Desde el inicio de la crisis ven más españolas ejerciendo la prostitución
![]() |
| Las monjas adoratrices Aurelia Cuesta (primera por la izquierda) y María José Palominio (tercera), acompañadas de empleadas de la casa de acogida: Sonia Pérez (educadora, primera en segunda fila), Elena Guerra (trabajadora social, de azul), Dolores Martínez y Librada Luiz. |
EL PAÍS: Natalia Junquera, Almería (28 MAY 2015)
Un grupo de monjas
hace ruta todas las semanas por clubs de alterne, carreteras, cortijos y
pisos de Almería donde se ejerce la prostitución. Son adoratrices y
oblatas que hace años que no se ponen el hábito y viajan en una
furgoneta en la que, a veces, se producen milagros. En la parte trasera
de ese vehículo, habilitada como un pequeño salón en el que las
religiosas reparten café y preservativos, se han transformado vidas
enteras; las de decenas de mujeres obligadas a vender su cuerpo por
redes mafiosas o por pura desesperación. La ruta termina en una casa de
acogida cuyo domicilio es confidencial, por seguridad. Reciben a EL PAÍS
con la condición de no revelar esa ubicación ni la identidad de sus
inquilinas.
“Me engañó un gitano rumano”, relata Erika, víctima de trata. Ella
tenía entonces 12 años; él, 27. “Me dijo que vendríamos a España, que yo
podría trabajar de limpiadora…”. Con 14 se quedó embarazada. “Así que
me vendió a otro gitano rumano”. Erika no sabe por cuánto dinero, pero
sí sabe que le engañó, porque cuando su nuevo dueño descubrió que iba a
ser madre, la molió a palos para intentar provocarle un aborto.
No lo consiguió y ella regresó a su país, Rumanía, para dar a luz. “Ese mismo día, el gitano que me había traído a España se presentó en el hospital y me dijo: ‘Tú eres mía”. Se la llevó. “Me obligó a trabajar enseguida. La mujer de mi padre se quedó con mi niña”. De vuelta en España, le obligaba a darle 300 euros al día. “Si no los conseguía, me pegaba una paliza”. La torturaba metiendo su cabeza en el frigorífico e intentando cerrar la puerta. En una ocasión, le rajó los muslos con un cuchillo y chorreando sangre, la obligó a tener relaciones sexuales con él. “Un cliente me animó a denunciar a la policía". El juicio está pendiente y Erika, que ahora tiene 24 años, ya no vive en la casa de acogida. La monja María José Palomino recuerda que el día que la conoció se puso enferma; era la forma en que su cuerpo rechazaba aquel inacabable recuento de “perrerías”.
No lo consiguió y ella regresó a su país, Rumanía, para dar a luz. “Ese mismo día, el gitano que me había traído a España se presentó en el hospital y me dijo: ‘Tú eres mía”. Se la llevó. “Me obligó a trabajar enseguida. La mujer de mi padre se quedó con mi niña”. De vuelta en España, le obligaba a darle 300 euros al día. “Si no los conseguía, me pegaba una paliza”. La torturaba metiendo su cabeza en el frigorífico e intentando cerrar la puerta. En una ocasión, le rajó los muslos con un cuchillo y chorreando sangre, la obligó a tener relaciones sexuales con él. “Un cliente me animó a denunciar a la policía". El juicio está pendiente y Erika, que ahora tiene 24 años, ya no vive en la casa de acogida. La monja María José Palomino recuerda que el día que la conoció se puso enferma; era la forma en que su cuerpo rechazaba aquel inacabable recuento de “perrerías”.
