martes, 14 de diciembre de 2021

Sin discriminación, pero no sin diferencias: un gran reto

Por Andrea Grillo

Publicado el 30 de noviembre de 2021 en el blog: Come se non


 

¿Cómo no discriminar? El lenguaje, a pesar de sus limitaciones, puede hacer mucho. Una sociedad con voluntad de ser tolerante debe mostrarlo, ante todo, en las palabras y en los pensamientos. Es así como puede expresar una experiencia más universal de aceptación y adoptar formas expresivas más atentas a cómo suenan las palabras no solo en los propios oídos, sino también en los de los demás. Pero también existe un "desgaste de la tolerancia" (Ricoeur). La tolerancia se "desgasta" cuando pierde las diferencias de las que nace y así comienza a generar indiferencia. Las diferencias pueden doler mucho, pero la indiferencia puede ser un mal peor.

El debate -de menor entidad- que se ha abierto en torno al documento de la Comisión de Igualdad debe se reconducido a su verdadera dimensión. Es algo que no se puede tergiversar con titulares exagerados o con auténticas y reales mentiras. Nadie ha pensado "prohibir" ni la palabra Navidad ni el nombre de María. Más bien, se trataría de sustituir los nombres "calificados por una diferencia", en favor de denominaciones más "indiferentes".

Y, sin embargo, ésta es la cuestión sobre la que hay que hablar. Entiendo que, en determinadas circunstancias, sea preferible utilizar terminologías más "neutrales". Todos hacemos esto, dependiendo de los contextos y las circunstancias. En cambio, lo que hay que discutir es el objetivo fundamental: ¿cómo crear una sociedad verdaderamente pacífica y no discriminatoria?

Aquí hay dos estrategias: ¿somos más respetuosos y menos discriminatorios si eliminamos todas las diferencias del lenguaje? ¿O lo somos si mantenemos las diferencias, pero sabemos respetarlas y acogerlas como un enriquecimiento común? De hecho, las "fiestas" y los "nombres" surgen únicamente por diferencias existentes en la historia, en los fundamentos, en los mitos y en los rituales, gracias a las cuales existe y vive la sociedad.

Cuando las "fiestas religiosas" se convierten en "fiestas civiles" -Navidad, Pascua, Pentecostés (que a su vez se han convertido en fiestas religiosas de adaptaciones anteriores)- la terminología con la que se denominan acaba siendo -de manera inevitable- diferenciada. Y, a su vez, las diferentes lenguas procesan estas experiencias de una manera diferenciada. En Italia llamamos "domingo" a lo que los británicos llaman "sunday", y llaman "Christmas" a lo que nosotros llamamos "Navidad". Así que, en abstracto, se podría tener un problema empleando el "Día del Señor", pero no el "Día del Sol",  o recurriendo a "Christmas" pero no a "Navidad". Los idiomas son al menos tan impredecibles como los proyectos humanos. Las diferentes palabras pueden tener un peso variable que impacta en otras sensibilidades y otras confesiones. Pero el punto decisivo es este: ¿se favorece la tolerancia recurriendo a la indiferencia de una lengua "neutral", o promoviendo el respeto por las "lenguas cualificadas"? ¿Cómo se construye la convivencia pacífica? ¿Eliminando las diferencias como amenazas para la pacífica convivencia o fortaleciendo el respeto por las diferencias, entendidas como riquezas comunes?

Podemos decir "feliz Ferragosto" o "buena Asunción", pero no estoy seguro de que el primer deseo sea más tolerante que el segundo. La ostentación de una diferencia que margina sigue siendo problemática y siempre debe evitarse. Pero la sumisión a una indiferencia que ya no entiende las razones de la fiesta es igualmente cuestionable. La primera puede generar una imposición violenta, pero la segunda puede abrirse a una desorientada indolencia.

El tiempo adquiere significado si está marcado por las diferencias: cosas hermosas que recordar y grandes eventos que esperar. Todas las "fiestas" tienen esta lógica "diferente", que irrumpe y sorprende. Una fiesta en la que todo esté "planificado" es una fiesta sin fuego, sin luz, sin historia, sin vida. Decir "felices fiestas" es posible y nunca será un delito, pero sucede que no dice casi nada. Es más. Si la fiesta queda vacía, si se convierte solo en "tiempo de vacaciones", y si es comprendida únicamente en relación con el trabajo, se convierte únicamente en "no trabajo", algo que es demasiado poco. Para celebrar necesitamos un fuego vivo, una promesa no rota, un perdón que se renueva, una liberación inesperada. Y cada tradición tiene sus propios eventos o acontecimientos y sus narraciones. La sociedad tolerante, si no quiere desgastar la tolerancia, y convertirla en indiferencia, debe custodiar los diferentes nombres propios, y no dejar que caigan en un neutro y genérico festivo.

Para hablar de igualdad hasta el final solo podemos hacerlo usando palabras de diferencia. Los saludos, como sabemos, pueden variar. Muy correcto y sin problemas es desear "Buenos días": expresión limpia y elegante, pero nada más. Pero si buscamos poder disfrutar de una confiada relación, rompamos el equilibrio igualitario y digamos "Hola". Es evidente que decir "Soy tu esclavo" no es lo último en igualdad, pero puede ser la única manera de mantener realmente una relación sin discriminación. Me discrimino por ti: ¿qué mejor igualdad? Entre la forma y el fondo del lenguaje inclusivo siempre queda una brecha que no se puede anticipar, que cada lengua elabora de manera diferente, y que la vigilancia puramente formal corre el riesgo de fallar en su objetivo sustancial: el de poder ser universalmente reconocidos en una historia particular, contingente, no necesaria y, por lo tanto, digna del máximo respeto.

 

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