martes, 17 de enero de 2017

¿Cuáles son las seis familias de católicos en Francia?



Todos católicos, pero cada uno su práctica. El gran estudio sociológico encargado por el Grupo Bayard y publicado conjuntamente por La Croix y Pèlerin, distingue seis perfiles tipo de católicos comprometidos.



Céline Hoyeau et Yann Raison du Cleuziou, en La Coix (11.01.2017)



LOS FESTIVOS CULTURALES (45% de católicos "enganchados")

Para ellos, Jesús es: el fundador de su religión, un Dios de amor.

Ser católico es: estar bautizado.

Su espiritualidad: la religión es del orden del patrimonio común, que es una parte importante de su identidad. Está allí esencialmente para tranquilizar, para proporcionar protección a sus familias.

Su práctica: Van a la iglesia para los ritos de paso, celebraciones familiares —bodas, bautizos, funerales. Piden ritos en la Iglesia, pero los viven con cierta distancia. Encienden una vela, donan a asociaciones caritativas... Están unidos a la parte cultural, el folclore y las tradiciones (los Belenes, las campanas...). Aprecian bastante la misa en latín.

Su lugar: la parroquia, pero a menudo abandonan la práctica con las agrupaciones parroquiales. Se han comprometido débilmente, pero se los pueden encontrar en la catequesis.

Su sociología: Son de los llamados "no practicantes". Representan la mayor masa de católicos comprometidos. Son del medio popular, pero no sólo.

Sus figuras de referencia: una madrina, la abuela...

Su voto: orientado hacia la derecha; este es el grupo donde tiene el mayor electorado el Frente Nacional, aunque sigue siendo una minoría (22%, que corresponde a la media nacional).

Muy reacios a "La manifestación por todos", tienen un alto nivel de desconfianza respecto de la visión del papa cuyos pronunciamientos sobre los migrantes no aceptan. Los consideran muy hostiles.



LOS TEMPOREROS fraternales (26% de católicos "enganchados")

Para ellos, Jesús es: el ejemplo del amor vivido; están menos unidos a su persona que a los valores que encarna: la generosidad, la hospitalidad, la apertura a los demás.

sábado, 7 de enero de 2017

Silencio



La Palabra era Dios.
SILENCIO
Dirección: Martin Scorsese. País: USA. Año: 2016. Género:Drama. Reparto: Liam Neeson, Andrew Garfield, Tadanobu Asano, Adam Driver, Ciarán Hinds. Guion: Jay Cockcs; basado en la novela “Chinmoku” (Silencio), de Shûsaku Endô


Si algo ha caracterizado el cine de Martin Scorsese es el ritmo frenético de muchas de sus obras. “Casino”, “Uno de los nuestros”, “El lobo de Wall Street”, por ejemplo, están marcadas por un montaje vertiginoso que atrapa al espectador en los primeros minutos y lo sacude hasta el final.

Con “Silencio”, Scorsese retoma el tema religioso tratado ya antes en “La última tentación de Cristo” y “Kundun” para ofrecernos una obra grandiosa, pausada, con un montaje lento que invita a una contemplación hiriente.

En la segunda mitad del siglo XVII, dos jóvenes sacerdotes jesuitas viajan voluntariamente a Japón en busca de un misionero que ha sido referente espiritual en sus vidas y que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. Al llegar a Japón se encuentran con una comunidad cristiana acogedora y humilde que vive en la clandestinidad y es hostigada con agresividad. Ellos mismos vivirán el suplicio y la violencia con que los japoneses reciben a los cristianos.

A lo largo de todo el extenso film se van oyendo varias voces en off que rezan, se preguntan, manifiestan sentimientos… todas esas voces contrastan con el pesado silencio de Dios, que parece impasible ante el sufrimiento.

El problema del mal, presente siempre en la Teología, es presentado con toda la desnudez. ¿Es lógico creer en un Dios que calla ante del dolor de los que quieren serle fieles?, ¿Dios quiere una fidelidad que lleva a la muerte o se decanta por una apostasía que salva vidas? El joven padre Rodrigues vivirá un Getsemaní terrible en el que hasta su figura atormentada irá pareciéndose a un Ecce Homo… sus preguntas angustiosas chocarán con el silencio de Dios.

