, de manera particular, un documento en el que se informa de la manera como se comportaba la curia vaticana con las personas que, años después, abanderarán la renovación eclesial (por su valía teológica y espiritual, puesta desmedidamente a prueba).

Hoy, como entonces, también son muchas las personas y colectivos en los que se puede volver a ver algo del coraje mostrado por Y. - M. Congar en su día para padecer (sin perecer) el hostigamiento teológico, espiritual y pastoral de quienes, por ejemplo, abanderan una lectura involucionista del Vaticano II.

La lista de estas personas y colectivos sería interminable. Y quizá, por ello, sean mediáticamente menos conocidos. Más notorio es el elenco de teólogos que han publicado en castellano: J. A. Estrada, J. M. Castillo, G. Gutiérrez, B. Forcano, M. Vidal. J. Sobrino, A. Torres Queiruga y J. A. Pagola.

Queda la esperanza de que se abran, más pronto que tarde, los oportunos procesos de rehabilitación que devuelvan la honorabilidad eclesial, injusta e improcedentemente arrancada, en la gran mayoría de las ocasiones.

De Bernard Häring hay que destacar su coraje para proponer una alternativa moral a la oficial y enfrentarse al autoritarismo eclesial.

El redentorista tiene en común con Y. - M. Congar la lucidez para proponer, a pesar de todo, una moral superadora de la casuística imperante hasta entonces. Si el dominico francés hace una aportación eclesiológica de indudable nivel, B. Häring formula una impagable alternativa de teología moral.

Sin embargo, y a diferencia del dominico francés, mantiene una actitud más beligerante con el Santo Oficio (y posteriormente con la Congregación para la doctrina de la fe). En este sentido, se muestra menos propenso a padecer (como en el caso del dominico francés) las decisiones que se puedan adoptar contra él y a callar ante los procedimientos empleados. Probablemente, mucho tiene que ver en ello el hecho de estar más familiarizado que Y. M. Congar con la vida romana y con los “lobbies” vaticanos y también a haber sido reconocido, por aquel entonces, como una autoridad teológica mundial.

Lo que es sufrida paciencia en Y. - M. Congar se convierte, en el caso de B. Häring, en pública denuncia, sin paliativos, del autoritarismo y de la arbitrariedad. Esta diferente manera de relacionarse con el ex Santo Oficio se muestra con toda claridad cuando se contrasta el libro-entrevista del redentorista con el Diario del eclesiólogo francés desde 1946 hasta 1956.

No está de más recordar que son modos de proceder que no han desaparecido tampoco en nuestros días. Los casos más recientes, entre otros, de J. Sobrino, J. A. Pagola o de A. Torres Queiruga, así lo atestiguan.

De Karl Rahner hay que destacar, según se puede apreciar en la biografía de H. Vorgrimler (el mejor biógrafo) su coraje para colaborar en la renovación conciliar y rebelarse contra la involución eclesial.

El teólogo alemán comparte con Y. - M. Congar y B. Häring la redacción de una propuesta, en este caso de teología fundamental, que es la que está en el origen de su problemática relación con el Santo Oficio. También comparte con ellos un enorme interés por renovar la Iglesia antes, durante y después del concilio Vaticano II.

A diferencia de Y. - M. Congar, y en sintonía con B. Häring, no calla ni tolera la recepción involucionista y se rebela frente a ella.

Le diferencia del moralista la “suerte” de poder rebelarse sin tener que afrontar los problemas que tuvo que padecer el redentorista con la Congregación para la doctrina de la fe. El hecho de ser un teólogo mundialmente consagrado (y, muy probablemente, estar geográficamente más alejado del Vaticano) le concede algo así como una especie de “patente de corso” para decir lo que estima más oportuno y conveniente, a pesar de que no sea del gusto de la curia vaticana.

Muchos de los colectivos (de presbíteros, laicos, mujeres y religiosos) que han aflorado estos últimos años y que activan una crítica, a la vez, propositiva de la comunión eclesial deseable, de la secularidad que habría que recuperar y de la justicia que habría que reubicar en el corazón de la fe, del pensamiento y de la acción, están prolongando, en gran medida, la actitud desplegada por el K. Rahner rebelde en el postconcilio.

Lo común: el coraje, la “parresia”

Pero si la atención se centra en lo que es común, entonces hay que resaltar, en primer lugar, la “parresia” o el coraje.

El coraje para soportar los sinsabores y el sufrimiento que acarrea ser sospechoso e, incluso, condenado.

La audacia para proponer y redactar una alternativa ya sea eclesiológica, moral o fundamental y, sobre todo, para defenderla en diálogo con la modernidad ilustrada.

Y el arrojo o “parresia” para dialogar (de manera inaceptablemente asimétrica) con las teologías romanas y vaticanas que entonces (como todavía hoy, al menos con Juan Pablo II y Benedicto XVI) han acallado cualquier aportación que no sintoniza con sus postulados metodológicos o con la perspectiva por ellos primada.

Evidentemente, se trata de una audacia asentada en el encuentro con Dios que (presente en la mediación eclesial) impulsa a estar particularmente atento a los signos de los tiempos y al clamor de justicia de nuestro mundo. Esto, que es común a los tres, queda modulado, una vez más, en cada uno de ellos con acentos propios.

Y en segundo lugar, un coraje para no callarse y seguir defendiendo, de manera argumentada, sus posicionamientos, primero, ante el Santo Oficio y, posteriormente, ante la Congregación  para la Doctrina de la Fe.

Quizá, por ello, sus propuestas teológicas siguen siendo en nuestros días tan vivas como interpelantes en su tiempo.


[1] Se puede leer completo el artículo en J. MARTINEZ GORDO, “Tres teólogos perseguidos y diferentemente rehabilitados: Y. – M. Congar, B. Häring y K. Rahner”: SCRIPTORIUM VICTORIENSE 60 (2013) 89-132

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