La presentación de la encíclica Magnifica humanitas de León XIV, ante un auditorio repleto, se ha convertido en un llamamiento urgente a “desarmar” la tecnología, pero también a incorporar “el clamor de la tierra y de los pobres” al debate global sobre el futuro de la humanidad.
Fuente: Noticias Obreras
25/05/2026
Ante un auditorio repleto y precedido por voces expertas del ámbito vaticano y universitario, además de Christopher Olah, cofundador de Anthropic y responsable de investigación sobre interpretabilidad en inteligencia artificial (IA), el Papa ha explicado la razón de su preocupación por la actual transformación digital, así como el ejercicio de escucha y diálogo previo a la publicación de este documento, el primero de su pontificado con rango magisterial.
Tras el aplauso recibido por Olah, a quien ha agradecido especialmente su presencia en un ambiente seguramente extraño para un científico y emprendedor tecnológico como es él, el Papa ha celebrado su participación, a pesar de las diferencias existentes, como un “gran signo de esperanza”.
Así ha explicado que este “intercambio”, que más tarde ha ampliado también a quienes sufren las consecuencias de innovaciones en las que no han participado ni decidido, pone de manifiesto “la gravedad del momento, así como la confianza en que juntos podemos discernir grandes cuestiones de nuestro tiempo y, por ende, el futuro de la humanidad”.
“La Iglesia está llamada a descifrar las nuevas cosas a la luz del Evangelio y la dignidad humana”, ha admitido.
En este momento ha vuelto a referirse a León XIII, quien comprendió que “la Iglesia no podía permanecer al margen” ante la amenaza a “la dignidad humana que suponía la rápida Revolución Industrial.
Su predecesor de entonces observó “la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y de las nuevas formas de pobreza generada por la rápida Revolución Industrial” y con su encíclica Rerum Novarum ofreció su “mensaje evangélico y social sobre las nuevas cosas que se acercaban”.
“Hoy nos encontramos ante una transformación de magnitud similar con consecuencias quizás aún mayores”, ha subrayado, dado que la IA está ya afectando a “muchos ámbitos de nuestra vida”, pero sobre todo “afecta a decisiones que configuran la convivencia humana y está cambiando drásticamente la forma en que se libran las guerras”.
“Me han llegado voces muy inquietantes de sistemas de armas cada vez más autónomos” y relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención médica, el empleo y la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias”, ha añadido.
Con toda la contundencia posible, ha proclamado que “la IA debe ser desarmada”.
A pesar de la severidad de la afirmación, ha justificado su uso: en este momento se requieren “palabras capaces de captar la atención, despertar conciencia e indicar caminos para la humanidad”.
De paso, ha recordado que “la Iglesia lleva tiempo trabajando por el desarme nuclear consciente de que todo gran poder técnico puede afectar la vida de las personas, y por lo tanto, debe ir acompañado de un discernimiento moral adecuado y un control público”.
Contra las lógicas de muerte y dominación
Del mismo modo, León XIV ha pedido que la IA sea “liberada de las lógicas que la convierten en un instrumento de dominación, exclusión y muerte, al igual que la energía nuclear debe estar al servicio de todos y del bien común”.
“Las decisiones sobre la tecnología nunca deben separarse de la conciencia y la responsabilidad”, ha afirmado.
Además, ha insistido en que la paz es más que “la ausencia de guerra”, es “justicia en acción”, por lo que ha reconocido que “desarmar no es suficiente”, sino que también hay que “construir”, lo que le ha llevado a recordar la reconstrucción que le tocó vivir en el norte de Perú, azotado por lluvias torrenciales.
Aquella experiencia, ha confesado, le enseñó que no es suficiente “reemplazar” lo destruido, sino que además hace falta “reparar lazos, restaurar la confianza y avivar la confianza en el futuro”, sin olvidarse de que “nadie reconstruye solo”.
Precisamente, aquella experiencia le ha llevado a retomar en la encíclica Magnifica humanitas, el relato de la reconstrucción de Jerusalén en la época del profeta de Nehemías, que cuenta que con “el granito de arena de todos”y “ladrillo a ladrillo” fue posible alumbrar “una convivencia más justa, capaz de salvaguardar la dignidad de todos”.
No temer, tampoco ser negligentes
Por eso, ha insistido en que “la IA puede ser un terreno de construcción de la historia desde un horizonte de comunión, donde el conocimiento técnico aprenda a servir a la vida humana”.
Robert Prevost ha invitado a no temer la nueva tecnología pero sin ser negligentes con “nuestros instrumentos técnicos más poderosos” y ha recordado a Pablo VI cuando dijo que “el verdadero desarrollo concierne a cada persona en su totalidad”, por lo que “nadie puede quedarse al margen de la transición digital y nadie puede ser reducido a productividad, rendimiento cognitivo o meros datos”.
“La persona lleva en sí una libertad, interioridad y una vocación al amor y adoración que ninguna máquina puede reemplazar, ni bloquear”, ha destacado.
Por eso, ha defendido que sólo desde esta “visión integral” se puede “orientar la IA hacia el bien común”, sin olvidar que “sólo juntos quienes diseñan sistemas y quienes se ven afectados por ellos –países ricos y pobres, instituciones e individuos, centros de poder y periferias– podremos construir un futuro, no para unos pocos privilegiados, sino para toda la humanidad”.