Hoy sigue habiendo persecución contra los cristianos en muchos lugares; en nuestro mundo acomodado van llegando noticias e imágenes de la tortura, la cárcel y las ejecuciones que se siguen dando. A la vez que nos muestra la persecución, “Silencio” lleva a la pantalla la grandeza de los sacramentos, la fuerza del perdón y la autenticidad del seguimiento de Cristo. Para nuestro cristianismo, excesivamente burgués, domesticado e inofensivo, el film se Scorsese tiene que ser necesariamente una provocación.

No es un film para todos los paladares; su estilo espiritual y su tono intimista y profundo hacen que pueda ser saboreada fundamentalmente por personas con un afán de búsqueda interior.

Una película dolorosa, discursiva y reflexiva, una llamada a la reflexión sobre las consecuencias de la coherencia de la fe; una película cuyo visionado obliga a salir de la sala en silencio.

JOSAN MONTULL

miércoles, 4 de enero de 2017

Francisco, en el banquillo de los acusados



     Puede parecer un titular cruel, al tratarse de una persona que acaba de cumplir 80 años, pero, guste o no, es lo que hay.


     Es bien conocida la reforma eclesial en la que está empeñado Francisco: con los pobres y con los crucificados de nuestros días en su reclamación de tierra, techo y trabajo; a favor de una nueva unidad entre los cristianos entendida como comunión en la diversidad; impulsando una transformación de la curia vaticana que la acabe recolocando en relación de dependencia con un gobierno cada día más colegial y corresponsable y, finalmente, revisando la moral sexual, hasta ahora vigente, desde el primado de la misericordia como la verdad primera y fundamental del Evangelio.

     Y también es de sobra conocido cómo, a partir de ese momento, las aguas no han parado de bajar revueltas hasta acabar emplazando públicamente al papa, el pasado mes de noviembre, por una supuesta negligencia en su responsabilidad de defender la fe. El encargado de ello ha sido el cardenal estadounidense R. L. Burke en nombre de otros tres colegas: los alemanes W. Brandmüller y J. Meisner y el italiano C. Caffarra. Finalizadas las fiestas de Navidad, ha declarado, podrían pedir públicamente al papa que se corrigiera de las “confusas” directrices impartidas en la carta postsinodal “Amoris laetitia” ya que perciben una ruptura “con lo que ha sido la constante enseñanza y práctica de la Iglesia”. Vamos, que la verdad primera y fundamental del catolicismo no es la misericordia de Dios, sino la ley de la indisolubilidad del matrimonio.

     Lo preocupante no es que estos cardenales, representantes de la minoría rigorista, pretendan sentar a Francisco en el banquillo de los acusados -una sobreactuación que roza lo histriónico-, sino la sintonía que se percibe con ellos en algunos sectores de la Iglesia. Y también, en nuestras respectivas diócesis.

     Hay católicos que comparten, concretamente, tres consideraciones sobre este papa “venido del fin del mundo”. Según la primera, no hay que esperar mucho a que las aguas vuelvan a su cauce tradicional y seguro, habida cuenta la avanzada edad de este papa “salido de madre”. Solo se necesita tener un poco de paciencia y aguante, a la espera de que la naturaleza haga su trabajo y aparezca, como agua de mayo, el deseado y añorado Pio XIII o un Juan Pablo III que ponga las cosas en su sitio. Pero, se recuerda, seguidamente, no está de más insistir en que la Iglesia se encuentra asfixiada por el tsunami de la “dictadura relativista” que Juan Pablo II y Benedicto XVI denunciaron hasta quedarse afónicos y al que Francisco le hace la ola sin miramientos de ninguna clase. Hay, finalmente, otra valoración, más técnica y que ha vuelto a saltar a la palestra muy recientemente: la Exhortación postsinodal “Amoris laetitia”, por ser rupturista, no mantiene la imprescindible continuidad con el magisterio que le ha precedido. Al incumplir tal criterio, queda invalidada como doctrina auténtica.

