sábado, 26 de noviembre de 2016

Misericordia y Unidad



MISERICORDIA Y UNIDAD. Entrevista al Papa Francisco
por Stefania Falasca

El tema que elegí, se debió al deseo de descubrir el sentido de la constante búsqueda de la unidad de los cristianos que caracteriza y marca su ministerio desde el comienzo del pontificado. Entrar dentro de la historia de estos encuentros ecuménicos y de todos los gestos ecuménicos que ha realizado. Había tenido también la oportunidad de conocer y entrevistar al patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomé I y me impresionó mucho la relación fraterna y de profunda sintonía que los une.

«¿El jubileo? No fue algo planificado. Las cosas se fueron dando. Simplemente me dejé llevar por el Espíritu. La Iglesia es el Evangelio, no es un camino de ideas. Este Año sobre la Misericordia es un proceso que ha madurado en el tiempo, desde el Concilio… También en el campo ecuménico el camino viene de lejos, con los pasos de mis predecesores.

Así es el camino de la Iglesia. No soy yo. No le he dado ninguna aceleración. A medida que caminamos, el camino parece ir más rápido, es el motus in fine velocior».

Santa Marta, es mediodía. La conversación con el Papa Francisco entra de lleno en las dinámicas de un período eclesial intenso y no podía dejar de hacer referencia a los encuentros y los avances ecuménicos que se fueron produciendo, y que también marcaron los viajes apostólicos del Año de la Misericordia con la búsqueda prioritaria de la unidad de los cristianos en este tiempo desgarrado por los conflictos.

Después del viaje ecuménico a Suecia, le dije por teléfono que en el vuelo de regreso a Roma, cuando dialogaba con los periodistas sobre este importante encuentro reconciliado con los luteranos, había quedado sin respuesta una frase suya, y que desde hace tiempo quería hacerle algunas preguntas sobre el ecumenismo. Me tomó por sorpresa diciéndome que podía responder en aquel mismo momento. «¿Pero, ahora?…», le contesté, y amablemente me concedió un poco más de tiempo.

Llego temprano para la entrevista y entro con mi hijo, mientras afuera sigue lloviendo. Pero ya está esperándonos en la puerta. Como ha ocurrido en otras oportunidades lo encuentro en el umbral, como un padre, igual que la primera vez que fui a verlo hace varios años. La paciencia para esperar parece formar parte de su naturaleza, su razón de ser, su oficio. Toma los anteojos y revisa sin apuro la lista de preguntas. Hace algunas notas en el margen. Mientras se levanta para acomodar unas flores mojadas por la lluvia, pienso que está por terminar el Año Santo. Pienso en la Puerta de la Misericordia que se está por cerrar, y recuerdo una observación que hizo hace cincuenta años el patriarca ortodoxo Atenágoras, en el diálogo con Olivier Clément, y siempre me sorprende: «Debemos examinar más profundamente el destino de Pedro en el Evangelio. Pedro —afirma san Gregorio Palamás— es el prototipo del hombre nuevo, del pecador perdonado. Él solo puede estar aquí para recordarle a la Iglesia que ella vive del perdón de Dios y no tiene otra fuerza que la Cruz. Si en la Iglesia hay un obispo que es “el análogo de Pedro”, entonces estamos muy lejos del poder y de la gloria mundana. Y si Pedro olvidara que su testimonio fundamental es el del pecador perdonado, entonces, a imagen de Pablo de Antioquía, profetas vendrán a oponerse a él “cara a cara” (Gal 2,11)».

Miro al Papa en silencio y después le pregunto:

Padre, ¿qué ha significado para usted este Año de la Misericordia?

Cuando alguien descubre que es muy amado, empieza a salir de la soledad malsana, de la separación que lo lleva a odiar a los demás y a sí mismo. Espero que muchas personas hayan descubierto que son muy amadas por Jesús y se hayan dejado abrazar por Él. La misericordia es el nombre de Dios y es también su debilidad, su punto débil. Su misericordia siempre lo lleva a perdonar, a olvidarse de nuestros pecados. A mí me gusta pensar que el Omnipotente tiene mala memoria. Una vez que te perdona, se olvida. Porque es feliz de perdonar. Para mí, eso es suficiente. Lo mismo que para la mujer adúltera del Evangelio, que «ha amado mucho». «Porque Él ha amado mucho». Todo el cristianismo se resume en esto.

