lunes, 7 de noviembre de 2011

S. GALILEA Y A. PAOLI SOBRE EL DOMINGO 33 DEL T. O.



Los dones personales:
una responsabilidad intransferible
 (Mt 25, 14-30)


El evangelio de esta liturgia es el Evangelio de la audacia. Jesús exige auda­cia, valor, espíritu de aventura, y muchas veces la educación religiosa fue una formación a la seguridad, a la prudencia, a la conservación.

¿Cómo vivir el Evangelio, que es riesgo, con este tipo de formación? Esta formación desemboca a menudo en una forma característica: un es­fuerzo voluntario de vivir aquello que dice el Evangelio, pero que no corres­ponde a aquello que existencial y realmente se vive. Esto lleva a cierta inautencidad.

Es muy significativo el texto de San Pablo: cuando se dice seguridad y paz, viene la- ruina (referido al riesgo del Evangelio). Es verdad que Pablohabla del fin del mundo, pero lleva a la conclusión que si queremos vivir en la espera del Señor, debemos jugarnos la vida. Y jugarse la vida para un cristiano tiene un solo significado. Jesús no ha venido a hacer o a propo­ner muchas cosas, solo ha venido a hacer el mundo más fraterno, más jus­to, más comunión, hijos e hijas de Dios para preparar la eternidad.

El Evangelio de hoy nos muestra el aspecto severo, exigente del Señor: quiere que sus operarios rindan. Pero en el contexto de un Dios que quiere establecer una Alianza, que tiene una voluntad irreversible de hacer de su pueblo disperso y dividido un pueblo de la amistad y de la unidad, esta severidad de Dios la vemos en su justo sentido. No es la severidad de un patrón dispuesto a reprimir en cuanto nos ve cometer un error. Es la severidad de alguien que se ocupa amorosamente y con tanto interés de su familia, que tiene tanta impaciencia para que seamos justos y unidos, que se molesta profundamente con aquellos que han aceptado seguirlo libre­mente, y que luego se dan una buena vida y quedan apegados a sus intere­ses personales. Que no toman en serio ni llevan a la práctica su proyecto de unidad.

Nos hacemos así capaces de comprender mejor una frase del Evangelio que siempre nos resultó difícil: "Quitadle su moneda y dádsela al que ya tiene diez". Cuando un cristiano ha aceptado dar su vida por el reino, ha dado un paso importante y urgente. No encontrará intereses personales, sino motivaciones de otra clase. Así se explica que "el que pone la mano en el arado y mira para atrás" no encuentre sino frustración, sentido de inutilidad. O tomamos en serio el compromiso, y entonces encontramos todo ahí dentro, o no lo tomamos en serio, y por lo tanto fuera de él debemos hacernos nuestra búsqueda, que tal vez nos da ciertos gustos, pero que nos deja en el vacío. ¿Por qué darle al que tiene diez? Es una frase bastante común en el Evangelio: que al que no tiene le será quitado lo poco que tiene, y al que tiene mucho le será dado más, lo cual parece una paradoja. Quiere decir que aquel que encuentra existencialmente el sentido de la vida, tal vez sin haber sentido claramente la llamada de Jesús, por el hecho de haber entrado en el plan de Dios, recibirá más, es decir, la amistad con El. Mientras que aquellos que han recibido la llamada, y luego se han mostrado infieles, perderán todo: el sentido de la vida y la amistad de Jesús. Tal vez nosotros corremos el peligro de estos, pero el Evangelio de hoy nos ayuda a evitarlo. Nos descubre que la vida es riesgo, y que ha­ber dichos/'al Señor es el riesgo mayor.


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