lunes, 12 de julio de 2021

Secretismo en el Vaticano: por qué Francisco eligió la extrema reserva para comunicar su operación

Fuente:   La Nación

Elisabetta Piqué

CORRESPONSAL EN ITALIA

10 de julio de 202118:03

 

El Papa permanece internado y optó por la privacidad para no generar confusiones; la estrategia fue criticada por falta de transparencia

 

Estatua de Juan Pablo II fuera del hospital Agostino
Gemelli, donde se encuentra el PapaGregorio Borgia - AP

 

ROMA.- Con su tradicional humor porteño, a la pregunta de “¿cómo está?”, el papa Francisco suele contestar: “Vivo”. Más de una vez se autodefinió un abuelo y anciano y es consciente de sus 84 años que, hasta el domingo pasado, llevó en muy buena forma.

Salvo sus dolores de ciática, por los que camina rengueando y que arrastra desde sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires y que una vez hasta lo dejaron doblado en dos y semiparalizado durante una visita a Roma, en 2007, tuvo un pontificado sin mayores sobresaltos.

Pero todo cambió con su sorpresiva internación en el hospital Gemelli, el domingo pasado, donde deberá quedarse al menos hasta el lunes próximo, después de haber sido sometido a una delicada operación planificada al colon de la que se está recuperando, pero que abrió varios interrogantes.

El primero, ¿qué implicará la cirugía para el Papa? ¿Seguirá Francisco —que el 17 de diciembre próximo cumplirá 85 años— llevando una vida “a mil”, como hizo hasta ahora, siguiendo adelante con sus reformas y audiencias, escribiendo encíclicas, enviando videomensajes, sorprendiendo con gestos y con viajes internacionales en todos los continentes, que suelen ser cortos y muy intensos?

Aunque aún es pronto para saberlo, quienes lo conocen apuestan a que sí, de seguir sin complicaciones la convalecencia en curso. Porque “es un jesuita que siente que si está donde está, es porque así Dios lo quiere y así será hasta que Él lo dispondrá”, así como “un pastor determinado a estar al servicio de su grey, con alma y cuerpo, hasta que le den las fuerzas”. No por nada realizó su último viaje internacional —considerado por muchos una locura— a un país tan peligroso como Irak y, además, en plena pandemia, en marzo pasado.

Entonces, por primera vez, en la tradicional conferencia de prensa en el avión de regreso admitió que nunca antes se había cansado tanto. En esa oportunidad también preocupó su ciática, mucho más visible al momento de desplazarse que otras veces, tanto es así que en dos oportunidades utilizó para moverse un carrito de golf, en Mosul y en Erbil.

Más allá de alimentar especulaciones de que, como dijo en varias oportunidades, el Papa no tendría ningún problema en renunciar, imitando el gesto valiente de su predecesor, Benedicto XVI, en el caso de darse cuenta de que ya no está en condiciones de gobernar con la energía necesaria una Iglesia católica en crisis —como también admitió recientemente—, la sorpresiva internación de estos días confirmó también eso de que cada pontífice tiene su carisma.

 

Estrategia de comunicación

Los más veteranos, de hecho, recordaron que su predecesor polaco —que hizo famoso en todo el mundo al hospital Gemelli porque allí estuvo varias veces internado, la primera después del atentado del 13 de mayo de 1981—, manejó a nivel informativo sus internaciones de forma mucho más abierta. Incluso anunció él mismo en un Ángelus, el 12 de julio de 1992, que estaba por internarse poco más tarde. “Quisiera hacerles una confidencia. Esta tarde iré al Policlínico Gemelli para someterme a unos chequeos”, anunció Karol Wojtyla desde la ventana del despacho del Palacio Apostólico. “Pido sus oraciones para que el Señor me sostenga con su cercanía y a la Virgen Santísima le repito ‘totus tuus’ (todo tuyo) con plena confianza en su materna protección”, agregó.

