Jesús Martínez Gordo
La ola de atentados perpetrados
por fundamentalistas islámicos estas últimas semanas en Europa ha sumido a
muchas personas en un desconcierto total. Y, muy probablemente, también han
sido muchas las que habrán tenido que hacer un enorme esfuerzo para evitar que
el inmenso dolor provocado por semejante barbarie no degenerara en ira descontrolada.
En primer lugar, el
parecer de quienes, cargados de razones, han vuelto a recordar que estos atentados
no vienen provocados por el choque de culturas o por una confrontación de
religiones, sino, más bien, por los intereses de las potencias europeas en el Medio
Oriente. O, de una manera más descarnada, pero, para nada, exagerada: por el
fundamentalismo económico en el que se sostiene el nivel de vida del que
disfrutamos los países que formamos parte del llamado primer mundo. Existe,
ciertamente, una guerra, pero no es de religiones, sino “por los recursos de la
naturaleza” y “por el dominio de los pueblos”. Lo ha vuelto a recordar el papa
Francisco camino, en esta ocasión, de Polonia, a las Jornadas Mundiales de la
Juventud.
Hay, en segundo lugar, otra
consideración que, poniendo la mirada en la intolerabilidad del yihadismo, ha
pedido a Manuel Valls, en la Asamblea Nacional, que se ilegalice el salafismo,
sin matiz alguno. El primer ministro ha respondido que es mucho más sensato descalificar
moralmente Daesh o Al Qaeda. Y ha urgido a los musulmanes de Francia a que lo desautoricen
en sus mezquitas, en sus barrios y en el seno de sus familias. La suya, ha
recordado, es una palabra insustituible en esta tarea.