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domingo, 15 de septiembre de 2019

La ruta del colesterol


 Por Jesús Martínez Gordo, teólogo


          El pueblo en el que resido cuenta, como tantos otros, con un paseo que es conocido popularmente como “la ruta del colesterol”. Allí, además de andar o correr, también se habla -cuando nos cruzamos con amigos o conocidos- de nuestros respectivos estados de salud. Nos intercambiamos los resultados de la última analítica médica, comentamos el ejercicio físico que se nos ha prescrito y hay quienes porfían por ser los que más pastillas toman... Es frecuente encontrarse con personas que, mejor informadas, conocen con toda precisión la horquilla de dígitos dentro de los que se juega una vida saludable y que, sobrepasados o no alcanzados, indican el padecimiento, por ejemplo, de diabetes o hipoglucemia, ya sea por exceso o defecto de azúcar en la sangre. Saben que entre tales extremos se da un equilibrio permanentemente inestable y, por ello, una enorme diversidad de situaciones: es difícil encontrar dos analíticas iguales no solo entre sujetos diferentes sino, incluso, en una misma persona a lo largo de una jornada. En el cuidado de tal equilibrio se mueve lo que hoy entendemos por vida saludable.


          A la luz de esta matizable anécdota, creo que también es posible diagnosticar la salud de una sociedad por su atención al equilibrio entre libertad y solidaridad. Cuando nos encontramos con países en los que lo determinante es la solidaridad al precio de la libertad, sabemos que tienen enormes dificultades para eludir el autoritarismo. Y cuando nos topamos con otros en los que la exaltación de la libertad anula la solidaridad, conocemos igualmente que se ponen las bases para un neoliberalismo que, sin entrañas, se preocupa más de la libertad de movimientos del zorro que de la precaria existencia de las aves con las que comparte gallinero. Pero también sabemos de la existencia de sociedades en las que se intenta buscar, con mayor o menor fortuna, el añorado equilibrio entre libertad y solidaridad. Es la apuesta de los países que han erigido el bienestar social de todos sus ciudadanos (incluidos los no rentables económicamente) en su objetivo principal, sin obviar, por ello, los problemas que comporta semejante opción y los necesarios correctivos.  

          La referencia a una vida, personal o socialmente, saludable también permite diagnosticar lo que está pasando en la Iglesia en estos momentos. Es de sobra conocido que el papa Francisco está apostando por recuperar un equilibrio, perdido los últimos decenios, entre, por un lado, el Evangelio y la doctrina y, por otro, entre la contemplación y el compromiso liberador. Y también es sabido que tiene enfrente una oposición cada día más aguerrida y temeraria.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Francisco: “¡Qué tristeza los pastores que se vuelven príncipes alejados de la gente!”



Durante la Audiencia general, el Papa recordó el alivio que ofrece Jesús a los que están «cansados y oprimidos», a los que no tienen medios propios ni amistades importantes: «¡Ojalá todos los líderes del mundo pudieran decir esto!»
Iacopo Scaramuzzi (En V.I.)

«Es feo para la Iglesia cuando los pastores se vuelven príncipes, alejados de la gente, alejados de los más pobres».  Durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro, Papa Francisco recordó la invitación de Jesús a los que están «cansados y oprimidos», a todos los que «no pueden contar con medios propios, ni con amistades importantes», ofreciéndoles un poco de alivio.

El Papa analizó, durante la catequesis, las tres invitaciones imperativas de Jesús («Vengan a mí todos ustedes que están cansados y oprimidos, y yo les daré alivio»), «Vengan a mí», «tomen mi yugo» y «aprendan de mí». Y exclamó: «¡Ojalá todos los líderes del mundo pudieran decir esto!».

Antes que nada, «dirigiéndose a los que están cansados y oprimidos, Jesús se presenta como el Siervo del Señor descrito en el libro del profeta Isaías», y a todos ellos, desencantados de la vida, a menudo el Evangelio suma a los «pobres y a los pequeños. Se trata —explicó Papa Francisco— de todos los que no pueden contar con medios propios, ni con amistades importantes. Ellos solo pueden confiar en Dios. Conscientes de la propia condición miserable y humilde, saben depender de la misericordia del Señor, esperando de Él la única ayuda posible. En la invitación de Jesús encuentran finalmente respuesta a su espera: volviéndose discípulos suyos reciben la promesa de encontrar alivio para toda la vida», una promesa que también se extiende, al final del Evangelio, «a todas las gentes», como demuestran también los peregrinos que, durante el Jubileo de la misericordia, están atravesando las puertas santas de las catedrales, de las iglesias de todo el mundo, pero también «en los hospitales, en las cárceles», porque encuentran, dijo el Papa, «el alivio que solo Jesús sabe dar».

Al decir después «tomen mi yugo», explicó Francisco, «en polémica con los escribas y los fariseos, Jesús pone sobre sus discípulos su yugo, en el que la Ley encuentra su cumplimiento. Quiere enseñarles que descubrirán la voluntad de Dios mediante su persona, mediante Jesús, no mediante leyes y prescripciones frías que Jesús mismo condena».