domingo, 9 de junio de 2013

La misa en latín no se toca.

El Papa jesuita dribla a todos 
Matteo Matzuzzi  
Foglio Quotidiano


Quien creyó que con la llegada a la silla de Pedro del jesuita sudamericano Jorge Mario Bergoglio la misa en latín en su forma extra-ordinaria iba a ser archivada para siempre, echó mal las cuentas. El “motu proprio” ratzingeriano “Summorum Pontificum” (2007), no se toca. Y el misal de 1962 de Juan XXIII (la última versión del tridentino del Papa San Pío V), se salva. Aquel ritual con el celebrante vuelto hacia Dios y no hacia el pueblo, con las balaustradas que separaban los bancos para los fieles del presbiterio, no es una antigualla, un resto arqueológico que mandar al museo para que se llene de polvo. Ha sido el actual Pontífice quien lo ha dicho al recibir hace unos días en el Palacio Apostólico a la delegación de los obispos pulleses llegada a Roma en visita “ad limina apostolorum”, una visita que realiza todo el episcopado del mundo cada cinco años.

Como ha escrito en su blog el vaticanista Sandro Magister, los obispos pulleses (La Puglia, Italia central) han sido los más locuaces, tanto con el clero como con los periodistas. La pasada semana, el jefe de la diócesis de Molfetta, Luigi Martella, ha contado que Francisco estaría dispuesto a firmar durante este año la encíclica sobre la fe que Benedicto XVI estaría ultimando en la tranquilidad del monasterio “Mater Ecclesiae”, añadiendo que Bergoglio ya ha pensado en su segunda carta pastoral, dedicada a la pobreza, titulada “Beati pauperi”.  Son declaraciones que la Santa Sede se ha visto obligada a desmentir, rectificar y aclarar, a través del padre Federico Lombardi, invitando a tener presente “una encíclica en cada momento”. Después le ha tocado el turno al obispo de Conversano i Monopoli, Domenico Padovano, que ha contado al clero de su diócesis cómo la prioridad de los obispos de la región del Tavoliere fue explicarle al Papa que la misa en el ritual antiguo estaba creando grandes divisiones dentro de la iglesia. Mensaje implícito: el “Motu Proprio” “Summorum Pontificum” debe ser anulado o, por lo menos, fuertemente limitado. Pero Francisco ha dicho que no.

Y continúa Monseñor Padovano explicando que Francisco les urgió a vigilar los extremismos de ciertos grupos tradicionalistas para, a continuación, indicarles que tuvieran en cuenta la tradición y crearan las condiciones necesarias para que pueda convivir con la innovación. Bergoglio, escribe S. Magister, incluso les habría contado las presiones que sufrió después de su elección para relevar de su cargo al Maestro de ceremonias litúrgicas, Guido Marini, (presentado al Papa como un tradicionalista) y reenviarle a Génova, la ciudad que dejó de mala gana obedeciendo el deseo de Benedicto XVI en 2007 de tenerle en Roma. También en esta ocasión, Francisco les manifestó su oposición a cualquier cambio en los departamentos de la curia dedicados a la liturgia. Y lo ha hecho “con el fin de tener en cuenta su preparación tradicional”, y, a la vez, para permitir que el bondadoso y poco protagonista Marini pueda “aprovecharse de mi formación más liberal”.

La diferencia cultural es total. El jesuita que, por tradición ignaciana “nec rubricat nec cantat”, se encuentra catapultado de repente a una realidad que en los últimos ocho años recobró, paciente y lentamente, elementos litúrgicos abandonados en los últimos treinta o cuarenta, justificando así a quienes vieron en el Concilio una rotura también en todo lo referente a la liturgia. El hilo conductor de las ceremonias propiciadas por Benedicto XVI se puede resumir como una síntesis de solemnidad y compostura. Un ejemplo de ello es el regreso al altar de los siete candelabros, de la cruz central y los toques de atención para no aplaudir. Y luego, del latín, la lengua de la iglesia, que se ha empleado en celebraciones habidas no sólo en Roma, sino en todos los rincones del planeta, África incluida. Muchos, mirando el rostro serio de Marini aquella tarde de marzo en la que Bergoglio apareció por la primera vez en la Logia de las Bendiciones con una simple sotana blanca, sin muceta ni estola, previeron una alternancia pendiente. En cambio, Francisco sabe que Roma no es Buenos Aires y que ser Papa también pasa por conservar un aparato simbólico anclado en la historia y en la tradición milenaria de la iglesia católica.

La continuidad que no gusta a todos. Es una recuperación, la ocurrida durante los años de Benedetto XVI, que no ha gustado a muchos, incluso dentro de la Santa Sede. Monseñor Sergio Pagano, prefecto del archivo secreto vaticano, lo dijo el pasado 7 mayo al recordar la constitución mediante la que se convocó el Concilio (“Humanae  salutis”): “cuando veo en ciertos altares de las basílicas los siete candelabros de bronce que sobrepasan la cruz me pongo a pensar que todavía es muy poco lo que se ha entendido de la constitución sobre la liturgia “Sacrosanctum Concilium” en nuestros días. He aquí porqué alguien como el obispo de Cerignola-Ascoli Satriano, monseñor Felice di Molfetta (quien siempre ha entendido que la misa en forma extra-ordinaria es incompatible con el misal de Pablo VI, la expresión ordinaria del “lex orandi” de la iglesia católica de rito latino) ha dicho hace unos días a los fieles de su diócesis haberse alegrado muchísimo con Francisco “por el estilo celebrativo que ha asumido, inspirado en la noble sencillez promovida y sancionada por el Concilio”.


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