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lunes, 3 de octubre de 2016

¿Es posible la comunion con los fundamentalistas?



Adaptado del artículo “Fundamentalismo y comunión” de Juan Mª Laboa
sobre la “religión mal vivida” en Sal Terrae enero 2016






En el tratamiento de este tema, conviene tener en cuenta que la to­lerancia, el pluralismo, la convergencia de concepciones y, por otra par­te, la intolerancia y el fundamentalismo tienen que ver con la doctrina, pero también, y a veces de manera determinante, con la cultura, la psi­cología y el talante de los individuos y de la sociedad civil del momento. Por otra parte, en el catolicismo no siempre coinciden armoniosamente la necesaria y permanente adaptación entre una legislación con preten­sión de universalidad y la obligada asimilación de las condiciones y rea­lidades locales. La permanente tensión existente entre el centro romano y las periferias nacionales responde también a esta realidad.


Para precisar el concepto [fundamentalismo] en su significación actual, y en contraste con el integrismo, podríamos partir de la consideración del fundamentalismo cristiano como «la insistencia, por motivos religiosos o políticos, en la existencia de un punto de vista de la verdad absoluto»; y, asociado, a esta actitud, «un rechazo de ciertos principios importantes del mundo mo­derno, como la tolerancia, el pluralismo, la secularización y el relativis­mo», por temor a que estos derechos disminuyan la autoridad y la ac­tuación de Dios y de la Iglesia en la sociedad, tal como escribió Pío VI en la bula de condena de los derechos del hombre y del ciudadano: «Pero ¿qué podía haber más insensato que el establecimiento entre los hombres de esta igualdad y esta libertad desenfrenada que parece borrar toda ra­zón? ¿No es la libertad de pensar y actuar un derecho quimérico contra­rio a los derechos del Creador supremo, a quien debemos la existencia y todo cuanto poseemos?»


lunes, 14 de diciembre de 2015

Fundamentalismos

JESÚS MARTÍNEZ GORDO, catedrático de teología

Las actitudes fundamentalistas no son una patología exclusiva de las religiones, sino una enfermedad que se apodera e infiltra en todos los ámbitos de la vida

Los hechos son conocidos. Francia ha sido sacudida dos veces por el azote terrorista en lo que va de año: la masacre del equipo de redacción del semanario satírico Charlie Hebdo (enero) y los atentados simultáneos de París con un dramático balance de 132 muertos y más de 300 heridos (noviembre).

También son de dominio público las declaraciones del presidente François Hollande del 13 de noviembre, tras haber sido asumida su autoría por el Estado Islámico: son un ‘acto de guerra’ al que Francia responderá de manera ‘implacable’ y ‘sin misericordia’.

Igualmente son conocidas algunas de las decisiones tomadas: cierre de las fronteras; tres días de duelo nacional; estado de emergencia en todo el territorio; prohibición de manifestaciones en la vía pública; intensificación de los ataques a ISIS; traslado hasta la zona del portaviones Charles de Gaulle; solicitud de colaboración militar a sus socios europeos y reforma de la Constitución. No han faltado quienes, evaluando el alcance y significado de estas medidas, han enfatizado la vecindad entre esta manera de reaccionar y la respuesta del presidente George Bush hace catorce años (11 de septiembre de 2001) a los atentados de las torres de Nueva York.

El capítulo de los análisis es enorme. Imposible de sintetizar. Retengo, consciente de sus limitaciones, los que subrayan el fundamentalismo islámico de sus ejecutores y, por extensión, del que ronda a toda religión. Quedan para otra ocasión las valoraciones que centran su mirada en las víctimas.

Una vez condenado el fundamentalismo yihadista, se han escuchado diagnósticos que invitan a levantar la vista de su envoltorio religioso y a evaluarlo no tanto en clave de ceguera islámica, cuanto en relación a los intereses energéticos en los que están muy implicadas (y enfrentadas) las principales potencias occidentales. Y, por supuesto, entre ellas, Francia.

El fanatismo yihadista, se recuerda, es una tapadera, oportuna y convenientemente empleada: por unos, para encontrar ‘carne de cañón’ con la que desestabilizar a los prepotentes occidentales y, por otros, para despistar (y apartar) a la ciudadanía de los enfrentamientos que está provocando el reparto de la tarta energética en Oriente Medio.