NOTA: En el equipo de mantenimiento del BLOG hemos llegado a entender que, en las circunstancias que nos envuelven (el CONFINAMIENTO POR «COVID-19») bien podríamos prestar el servicio de abrir el BLOG a iniciativas que puedan redundar en aliento para quienes se sientan en soledad, incomunicadas o necesitadas de expresarse.
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Suplemento del Cuaderno n. 221 de CJ - (n. 256) - Diciembre 2020
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Iniciamos el 2021 con la mirada puesta en el fin de la pandemia. Parece que ahora la pregunta ya no recae sobre cuándo acabará todo esto, sino sobre cómo lo hará y cómo será la vida después de este tiempo tan intenso. La inminencia de la vacuna —al menos para los denominados «países del Norte»— nos hace creer que podremos volver a la misma rutina de antes. Sin embargo, por el camino, el virus de la pobreza sigue haciendo estragos. ¿Habremos aprendido alguna cosa del tiempo que hemos pasado confinados? Aprovechemos este momento para detenernos y revisar aquello que hemos vivido. Podemos hacerlo recorriendo esos lemas que nos han acompañado todos estos meses. Cuando una expresión se populariza es porque esconde algo esencial del espíritu de nuestro tiempo. Hallarle el significado profundo debe ayudarnos a rearmarnos interiormente para poder vivir el año 2021 con más serenidad, lucidez y compromiso.
¿Luchamos contra el virus?
Desde que empezaron la pandemia y el confinamiento, a la vez que se relegaba el lenguaje inclusivo y la paridad, y empezaban a aparecer hombres uniformados en las pantallas de televisión para informarnos sobre la última hora de la lucha contra la COVID-19, los discursos políticos sobre el virus se teñían de un lenguaje bélico que apelaba a la ciudadanía como «soldados», a los profesionales de la sanidad como un «ejército que no deja de combatir», al virus como «el enemigo que vencer» y un «todos» irreflexivo, hegemónico y sin matices ni discrepancias. «Guerra», «batalla», «frente»... Un imaginario agresivo y belicoso se apropió del relato público y privado, y tanto los medios como la población en general —atemorizados e «infoxicados»— lo ratificamos acríticamente.
Pero el lenguaje de las guerras no es una estrategia para abordar una pandemia. Recordemos que, desde tiempos antiguos, la ciencia médica ha afrontado enfermedades infecciosas no solo con hospitales y médicos, sino sobre todo proponiendo mejoras en el urbanismo, el alcantarillado y las viviendas; garantizando el acceso al agua potable; mejorando la alimentación de los niños…, pero nunca desplegando ejércitos.
Por eso, ante el mensaje del miedo y los discursos belicistas como modo de afrontar las crisis, proponemos a partir de ahora un lenguaje que gire en torno a la vida, la atención, la presencia y el acompañamiento, a la ternura, el consuelo y la resiliencia. Un lenguaje que, en vez de convocarnos al «combate», nos convoque a construir alternativas desde la comunidad y el cuidado.
¿Todo va a salir bien?
Esta ha sido una de las principales expresiones de aliento en los últimos meses. La hemos visto en muchos carteles y a menudo se la decimos a un amigo cuando lo vemos desbordado por un problema de difícil solución. A menudo no sabemos cómo van a ir las cosas, pero es imprescindible mantenerse en pie, no tirar la toalla antes de tiempo. Como ese equipo de fútbol que debe remontar dos goles en la segunda parte para poder ganar el partido. No solo necesitamos que «salga bien», sino «creer que todo saldrá bien».
