Jesús Martínez Gordo
Esta noche -10 de junio de 2026, mientras seguía por la televisión la bendición de la torre de Jesucristo por el Papa León XIV en la Sagrada Familia de Antoni Gaudi- he ido recordando mis años de estancia en Barcelona y las incontables subidas a la torre de San Bernabé, casi siempre acompañando a familiares y amigos que venían a visitarme o que estaban de paso.
Pero, sobre todo, me ha venido a la memoria la intervención de un buen amigo teólogo, invitado a hablar de Dios por una fundación catalana, dedicada a cuidar y cultivar la relación entre el cristianismo y la cultura contemporánea. Y tras dicha intervención, el diálogo que sucedió con una persona, perteneciente a otra fundación, también catalana, pero dedicada, en este caso, a servir a la fe y a promover la justicia.
Mi amigo, hablando de Dios, tuvo una brillante intervención desde una perspectiva que, por aquellos años, interesaba de manera particular: la belleza como vía o camino de aproximación al misterio de Dios y como superación de la explicación que sostenía que lo que entendíamos por “Dios” no era más que una mera proyección de nuestros deseos y fantasías de eternidad, bondad o sabiduría.
O, dicho de otra manera, había mucho interés en mostrar la fuerza seductora que tiene -por sí mismo- lo que es bello, una mediación en la que también se transparenta lo que decimos cuando decimos “Dios” como lo radicalmente otro y fascinante, además de existente al margen de nuestros deseos. Es propio de lo bello -argumentó- su capacidad para llamar nuestra atención por sí mismo y por -descentrándonos- sacarnos de nuestro yo o de nuestra mismidad y, de esta manera, centrarnos como seres humanos, a la vez, únicos y relacionales.
Cuando tenemos tal experiencia de relación con la belleza, prosiguió, nos percibimos no solo como seres auto-centrados y desiderativos, sino también ex -céntricos, es decir, como capaces de reconocer, acoger y ser seducidos por la existencia de otras realidades y personas diferentes a nuestros respectivos “yos”. Algo de esto se puede comprobar -puso esta semejanza- cuando, atareados en alguna cosa -la que fuera- oímos, por ejemplo, una música que capta nuestra atención e interés hasta el punto, a veces, de empezar a tararearla y dejar de hacer aquello en lo que -hasta entonces- estábamos ocupados.
Y lo que se experimenta con el oído en su relación con la música, se puede apreciar con los restantes sentidos: el de la vista, el del gusto, el del olfato o el del tacto. Por tanto, existen realidades y personas que, independientes de nosotros, tienen la virtud y la fuerza de captar nuestra atención, quedando seducidos por la relación con ellas.
Lo que decimos cuando decimos “Dios”, continuó, es esa Realidad que se transparenta en la vida, en el cosmos, en el ser humano y en las cosas bellas y que, además de captar mi atención por sí misma, explica que el salmista se refiera a Ella escribiendo: “Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra. Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste un poco inferior a un dios, lo coronaste de gloria y esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies” (Salmo 8).
Mi amigo, tratando de poner algún otro ejemplo de belleza contemporánea, digna de ser contemplada por sí misma, diferente de nuestra existencia, a la vez que capaz de sacarnos de nuestro “yoísmo”, mentó a la Sagrada Familia de Gaudí. Se trata, indicó, de una obra de arte fantástica y seductora, salida de un fuera de serie como era Antoni Gaudí. Este genial arquitecto diseñó y empezó a construir una iglesia -prosiguió- que, contemplándola, nos descentra y nos asoma al misterio de Dios percibido, sobre todo, como conjunción o articulación, en este caso, de luces, armonía, colores, pequeñez y grandeza, cruz y vida, éxito y fracaso, además de expresarse todo ello en un sorprendente tratamiento de los materiales y mediante una inaudita creatividad.
La belleza -como Dios- concluyó, existe independientemente de nosotros y de nuestros deseos o fantasías. Y existe no solo convocándonos, sino también provocándonos, por lo menos, a salir de nosotros mismos y, de esta manera, a superar la tentación del auto-centrismo.
A la finalización de su conferencia se abrió un turno de preguntas y comentarios. Y hubo, en concreto, una intervención -como he adelantado- de una persona perteneciente a otra fundación, también catalana, pero dedicada, en este caso, al “servicio de la fe y a la promoción de la justicia”. Esta persona comentó si conocíamos y éramos conscientes de todo el sufrimiento, dolor, desolación, muerte e injusticia en medio de los cuales también se inició -y seguía dándose- la construcción de la Sagrada Familia. Incluso, fue más lejos, y se preguntó, si no hubiera sido mejor haberse olvidado de construir tal “templo expiatorio” y haber edificado más casas o refugios para los más pobres.
Y, finalmente, se dirigió al ponente preguntándole cómo se podía articular el imaginario de Dios -presidido por la idea de belleza a la que él se había referido- con todo el dolor, el sufrimiento, la miseria, la muerte y la injusticia en la que también venía envuelta la construcción de la Sagrada Familia. Formulaba tal cuestión porque le resultaba difícilmente de recibo el imaginario de un Dios “belleza absoluta” sin articulación alguna con el grito de los parias de la tierra y con su exigencia de justicia. Entendía que de esta articulación brotaba un imaginario de Dios como belleza, cierto que fascinante y atrayente, pero también claramente provocador, en particular, para los poderosos y frívolos de aquellos años y de los nuestros.
Me ahorro sintetizar el debate que se abrió sobre el misterio de Dios, ciertamente como belleza fascinante y seductora, pero también -al menos, en el caso de Jesús de Nazareth- como anonadamiento, abajamiento, Calvario, kénosis o descenso a los infiernos. Y, siempre, como justicia descolocante no solo del “yoísmo”, sino también como emergencia del imaginario de Dios que no solo era seductora caricia o Tabor, sino también aguijón, provocación y compromiso o samaritanismo en favor de los últimos del mundo. Tal era -y es- el imaginario “jesu-cristiano” de lo que decimos cuando decimos “Dios”. Y tal era, a la vez, la singularidad de un canon estético, reconocible, igualmente, como “jesu-cristiano”.
Aquí cierro mi recordatorio.
Hace unos meses leí “El aprendiz de Gaudí”. En aquella ocasión -como esta noche de S. Bernabé con el Papa León XIV en la Sagrada Familia- su lectura me remitió a este encuentro, celebrado en la década de los 90 en Barcelona. Y me remitió porque, leyéndola, percibí en ella una actualización de este diálogo entre belleza y justicia, pero entrelazada con otro dato, particularmente definitivo: el amor y la bondad.
Creo que la singularidad y lo propio del imaginario “jesu-cristiano” reside en que se besan constantemente la belleza -a la que tan atento estaba mi amigo el teólogo y espectacularmente evidenciada esta noche de 10 junio de 2026-, la justicia -tan reivindicada por su interlocutor crítico y mostrada este mismo día en el barrio barcelonés de El Raval y en la cárcel de mujeres de Brians- y la bondad o el amor que se va reconociendo y derramando en tantos samaritanos que acogen y acompañan a los migrantes y a los “sin hogar” con los que el Nazareno se identifica y a los que veremos mañana y pasado mañana en Arguineguín (Gan Canaria), en Tenerife y en otros miles de sitios solidarios.
Esta noche no he podido evitar que reapareciera y se actualizara este recordatorio. Ni tampoco que volviera a brotar como seductora conjunción de belleza, justicia y bondad, es decir, como lo que algunos decimos cuando decimos “Dios” o “Jesús de Nazaret”.


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