Este horizonte, ha recordado, es “la civilización del amor”, acuñada por Pablo VI y defendida por Juan Pablo II, que lejos de ser un sueño ingenuo, aparece como “la dirección que debemos buscar juntos y el camino que Jesucristo abre en la Historia”.
A pesar de no tener respuestas técnicas, ni intención alguna de sustituir las opiniones expertas, la Iglesia, ha planteado el Papa, quiere aportar su patrimonio de “sabiduría humana” que este tiempo necesita con urgencia.
“Cada persona es única e irremplazable, un sujeto libre y con conciencia capaz de buscar a Dios, servir a los demás y cuidar la casa común”, ha destacado y ha reclamado tanto a creyentes como al resto de la humanidad “permanecer despiertos como artesanos de la esperanza para construir la obra de nuestro tiempo”.
Verdades difíciles
En su breve intervención, Christopher Olah, quien había hablado con una franqueza poco habitual en foros institucionales, ha admitido que la IA se desarrolla bajo presiones comerciales, tensiones geopolíticas y también bajo “las más antiguas presiones del orgullo y la ambición”.
“Siempre estamos influidos por estos incentivos”, reconoció.
“Por eso, para que esto salga bien, necesitamos personas que estén fuera de esos incentivos, a quienes les importe de verdad que las cosas salgan bien, que presten mucha atención y estén dispuestas a decir verdades difíciles”.
Progreso auténtico
Por su parte, la teóloga congoleña Leocadia Lushombo, religiosa teresiana y profesora en la Universidad Jesuita de Santa Clara, ofreció una de las intervenciones más incisivas del acto.
Partió de la convicción central de Magnifica humanitas: la IA obliga a discernir sus efectos sobre el desarrollo humano y a profundizar en la comprensión de la antropología teológica cristiana.
Desde ahí articuló cuatro preocupaciones fundamentales:
Salvaguardar la capacidad de la mente para alcanzar la verdad; preservar la libertad interior frente a plataformas que capturan la atención; defender la verdad como relación; y proteger a los trabajadores y romper las nuevas cadenas de explotación.
Retomando las palabras del papa Francisco matizó que un desarrollo tecnológico que no mejora la calidad de vida de toda la humanidad y que agrava desigualdades y conflictos no es progreso auténtico.
Magnifica humanitas —añadió— ilumina cómo actores transnacionales y redes globales se benefician en detrimento de los pobres, mientras los trabajadores más desfavorecidos pagan el precio más alto de la promesa ilusoria de una prosperidad automática.
Poder compartido
Su compañera teóloga Anna Rowlands, profesora en la Universidad de Durham y colaboradora del proceso sinodal, recuperó la frase del Evangelio que explica la irrupción de Jesús en la historia para que “tengan vida y la tengan en abundancia”.
Explicó que las tecnologías están atravesadas por arquitecturas morales, por concepciones implícitas del poder, del éxito, de la eficiencia y del valor humano.
En este sentido, denunció la “creciente cultura del poder” que está transformando el trabajo, la familia, la educación y la vida política.
Frente a ello, propuso transformar las formas de poder que dominan, orientándolas hacia un poder compartido y evaluando los desarrollos tecnológicos según su contribución al verdadero progreso humano.
Desarrollo moral
El secretario de Estado del Vaticano, Prietro Parolin recordó que Magnifica humanitas se inscribe en la “viva estela” de la Doctrina Social de la Iglesia, que desde Rerum novarum ha sabido leer las transformaciones de cada revolución industrial.
Hoy, afirmó, “la nueva revolución tecnológica compromete de nuevo la dignidad humana, el trabajo, la libertad, la calidad de los vínculos, la paz, la justicia y la responsabilidad hacia la casa común”.
El texto parte de un diagnóstico claro: el poder técnico crece con una rapidez extraordinaria, mientras que la madurez ética necesaria para gobernarlo avanza mucho más lentamente.
La velocidad con la que se acumula ese poder supera la capacidad de conciencia individual y colectiva. Por eso, insistió el Papa, “el desafío más profundo no es técnico, sino humano: decidir hacia dónde queremos caminar como familia humana”.
Abrazar los límites
El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, desarrolló la visión espiritual que sostiene toda la encíclica: contemplar a la humanidad como “magnífica”, incluso reconociendo su terrible capacidad de maldad.
Criticó tanto el posthumanismo como el transhumanismo, apelando a aceptar los límites humanos: la limitación, dijo, no es un defecto a corregir, sino el lugar donde nacen la entrega, la solidaridad, la generosidad y la adoración.
Vida y plenitud
El cardenal Michael Czerny sintetizó su intervención en tres palabras que, según él, articulan la contribución de Magnifica humanitas al discernimiento global sobre la IA: ingenio, conciencia y cuidado.
Como cristianos, afirmó, tenemos una esperanza arraigada en Cristo y en la certeza de que el Espíritu Santo actúa en la historia, sosteniendo cada decisión que orienta la tecnología hacia el bien. La meta última es la civilización del amor, una convivencia donde los pueblos crezcan en fraternidad y se desarrollen plenamente, también en la era de la IA.
La contribución más original de la fe —concluyó— es recordar que los seres humanos trascienden la suma de sus logros, sus perfiles de datos y sus simulaciones técnicas. Están llamados a la plenitud de vida en relación. Custodiar esta verdad y esta libertad ante los retos de nuestro tiempo es, dijo, “una tarea que se nos ha encomendado”.

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