     Me permito intervenir en este debate aportando también tres consideraciones. La primera, para recordar que las reformas fundadas, como es el caso, en la sencillez y radicalidad evangélicas y no en la autoridad (aunque sea la del papa), han sido, y siguen siendo, determinantes en la Iglesia. La de Francisco, por asentarse en la misericordia, tiene todos los visos de perdurar en el tiempo. Por lo menos, tanto como pueda subsistir el Evangelio que la sostiene y más allá de que al actual papa le queden cuatro días u otros ochenta años.

     La segunda, es para invitar a repasar el magisterio de Juan Pablo II cuando animaba a “discernir bien las situaciones” de los divorciados vueltos a casar civilmente, dada su creciente complejidad, así como a valorar el diverso grado de pertenencia eclesial de dichas personas. El papa Wojtyla era consciente del problema. Pero, una vez reconocido, lo aparcaba y se limitaba a aplicar la llamada “ley moral natural” sin contemplaciones porque en ella se transparenta la voluntad de Dios. Y con él, Benedicto XVI. A diferencia de ellos, Francisco prefiere mirar el comportamiento de Jesús en la parábola del hijo pródigo o con la mujer sorprendida en adulterio. Y, a su luz, entiende, cargado de razones, que el amor de Dios está por encima de cualquier ley, incluido el catecismo y el código de derecho canónico. Me da que este criterio también está llamado a tener más futuro que la aplicación inmisericorde de la ley, aunque se intente presentarla como “definitiva” e “irreformable”. Todo un exceso, éste último, dogmático, además de jurídico, que ignora la precedencia del Evangelio.

     En tercer lugar, creo que no conviene confundir “relativismo” con “jerarquía de verdades”. Nadie discute, al menos entre los católicos, la indisolubilidad como uno de los principios del matrimonio, sin olvidar que cada día somos más quienes entendemos que no se pueden seguir aparcando las excepciones a dicho principio que el mismo evangelista Mateo (19,9) también pone en boca de Jesús: “excepto en caso de adulterio” (“porneia”). Pero todos deberíamos estar de acuerdo en que el corazón del Evangelio no son dichas verdades ni sus excepciones, sino la misericordia de Dios con nosotros. A su luz, se han de leer y aplicar las restantes. Esto tampoco es flor de un día.

     Evidentemente, está en juego no perder el tren de la historia, pero, sobre todo, recuperar el corazón mismo del Evangelio que, con frecuencia, sobrepasa a la historia. Y con ella, a nosotros.

 Jesús Mtz. Gordo

martes, 20 de diciembre de 2016

Elogio de lo humano



En medio de las luces, las algarabías y la fiebre consumista que a todos nos arrastra, los cristianos nos disponemos a celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús en medio de nosotros.

De un tiempo a esta parte da la sensación de que se ha desprovisto a la fiesta navideña de todo simbolismo religioso. Abundan las lucecitas, las cestas millonarias, los regalos de Papa Noel, los muñequitos de nieve, los trineos y los desfiles multicolores. La parte emotiva del asunto se reserva a la lotería del 22 de Diciembre que cuida primorosamente sus anuncios y los disfraza de mensajes familiares y tiernos. Y en medio de todo esto, casi ninguna alusión al nacimiento de Jesús, casi ninguna referencia religiosa; la Navidad se nos ha convertido en una suerte de Disneylandia en la que Jesús de Nazaret ha desaparecido.

Es cierto que el cristianismo adaptó la antigua fiesta pagana del Dies Natalis (el nacimiento del Sol) y la transformó en una festividad religiosa en la que se festejaba el nacimiento del que en el Evangelio aparece como la Luz del Mundo. Desde antiguo en nuestra cultura la Navidad se ha asociado a un hecho religioso, una fiesta en la que hacemos memoria del acontecimiento que ha revolucionado la humanidad: el corazón de Dios late en un recién nacido. Este hecho, se quiera o no, rebasa una lógica puramente humana y nos adentra necesariamente en el Misterio.

Así vista, la Navidad es políticamente incorrecta, siempre incorrecta. El hecho de que entre los más pobres irrumpa un Dios que se aleja de los palacios y los oropeles y se acerca a los márgenes sociales es un acontecimiento altamente subversivo. Cuando con frecuencia no se quiere poner el Belén en muchos lugares públicos esgrimiendo la laicidad del ambiente, se comprende perfectamente. El Belén es inquietante, insurrecto. Dos mil años después el nacimiento del Mesías, se quiere relegar a las afueras de la vida.