Pero ha sido un Jubileo sui generis, con muchos gestos emblemáticos…

Jesús no pide grandes gestos, sino solo abandono y agradecimiento. Santa Teresita de Lisieux, que es doctora de la Iglesia, en su “caminito” hacia Dios habla del abandono del niño que se duerme tranquilo en los brazos de su padre, y también recuerda que la caridad no puede quedar encerrada en el fondo del corazón. El amor a Dios y el amor al prójimo son dos amores inseparables.

¿Se han logrado los objetivos que usted buscaba cuando lo proclamó?

Bueno, yo no tenía un plan. Simplemente hice lo que me inspiró el Espíritu Santo. Las cosas se fueron dando. Me dejé llevar por el Espíritu. Solo se trataba de ser dóciles al Espíritu Santo, de permitirle a Él que obrara. La Iglesia es el Evangelio, es la obra de Jesucristo. No es un camino de ideas o un instrumento para afirmarlas. Y en la Iglesia las cosas entran en el tiempo cuando el tiempo está maduro, cuando se ofrece.

También un Año Santo extraordinario…

Ha sido un proceso que fue madurando con el tiempo, por obra del Espíritu Santo. Antes que yo, san Juan XXIII con la Gaudet Mater Ecclesia señaló, en la apertura del Concilio, que la “medicina de la misericordia” era el camino que se debía seguir; después el beato Pablo VI, quien comprendió que la historia del Buen Samaritano era su paradigma. Después vinieron las enseñanzas de san Juan Pablo II, con su segunda encíclica Dives in misericordia y la institución de la fiesta de la Divina Misericordia. Benedicto XVI dijo que el nombre de Dios es misericordia. Todos ellos son pilares. Así es como el Espíritu conduce los procesos en la Iglesia, hasta su cumplimiento.
Entonces el Jubileo también ha sido el Jubileo del Concilio, hic et nunc, el punto donde coinciden el tiempo de su recepción y el tiempo del perdón…
Hacer la experiencia vivida del perdón que abraza a toda la familia humana es la gracia que anuncia el ministerio apostólico. La Iglesia solo existe como instrumento para comunicar a los hombres el designio misericordioso de Dios. En el Concilio, la Iglesia sintió la responsabilidad de ser en el mundo el signo vivo del amor del Padre. Con la Lumen Gentium se remontó a las fuentes de su naturaleza, el Evangelio. Esto desplaza el eje de la concepción cristiana de cierto legalismo, que puede ser ideológico, a la Persona de Dios que se hizo misericordia en la encarnación del Hijo. Hay algunos —piensa en ciertas protestas contra la Amoris Laetitia— que todavía no comprenden, para ellos es blanco o negro, pero es en el flujo de la vida donde se debe discernir. Eso fue lo que nos dijo el Concilio, aunque los historiadores dicen que un Concilio, para ser bien absorbido por el cuerpo de la Iglesia, necesita un siglo… Estamos a mitad de camino.

Sin embargo, son muy significativos los encuentros y los viajes ecuménicos que se realizaron. En Lesbos, con el patriarca Bartolomé y Hieronymus, en Cuba con el patriarca de Moscú Kirill, en Lund para la conmemoración conjunta de la Reforma Luterana. ¿Ha sido el Año de la Misericordia lo que favoreció todas estas iniciativas con las otras Iglesias cristianas?

No diría que estos encuentros ecuménicos fueron fruto del Año de la Misericordia. No. Porque también son parte de un proceso que viene de lejos. No son algo nuevo. Solo son pasos dentro de un camino que ya empezó hace mucho. Desde que se promulgó el decreto conciliar Unitatis Redintegratio, hace más de cincuenta años, y se redescubrió la fraternidad cristiana basada en el único bautismo y en la misma fe en Cristo, el camino de la búsqueda de la unidad siempre siguió adelante, con pequeños y grandes pasos, y ha dado sus frutos. Yo estoy siguiendo esos pasos.

Los que dieron sus predecesores…

Los que dieron todos mis predecesores. Así como fue un paso adelante el diálogo del Papa Luciani con el metropolita ruso Nikodim, que murió en sus brazos, y abrazado al hermano Obispo de Roma Nikodim le dijo cosas muy hermosas sobre la Iglesia. Recuerdo el funeral de san Juan Pablo II. Estaban todos los jefes de las Iglesias de Oriente: eso es fraternidad. Los encuentros y también los viajes ayudan a esta fraternidad, a hacerla crecer.

