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miércoles, 4 de noviembre de 2020

UNA TEOLOGÍA PASTORAL DE LA PARROQUIA. TRES CLAVES PARA REPENSAR LA COMUNIDAD EN TIEMPOS DE PANDEMIA

NOTA:    En el equipo de mantenimiento del BLOG hemos llegado a entender que, en las circunstancias que nos envuelven (el CONFINAMIENTO POR «COVID-19») bien podríamos prestar el servicio de abrir el BLOG a iniciativas que puedan redundar en aliento para quienes se sientan en soledad, incomunicadas o necesitadas de expresarse.

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Fuente:     Cristianisme i justícia

Por:   Autor:  Juan Pablo Espinosa
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Quisiera proponer tres pistas para pensar –más bien imaginar– una teología pastoral de la parroquia para el tiempo de pandemia. El modo de pensar y actuar la comunidad tal y como lo conocíamos se ha transformado y, por consiguiente, nos ha invitado a transformarnos. La teología de la parroquia, como elemento fundamental de nuestro quehacer pastoral y como temática particular de la reflexión teológica sobre la Iglesia, y en este tiempo, debe avanzar e imaginar nuevos enfoques y puntos de anclaje. Para ello, las tres pistas siguientes, pistas en cuanto intuiciones o pretextos para una conversación mayor, buscarán pensar este nuevo tiempo parroquial.

1. Re-imaginar y re-significar la presencialidad

Uno de los conceptos y experiencias que más hemos notado como propias del tiempo de la pandemia es la crisis de presencialidad. Ella supone un encuentro en vivo entre dos personas. Presencia y presente aparecen incluso como conceptos interrelacionados. Hoy la presencialidad se ha tornado en virtualidad o en una presencialidad virtual. No es que estemos desconectados, sino que estamos vinculados de un modo virtual. Ello ha aparecido como una resignificación de lo presencial. Resignificar es un término trabajado fuertemente en psicología y hace referencia a la capacidad de hacer la conexión entre dos cosas, para que una le de un significado nuevo a la otra.

Misas online, Facebook como lugar de lo sacramental, la misma sacramentalidad, acompañar (duelos, lo educativo, lo laboral, etc.)… Aparecen nuevas vinculaciones y otros modos de entender el encuentro humano en la plataforma. De hecho, la plataforma nos era conocida previo a la pandemia. Hoy la hemos resignificado, es decir, le hemos dado un valor distinto al que ya tenía y al que ya utilizábamos. Ahora bien, ¿cómo repensar o volver a significar la virtualidad como espacio de presencia? Quisiera proponer dos posibles acercamientos:

· Utilizando la expresión del teólogo argentino Alejandro Bertolini, la pantalla nos ayuda a descentralizar el poder[1]. Todos podemos subir una fotografía, comenzar un video, comentar una publicación o escribir un posteo. Con la descentralización del poder no solo se espera del ministro ordenado la actuación, sino que surgen otros carismas. Ello atañe al tan discutido tema de la relación Iglesia-poder. Con los carismas (incluso con la reactualización de la Iglesia carismática en cuanto presencia de variados ministerios, funciones y modos de actuar la fe), incluso percibimos la catolicidad y universalidad de la Iglesia.

martes, 21 de junio de 2016

UNA DIFÍCIL COMUNIÓN (I)

Nota: por la extensión del trabajo, lo publicaremos en 3 secciones.



Las teorías del complot o de la escalada de algunos movimientos y comunidades a la cúspide de la Iglesia católica tienden a infravalorar la gran variedad y complejidad de esta galaxia eclesial. Diferentes por lugar y fecha de nacimiento, por tipo de adhesión de sus miembros, por dimensión y enraizamiento, por misión dentro de la Iglesia y orientación teológica, los movimientos y comunidades ocupan todo el espacio del amplio espectro «ideológico» dentro del catolicismo. El ecumenismo y el neo-orientalismo de San Egidio se contraponen al romanismo de los movimientos hispanos. El inclusivismo interreligioso de los Focolares está en el extremo opuesto al exclusivismo de Comunión y Liberación. La cultura participativa y democrática de los scouts católicos está en las antípodas de la mentalidad del Opus Dei.