Muchos, es cierto, miran el Belén con curiosidad o indiferencia porque no son creyentes. Otros miran el Belén con miedo porque, si lo entienden, su significado es altamente rebelde: los pobres de la tierra son aupados en el Nacimiento mientras que los ricos, henchidos de sí mismos, aparecen en toda su mediocridad lejos del Portal.

No obstante, la Navidad cristiana es un acontecimiento abierto a todos los hombres y mujeres
de buen corazón. En la Navidad hay un elogio de la ternura, de la delicadeza, de la amabilidad. Dios no se endiosa, se humaniza condenando así todos los endiosamientos humanos que devienen en amargura e infelicidad.

La Navidad nos invita, pues, a vivir intensamente todo lo que nos hace más humanos. Es tiempo de escuchar, de saludar, de sonreír, de ser solidarios. Es tiempo de abrazar, de regalar y regalarnos, de reír juntos y parar el reloj para saborear la amistad; es tiempo de la buena educación, de los buenos modos, de desterrar el insulto y la calumnia, de superar diferencias políticas y buscar lo que nos une, de no negar el saludo a nadie ni darlo por perdido, es tiempo de hablar.

Es tiempo de buscar en las periferias de nuestra historia retazos de Misterio, atisbos de Luz entre los pobres, los refugiados, los desahuciados, los excluidos… los protagonistas, junto con el Niño, del permanente Belén de la Historia.

Es tiempo, en fin, de creer, de creer profundamente en el ser humano, con todas consecuencias, con sus grandezas y miserias, sus convicciones y sus dudas, urge creer en lo humano… sólo así podremos asomarnos a la fe en el Dios que ha huido del más allá para hacerse carne en el más acá.

Feliz Navidad, feliz humanidad.
JOSAN MONTULL

domingo, 11 de diciembre de 2016

Gabon



K-Toño Frade Villar

 ERA tradición en los años sesenta-setenta asistir el día de Nochebuena, ataviados con nuestros kaikus y mendigoizales, a la multitudinaria misa en euskera de seis de la tarde en San Antón. Estaba oficiada por el llorado D. Claudio Gallastegi, asistido por su primo D. Germán y ayudados ambos por Aita Iñaki Olabeaga –tío de Iñaki Anasagasti– como monitor.

 Aquellas emotivas misas aunaban junto a las homilías de nuestro insigne párroco la música y canciones de nuestro país ocupando el núcleo principal de la celebración. La cuasi centena de componentes del Orfeón San Antón, bajo la sabia dirección de Andoni Arregi, acompañado al órgano por D. Arturo Intxausti, desgranaban villancicos entrañables como Birgiña Maite o Polit Ederra, compuestos al alimón por D. Claudio y el mismo D. Arturo. La iglesia estaba hasta los topes, las voces solistas de Estitxu Arregi, Josune Arkotxa, Txomin Otazua, tenor; Julio Elorza, barítono; y Jose Mari Aristondo, bajo; tronaban contra la piedra de nuestro más que centenario alcázar bajo un recogimiento absoluto. Había algunos años que el magnífico tenor bilbaino Godoy ‘El Lebrel del Cielo’, como le llamaba mi ama en referencia al título de una película que este había protagonizado, realzaba la celebración con su magnífica voz acompañado algunas veces por su alumno Jose Félix Uribarri, que también recibía clases de la profesora Sarita Fuertes, esposa de D. Arturo.

Terminada la ceremonia, ya había caído la noche. La Banda Municipal de Txistularis con Boni, Txutxi Villar o Mikel Bilbao a la cabeza había terminado su último pasacalles vespertino del año. En el pórtico, resguardándose del sirimiri y del relente que entraba desde el corte de la Ría como un cuchillo, se agolpaba el gentío deseándose los consabidos Zorionak o Egubarri On.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Alcaldes del mundo con los refugiados, ¡gracias!


