Estas homilías dan fe de la presencia y el servicio del obispo vasco durante sus años de ministerio en la Diócesis de Zamora
Fuente: Vida Nueva
Por Jesús Martínez Gordo
Es muy probable que Juan María Uriarte (1933-2024) sea más conocido por su mediación en las conversaciones que el gobierno de J. M. Aznar mantuvo con ETA (1998-1999) que por su labor pastoral: primero, como obispo auxiliar y administrador apostólico en la Diócesis de Bilbao; luego, como titular en la de Zamora; y, finalmente, en la de San Sebastián, hasta su jubilación. Sin embargo, esa intervención suya –presidida por la firme voluntad de acelerar la paz que, por aquellos años, se empezaba a intuir que podría estar próxima– no mermó, para nada, su tarea y responsabilidad pastoral al frente de la Diócesis de Zamora. Este libro es una prueba de ello.
“Nadie como él” –sostiene en el prólogo su actual obispo, Fernando Valera– entendió y estudió “el ministerio en una dimensión pocas veces abordada: la de la estructura interior de los sacerdotes”. Y apoya esta tesis indicando que “sus trabajos sobre la espiritualidad, sobre las experiencias críticas, sobre la vivencia del celibato o sobre la situación vital del sacerdocio en tiempos especialmente inclementes, son ya un referente nacional e internacional”.
José Manuel Chillón y Emilio J. Justo, encargados de preparar esta edición, recuerdan que la presencia y el ser vicio de Uriarte “pusieron un hito sin igual en la Diócesis de Zamora”. “Todo cambió con su ministerio y nada fue igual después de él”. Y lo describen –en mi opinión, de manera acertada y probablemente como señal de la cercanía mantenida con él– como un hombre “tan cabal como impaciente, tan acompañante misericordioso de la mediocridad como exigente imperturbable de la autenticidad”. En este libro, prosiguen, recogemos “la palabra del pastor que ha quedado expresada fundamentalmente en sus homilías”.
Por tanto, el lector tiene entre sus manos un recopilatorio de sus predicaciones agrupadas en torno a tres ejes: en el primero, se recogen algunas de sus muchas aproximaciones al “misterio de Jesús”; en el segundo, sus aportaciones sobre la “vida cristiana”; y, en el tercero y más largo, sus contribuciones sobre el “ministerio ordenado”. “Nuestro trabajo ha consistido –cierran los editores su presentación– en seleccionar, clasificar y titular las homilías, obviamente, por su contenido. También facilitamos una pequeña introducción en cada uno de los tres capítulos en los que las hemos agrupado. Y si alguien está interesado en ello, tiene las referencias precisas sobre el tema, los lugares y las fechas de cada una de las predicaciones en las páginas finales. Hasta ahí llega nuestra aportación. El resto, es obra del buen saber –y mejor decir– que caracterizó a Juan María Uriarte”.
En el primer capítulo, el dedicado al misterio de Jesús, las homilías quedan agrupadas en tres apartados, en los que el autor se adentra en la cercanía y humildad de Dios en la Navidad; en la experiencia de la Cruz y la pasión; y, finalmente, en la fuerza que brota del resucitado en la Pascua. Las homilías del segundo capítulo también quedan agrupadas –en esta ocasión– en cuatro apartados dedicados al Espíritu Santo, a la conversión, a la eucaristía y a María. El tercer y último capítulo –el más largo, como ya he indicado– es el dedicado al ministerio ordenado.
En él se adentra en la vocación, en la ordenación, en la vida sacerdotal y, finalmente, en las exequias de presbíteros y del obispo predecesor suyo. Son páginas en las que se puede apreciar a un Uriarte amigo y hermano de los presbíteros.
Potencia comunicativa
No me resisto a finalizar estas líneas sin aportar dos textos –entre otros muchos posibles– en los que percibo algo del conocimiento que Uriarte tenía de las limitaciones propias de la condición humana, así como de su admirable capacidad para reconvertirlas en fuente de gracia y de esperanza. E, igualmente, en los que es posible percibir algo de su potencia comunicativa no solo oral, sino también escrita.
Dirigiéndose a los jóvenes, les dice en una ocasión: “No vendáis por nada vuestra libertad. Sed servidores de todos. Pero no seáis esclavos de nada ni de nadie. No permitáis que nadie manipule vuestra libertad con promesas engañosas de liberaciones que no son sino esclavitudes disfrazadas” (p. 64).
Y a unos recién ordenados: “Dios Padre escoge sobre todo para el ministerio personas frágiles que sufren por sus limitaciones. Lejos de ser un inconveniente para vuestra misión, esta fragilidad es un refuerzo para llevarla a cabo… con una condición: que sepáis reconocer con verdad, asumir con paz y confesar con sencillez vuestras debilidades, de tal manera que ellas os tornen más comprensivos y misericordiosos” (p. 205).
Quien se adentre en la lectura so segada de estas homilías, no perderá el tiempo.
JESÚS MARTÍNEZ GORDO

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