Sin embargo, en menos de cuatro años usted se ha encontrado con todos los primados y los responsables de las Iglesias cristianas. Estos encuentros atraviesan su pontificado. ¿A qué se debe esta aceleración?

Es el camino del Concilio que sigue adelante, que se intensifica. Pero es el camino, no soy yo. Este camino es el camino de la Iglesia. Yo me he encontrado con los primados y con los responsables, es cierto, pero también mis predecesores tuvieron sus encuentros con estos o con otros responsables. Yo no he acelerado nada. A medida que avanzamos el camino parece ir más rápido, es el motus in fine velocior, para decirlo según el proceso que describe la física aristotélica.

¿Cómo vive personalmente esta aceleración en los encuentros con los hermanos de las otras Iglesias cristianas?

La vivo con mucha fraternidad. La fraternidad se siente. Está Jesús en medio. Para mí son todos hermanos. Nos bendecimos el uno al otro, un hermano bendice al otro. Cuando fuimos a Lesbos, en Grecia, con el patriarca Bartolomé y Hieronymus para encontrarnos con los refugiados, nos sentimos una sola cosa. Éramos uno. Uno. Cuando fui a verlo al patriarca Bartolomé al Fanar de Estambul para la fiesta de san Andrés, para mí fue una gran fiesta. En Georgia estuve con el Patriarca Ilia, que no había ido a Creta para el Concilio ortodoxo. La sintonía espiritual que tuve con él fue profunda. Yo sentí que estaba delante de un santo, un hombre de Dios que me tomó de la mano, que me dijo cosas hermosas, más con gestos que con palabras. Los patriarcas son monjes. En la conversación se puede percibir que son hombres de oración. Kirill es un hombre de oración, lo mismo que el patriarca copto Twadros, al que encontré cuando entraba a la capilla, se estaba sacando los zapatos y se disponía a orar. El patriarca Daniel de Rumania hace un año me regaló un libro en español sobre San Silvestre del Monte Athos. Yo ya había leído la vida de este gran santo monje en Buenos Aires: «orar por los hombres es derramar la propia sangre». Los santos nos unen dentro de la Iglesia actualizando su misterio. Con los hermanos ortodoxos estamos en camino, son hermanos, nos amamos, nos preocupamos juntos, vienen a estudiar con nosotros. Bartolomé también ha estudiado aquí.
Con el patriarca ecuménico Bartolomé, sucesor del apóstol Andrés, ya dieron muchos pasos juntos, con plena sintonía en los recíprocos pronunciamientos. A ustedes los sostiene el mismo amor que transformó la vida de los Apóstoles. Pedro y Andrés eran hermanos…
En Lesbos, mientras saludábamos juntos a la gente, me había inclinado hacia un niño. Pero yo no le interesaba al niño, sino que él miraba detrás de mí. Me di vuelta y vi por qué: Bartolomé tenía los bolsillos llenos de caramelos y los estaba repartiendo a los niños, muy contento. Así es Bartolomé, es un hombre capaz de llevar adelante en medio de enormes dificultades el Gran Concilio ortodoxo, de hablar de alta teología y de estar sencillamente con los niños. Cuando venía a Roma se alojaba en Santa Marta en la habitación donde yo estoy ahora. El único reproche que me hizo fue que debió cambiarla.

Usted sigue encontrándose con frecuencia con los jefes de las otras Iglesias. ¿Acaso el Obispo de Roma no tiene que ocuparse a tiempo completo de la Iglesia Católica?

El mismo Jesús ora para pedirle al Padre que los suyos sean una sola cosa, para que de esa manera el mundo crea. Es lo que Él le pide al Padre. Desde siempre, el Obispo de Roma está llamado a custodiar, a buscar y a servir a esa unidad. Sabemos también que las heridas de nuestras divisiones, que laceran el cuerpo de Cristo, no podemos curarlas por nosotros mismos. Por lo tanto no se pueden imponer proyectos o sistemas para volver a estar unidos. Para pedir la unidad entre los cristianos lo único que podemos hacer es mirar a Jesús y pedir que obre en nosotros el Espíritu Santo. Que Él recostruya la unidad entre nosotros. En el encuentro de Lund con los luteranos repetí las palabras de Jesús, cuando les dice a sus discípulos: «Sin mí no pueden hacer nada».