No hace falta decir que, poco más tarde, una multitud despidió al Pontífice cuando su caravana se trasladó hasta el Gemelli, donde su llegada en un Mercedes convertible negro fue transmitida en directa televisiva. Los días siguientes el hall del Gemelli era un hervidero de periodistas, médicos que daban entrevistas y visitantes. En internaciones siguientes y hasta el final de sus días, su mítico vocero, el español Joaquín Navarro Valls, también revelaría detalles de cómo seguía su jefe. Ni siquiera esta corresponsal se olvida de cuando, después de una traqueotomía que padeció Juan Pablo II poco antes de morir el 2 de abril de 2005, Navarro Valls contó a los periodistas que el papa polaco esa mañana había desayunado bien, con un cappuccino y unos bizcochos...

Francisco tiene otro estilo, muy distinto. Aunque desde su elección conquistó a los medios con su informalidad, cercanía y hasta por revelar cómo había sido el cónclave en una audiencia el 16 de marzo de 2013 en la que recibió a los miles de periodistas de todo el mundo llegados para la ocasión, esta vez que le tocó a él toparse con una enfermedad, optó por otra cosa. En la oración del Ángelus que pronunció al mediodía, el domingo pasado, en la que apareció en buen estado, como siempre terminó deseándole a todos un buen almuerzo y pidió no olvidarse de rezar por él, un clásico. Antes, incluso, anunció un viaje a Hungría y Eslovaquia en septiembre próximo. Pero se guardó de dar la noticia de su internación y operación en el Gemelli, que a las tres de la tarde se filtró a la agencia italiana ADNKronos y poco más tarde debió ser confirmada por el Vaticano. Algo que le dio el puntapié inicial a una enorme preocupación en todo el mundo.

De perfil bajo, el Papa llegó al Gemelli en su Ford Focus azul, con un chofer y un acompañante en forma anónima, en un momento de media tarde de domingo de verano de calor africano, con poquísima gente en el hall del hospital, con su librería cerrada y cafetería vacía. Nunca hubo fotos ni imágenes del momento. Y desde entonces —amén de que durante su pontificado hizo una enorme reforma de las comunicaciones y creó un “ministerio”, el Dicasterio para las Comunicaciones, que concentró los diversos medios vaticanos y creó un portal nuevo—, la comunicación fue mínima. Quizás también por tratarse de temas muy íntimos, relacionados con el intestino, la información fue llegando a cuentagotas y con la menor cantidad de detalles posibles.

Y así lo decidió el propio Francisco, que quiso privacidad y evitar que se creara confusión, un circo mediático en las afueras del Gemelli y una “espectacularización” de su hospitalización. Con esta consigna, el Vaticano se limitó a difundir una declaración diaria escrita, firmada por el director de la Sala de Prensa, Matteo Bruni y basada en información de los médicos.

El hospital Gemelli jamás emitió un parte médico y ninguno de los diez especialistas que intervinieron en la cirugía papal jamás apareció ante una cámara o brindó una entrevista. Un secretismo considerado un poco anacrónico para estos tiempos, que fue criticado por falta de transparencia. Los canales de televisión y radio necesitan imágenes y audios que nunca hubo, sin contar que las redes sociales y ediciones online deben alimentar un aggiornamento de la información vertiginoso y voraz, que nunca se detiene. Y si no hay información oficial, la falta de la misma puede comenzar a ser reemplazada por especulaciones y las tan mentadas fake-news.

Aunque el atípico manejo informativo, muy contracorriente, también fue elogiado. Il Foglio, un diario conservador que suele ser muy crítico de Jorge Bergoglio, defendió su decisión de máxima privacidad. “Es encomiable que en este mundo frenético, mediático e hiperconectado, el Papa haya dado la orden de mantener la más estricta reserva sobre sus condiciones, con un boletín por día, publicado rigurosamente a las 12, que no puede ser más escueto”, comentó. “Es justo que sea así. El Papa es el Papa, es verdad, pero también es un hombre de 84 años que tiene derecho a su privacidad. No es necesario que el mundo se entere de cuántos centímetros del colon le fueron extirpados al ilustre paciente. Respetémoslo”, pidió.

 

 

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