JOSÉ IGNACIO CALLEJA
PROFESOR DE MORAL SOCIAL CRISTIANA





Acaldes de toda Europa se reúnen hoy y mañana en el Vaticano para exigirse una respuesta concertada a la crisis de los refugiados. En medio de tanto conformismo político, es una esperanza que la red de ciudades refugio salte sobre sus Gobiernos nacionales y diga, “aquí estamos, basta ya de esta barbarie a las puertas de nuestras casas engalanadas con luces y mensajes navideños”. Y que sea en el Vaticano, porque la Iglesia Católica de Francisco los convoca, es un honor para nosotros los creyentes y un gozo para cualquier hombre y mujer de corazón limpio. 

Alguien tiene que dar un paso al frente y si es por la justicia, ya no hay color religioso o laico que importe. «Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura», enseña el Evangelio. La complicación tan falsa de que la justicia de Dios no es la nuestra, es otra barbaridad teológica; no es la nuestra, es como la mejor de las nuestras y elevada al cubo en humanidad; porque sin los más pequeños, ignorados, inocentes, pobres y prescindibles en el centro de nuestro ver, juzgar y hacer, no hay justicia; hay legalidad, y si esos que digo no están en el centro, con sus derechos iguales de persona, se trata de una legalidad para defender nuestra posición social, es decir, un tesoro podrido o robado. Porque no sólo somos pueblos y Estados constituidos en fortaleza contra los refugiados y emigrantes de la guerra y el hambre, sino que somos, a menudo, grupos de intereses antagónicos dentro de lo que parece la sociedad y el mundo único. ¡Qué suerte tienen los señores del dinero, de la guerra, y sus gobiernos, de que entendamos antes la nación que las personas, la legalidad que la justicia, la ideología que el pensamiento! ¡Qué suerte tienen y cómo aprovechan nuestros miedos al de fuera y a un futuro con más invitados a la mesa! Y ¡qué agradecidos estamos de que nos eviten verlos de cerca!

¿La prueba? En las últimas elecciones españolas prácticamente nadie tuvo que hablar de refugiados. ¿Por qué? Porque hablar de esto con la verdad en la boca, quita votos. Se animó en Alemania la malísima señora Merkel y dijo que lo hacía por piedad, y desde entonces ha perdido elección tras elección. Y ¡eso que cabía pensar que en Alemania era mano de obra abundante y barata, a medio plazo, en un país que la necesita! Pues ni así coló. ¿Qué más puede suceder para que la opinión pública mundial reaccione severamente ante sus gobiernos pidiéndoles responsabilidades? ¿Qué estáis haciendo para detener definitivamente la guerra de Siria y sus consecuencias para la gente? Esta debería ser la pregunta de nuestros ciudadanos.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La razón abortista



Jesús Martínez Gordo


Con motivo de la finalización del año de la misericordia, el papa ha concedido a los sacerdotes “la facultad de absolver a quienes hayan procurado” el aborto; una potestad reservada hasta el presente a los obispos. Y lo ha hecho indicando que, aún sin dejar de ser “un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente”, reconoce, a la vez, que “no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido”.

Las reacciones no se han hecho esperar.

Los más rigoristas le han acusado de ser el valedor del relativismo moral que carcome nuestra sociedad, así como del “sometimiento” de la Iglesia al “espíritu del tiempo” y de su adentramiento en una inseguridad moral que no existía, ¡cómo no! en tiempos de Juan Pablo II. Son personas y colectivos que no comparten lo dicho por Francisco el pasado 18 de febrero: el aborto, a diferencia del empleo del preservativo o de la píldora contraconceptiva, “no es un mal menor”. “Es echar fuera a uno para salvar a otro, en el mejor de los casos” o “para vivir cómodamente”. Esto, indicó, es “un problema humano”; “un mal” que debe ser “condenado” por sí mismo. Argumentando de semejante manera, mostraba conocer el debate que, iniciado, en la década de los noventa entre la llamada mentalidad o “razón abortista” y los partidarios del “derecho de nacer”, persiste en nuestros días.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Cercanía con la extrema derecha



Sesenta párrocos denuncian 
la “deriva sectaria” del obispo de Baiona


Baiona - Las aguas están más que revueltas en la diócesis de Baiona, Lescar y Oloron donde sesenta de los 198 párrocos han redactado una carta dirigida a las máximas autoridades eclesiásticas en la que critican la actitud sectaria del obispo Marc Aillet, nombrado en 2008 por el Papa Benedicto XVI. Según publicó ayer el diario Sud Ouest, el colectivo cuenta, además, con el apoyo de otros treinta sacerdotes que, de momento, prefieren no firmar el documento. La misiva refleja el profundo malestar que sienten ante un obispo que, a su juicio, trata de restaurar una Iglesia anterior a la del Concilio Vaticano II. Los firmantes, que se sienten amenazados y temen por su futuro, lamentan la forma autoritaria en la que Aillet impone sus decisiones. Asimismo, critican su cercanía con sectores de extrema derecha y sus declaraciones públicas de apoyo a Putin y Bachar Al Asad.