            Las asociaciones eclesiales viven una difícil comunión entre sí. Si resulta exagerado presentar el conjunto como «bandas de enemigos naturales en un precario estado de simbiosis», no resulta excesivo definir el conjunto general de las asociaciones como una difícil convivencia desde la lógica de la competencia y con una continua búsqueda de equilibrio. No podía ser de otra forma si deben convivir los movimientos-asociaciones caracterizados por un alto grado de institucionalización y por una cierta autonomía concedida por la jerarquía eclesiástica (Acción Católica - escultismo); los movimientos de reconquista, vinculados a una cultura política y religiosa antiliberal (Opus Dei, Comunión y Liberación, Legionarios y Cursillos); los movimientos de tipo pentecostal (RNS, Neocatecumenales y Focolares); las élites espirituales -laicales y monásticas- herederas del «retorno a las fuentes» de la gran tradición del cristianismo indiviso y del «acercamiento» a las otras Iglesias y a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo (Taizé y Comunidad de San Egidio).

Una segunda y más difícil comunión ha sido aquella entre las asociaciones por una parte y las Iglesias locales (clero y laicado) por la otra. Las partes en simbiosis viven juntas, sacando ambas ventaja de la convivencia y sufriendo la desventaja de la crisis y de la debilidad del otro sujeto de la relación. No está todavía claro que este sea el caso de la relación entre movimientos y comunidades e Iglesias locales. Resulta claro, sin embargo, que durante las décadas posconciliares los movimientos y comunidades han nacido y crecido como un fenómeno muy oportuno en razón de lo debilitado que estaba el cuerpo de la Iglesia territorial.

Frente a una fe «cálida» -que es como mayoritariamente se vive en las comunidades o movimientos-, las Iglesias territoriales corren el riesgo de reducirse cada vez más a una especie de frías máquinas distribuidoras de sacramentos. La distribución del sacramento ya no corresponde con la inserción en una comunidad parroquial, en una catequesis parroquial o en una realidad humana y social inevitablemente más variada pero también más real que la de la pequeña comunidad- movimiento elegida. Desde el punto de vista vocacional y ministerial, al «laicado no asociado» y al clero (al que se reconoce una autoridad menor que la que dan a sus propios líderes) parece haberlos sustituido en las Iglesias locales el laicado asociado que está en condiciones de garantizar un mayor nivel de compromiso y de eficiencia pastoral. Por este motivo la fuerza de impacto de los movimientos sobre el cuerpo de la Iglesia católica es muy superior respecto a la relativa consistencia numérica de este nuevo tipo de laicado.

Entre finales del XIX y principio del XX, las jerarquías católicas habían conseguido despertar y controlar la movilización del laicado dentro de un esquema que no arriesgaba la tradicional estructura de poder en la Iglesia. El rol histórico de las asociaciones, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX consiste en haber interpretado (también a nivel ideológico), traducido (en el plano de la realidad de los hechos, mucho antes que en el del reconocimiento eclesiástico) y representado (más a nivel existencial que teológico) una solución al problema de vivir y testimoniar la fe católica en una sociedad como la europea, situada en el momento crítico del pasaje de una firme herencia confesional a una radical secularización. La fuerte autoestima de esta nueva élite facilita las acusaciones dirigidas contra los nuevos movimientos que han ocupado dentro de la Iglesia los espacios que, hasta hace pocas décadas, fueron administrados por el episcopado, el clero, las órdenes religiosas y la potente jerarquía católica. Del «nosotros somos Iglesia» de los tiempos de la semiclandestinidad se ha pasado, en la Iglesia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, al orgullo de algunos movimientos, un orgullo con que parecen afirmar: «La Iglesia somos nosotros». 

(Continuará el próximo miércoles
(segunda entrega)
(tercera entrega)