Los sesenta párrocos critican la construcción de un nuevo seminario en la capital labortana y recuerdan que el anterior acababa de ser renovado. Además de las inversiones innecesarias, tampoco comparten los nombramientos que el obispo está realizando en puestos de responsabilidad reservados a personal laico. En la carta muestran su malestar ante el hecho de que el obispado reclame mayores aportaciones económicas a los fieles para hacer frente al importante gasto que suponen estas nuevas contrataciones.

Los sacerdote críticos con Aillet no han querido hacer declaraciones tras la filtración de esta carta, asegurando que prefieren arreglar el tema directamente en el seno de la Iglesia. Y tampoco hay noticias del obispo Marc Aillet, que se encontraba ayer en Roma. Hace unas semanas ambas partes se reunieron para hablar sobre el profundo desacuerdo que existe en torno a la gestión de la diócesis y ayer el arzobispo de Burdeos explicó que recibirá en breve a portavoces del colectivo para seguir dialogando.

Polémicas Marc Aillet no es ajeno a polémicas de todo tipo, arremete contra todo tipo de leyes, decisiones o personas que no comulgan con su visión de la Iglesia. “El Estado pretende proteger a la ciudadanos contra Daesh e inicia una campaña proaborto condenando a la violencia a inocentes, incomprensible”. Este mensaje, redactado por el obispo de Baiona en Twitter, desató hace unos meses una polémica que llegó hasta la Asamblea Nacional en París, donde la ministra gala de Sanidad denunció la irresponsabilidad que manifiestan personalidades como el obispo labortano, al criticar la campaña gubernamental de comunicación que da a conocer sus derechos a las mujeres.

Hace dos años, en otro episodio muy comentado, trató de apartar de la emisora Lapurdi Irratia al cantante Peio Ospital, que colabora realizando programas en euskara, al considerarle un opositor. El incidente provocó malestar entre los miembros de la comunidad cristiana por lo que poco después el responsable de comunicación de la diócesis calificó lo sucedido de malentendido. Ospital sigue colaborando con la emisora pero ya no participa en las reuniones del Consejo de Administración. Y es que desde su llegada a Baiona en 2008, el mediático obispo se ha visto involucrado en varias polémicas inéditas hasta ahora en Iparralde.
(Franck Dolosor)


viernes, 2 de diciembre de 2016

Sonrisas piadosas



SI DIOS QUIERE

«Si Dio vuele» (Italia 2015)

Dirección: Edoardo Maria Falcone



Música: Carlo Virzì

Fotografía: Tommaso Borgstrom


De vez en cuando la cinematografía nos regala comedias amables que, entre sonrisas y carcajadas, nos lanzan sin tapujos mensajes de humanidad e invitaciones a ser mejores. Tal es el caso de esta interesante “Si Dios quiere” del novel director Edoardo María Falcone.

Tomasso es un prestigioso cirujano, con un carácter endiablado y poco sociable, que va mezclando su mala educación manifiesta con un militante ateísmo del que se enorgullece y proclama. En su lujosa casa vive con su esposa Blanca, antaño revolucionaria y ahora devenida en una burguesa refinada, su insulsa hija Carla, mimada y superficial, y Andrea, su hijo de 20 años que cursa brillantemente medicina y tiene ante sí un futuro prometedor emulando a su padre.

Un día Andrea reúne a la familia para darles una noticia importante. En la reunión no falta tampoco Giani, el compañero de Carla, un tontaina profesional de turbios negocios inmobiliarios. Cuando Andrea comunica que tiene vocación sacerdotal, la crisis familiar estalla y se provoca una catarsis en toda la familia que se propone localizar al cura que, supuestamente, ha animado la vocación de Andrea.

Con un arranque excelente, la película discurre de modo estupendo presentando las diversas situaciones dotadas de comicidad, entre ellas resulta particularmente interesante el encuentro del médico no creyente con el sorprendente sacerdote de un pasado algo turbio. Entre los dos surge una difícil relación que irá cristalizando en una curiosa amistad.

Hay en el film una intuición muy loable: la dificultad que tiene nuestra sociedad actual en acoger el hecho religioso sin empañarlo por ninguna sospecha. Han caído —afortunadamente— muchos prejuicios en nuestro mundo: el de la relación de las culturas, el de la homosexualidad… Situaciones que antaño eran consideradas sospechosas cuando no condenadas, hoy son afortunadamente acogidas con más normalidad (si bien aún hay camino que recorrer). Sin embargo, el hecho religioso, antaño omnipresente en todos los ámbitos, hoy es visto como sospechoso por parte de muchos. Estamos preparados para aceptar la condición sexual, las opciones y las preferencias de los hijos… pero vemos como extraña y anormal la vocación religiosa, tan anormal que hay que protegerse de ella.

De esa premisa parte Falcone, de esa intransigencia disfrazada de progresismo para acoger las opciones religiosas comprometidas. Y en ese empeño Falcone sale victorioso porque presenta una comedia de enredo entretenida y vital que consigue pronto la fácil complicidad del espectador.

El protagonista está estupendo, Alessandro Gassman borda el papel del médico que entra en contacto con la Iglesia y ve cómo todas sus convicciones se tambalean. Los secundarios, como en las comedias italianas clásicas, son excelentes, destacando Edoardo Pesce en el papel del imbécil yerno acompañado de un detective inútil y falso. Juntos se convierten en una troupe cómica que provoca situaciones hilarantes y dignas de la mejor comedia italiana.

El ritmo ágil y el correcto metraje hacen que la película se vea muy bien y entretenga de principio a fin.

La película es una simpática llamada a la tolerancia; cuando los personajes se conocen, caen los prejuicios y se van humanizando. Al entrar en relación con lo religioso, los personajes se ven sorprendidos en sus propias trampas y se van transformando. Y es que el prejuicio surge del desconocimiento, de esa mirada corta y mezquina que empieza por uno y acaba por uno; cuando levantamos los ojos y miramos al otro desde el respeto y las ganas de conocerlo, aprendemos más sobre nosotros mismos. Como se muestra en las últimas escenas del film. Cuando nos acercamos a las personas que con sinceridad buscan a Dios, nos descubrimos capaces de hacernos preguntas profundas que habíamos antes relegado.

Divertida, sencilla, tierna y humana, “Si Dios quiere” es una película que nos anima con simpatía a mirar las opciones religiosas desde el respeto más profundo. Lo demás son prejuicios cobardes de los que la película se carcajea.


JOSAN MONTULL

jueves, 1 de diciembre de 2016

Estuve divorciado y me acogisteis

Para comprender "Amoris laetitia"

Un recorrido por la historia ecesial hasta la Exhortación "Amoris laetitia"
Por Jesús Martínez Gordo

Esta obra (publicada en PPC) presenta el camino que ha recorrido la Iglesia católica, por voluntad del papa Francisco, en la preparación y celebración del Sínodo extraordinario de los obispos de 2014 y en el ordinario de 2015, dedicados al tema de la familia en la comunidad eclesial y en el mundo. El fruto del trabajo es leído a la luz del Concilio Vaticano II y de las intervenciones de los últimos papas sobre el tema, teniendo en cuenta el amplio debate que ha surgido al respecto entre los teólogos católicos en los últimos decenios. Es de resaltar la atención prestada a la metodología colegial, querida por el obispo de Roma, y al resultado con el que el Sínodo ha concluido, orientado al discernimiento que ha de realizarse caso por caso, más que a soluciones ya definidas que aplicar.

El libro se inserta, con todos los honores, en el proceso sinodal, y podrá contribuir a mantener viva su llama y a abrir los escenarios de conjugación entre verdad y misericordia, que son el amplio horizonte al que miran con esperanza los ojos de la fe de la Iglesia del papa Francisco.