¿Qué significado tuvo conmemorar con los luteranos en Suecia los quinientos años de la Reforma? ¿Fue una “fuga hacia adelante” de su parte?

El encuentro con la Iglesia luterana en Lund fue un paso más en el camino ecuménico que comenzó hace cincuenta años y en un diálogo teológico luterano-católico cuyo fruto fue la Declaración común, firmada en 1999, sobre la doctrina de la Justificación, es decir, sobre la manera como Cristo nos hace justos salvándonos con su Gracia necesaria, que es el punto del que habían partido las reflexiones de Lutero. Por lo tanto, es volver a lo esencial de la fe para redescubrir la naturaleza de lo que nos une. Antes que yo, Benedicto XVI había ido a Erfurt y había hablado detenidamente sobre esto, con mucha claridad. Había repetido que la pregunta sobre «cómo puedo tener un Dios misericordioso» había penetrado en el corazón de Lutero, y estaba detrás de toda su búsqueda teológica e interior. Hubo una purificación de la memoria. Lutero quería hacer una reforma que debía ser como una medicina. Después las cosas se cristalizaron, se mezclaron los intereses políticos de aquel tiempo, y terminaron en el cuius regio eius religio, que obligaba a seguir la religión del que tenía el poder.

Pero algunos piensan que en estos encuentros ecuménicos usted quiere traicionar la doctrina católica. Incluso se dijo que quiere «protestantizar» la Iglesia…

No me quita el sueño. Yo sigo por el camino de los que me precedieron, sigo el Concilio. En cuanto a las opiniones, siempre hay que distinguir el espíritu con el cual se dicen. Cuando no hay mal espíritu, ayudan a caminar. Otras veces se ve en seguida que las críticas surgen aquí o allá para justificar una posición ya tomada, no son honestas, se hacen con mal espíritu para fomentar divisiones. Se ve en seguida que ciertos rigorismos nacen de algo que falta, del deseo de ocultar dentro de una armadura su propia y triste insatisfacción. Si miras la película La cena de Babette, allí puedes ver ese comportamiento rígido.
También con los luteranos se hizo un fuerte llamamiento a trabajar juntos por los que se encuentran en estado de necesidad. ¿Quiere decir que hay que dejar de lado las cuestiones teológicas y sacramentales y apuntar solo al compromiso común en lo social y cultural?
No se trata de dejar nada de lado. Servir a los pobres quiere decir servir a Cristo, porque los pobres son la carne de Cristo. Y si servimos juntos a los pobres, quiere decir que los cristianos estamos tocando juntos las llagas de Cristo. Pienso en el trabajo que después del encuentro de Lund pueden hacer juntas Caritas y las organizaciones de caridad luteranas. No es una institución, es un camino. Ciertos modos de contraponer “las cuestiones de la doctrina” y “las cuestiones de la caridad pastoral”, en cambio, no siguen el Evangelio y crean confusión.

La conmemoración conjunta de Lund ha marcado un momento de aceptación mutua y un nivel de comprensión recíproca profunda. Pero a partir de aquí, ¿cómo se pueden resolver las cuestiones eclesiológicas que siguen abiertas, como las que se refieren al ministerio y a los sacramentos, especialmente la Eucaristía, que nos separan de la Iglesia luterana? ¿Cómo se pueden superar estas cuestiones para avanzar hacia una unidad que sea visible para el mundo?

La Declaración conjunta sobre la justificación es la base para continuar el trabajo teológico. El estudio teológico debe seguir adelante. El Pontificio Consejo para la Unidad de los cristianos está haciendo un trabajo. El camino teológico es importante, pero siempre junto con el camino de oración y realizando juntos obras de caridad. Obras que son visibles.

Usted también le dijo al patriarca de Moscú Kirill que «la unidad se construye caminando», «la unidad no llegará al final como un milagro, caminar juntos ya es construir la unidad». Usted lo repite a menudo. ¿Pero qué significa?

La unidad no se construye porque nos pongamos de acuerdo entre nosotros sino porque caminamos siguiendo a Jesús. Y caminando, por obra de Aquel a quien seguimos, podemos descubrir que estamos unidos. Es caminar detrás de Cristo lo que une. Convertirse significa dejar que el Señor viva y obre en nosotros. Así descubrimos que también estamos unidos porque tenemos en común la misión de anunciar el Evangelio. Caminando y trabajando juntos, nos damos cuenta de que ya estamos unidos en el nombre del Señor y que por lo tanto la unidad no la creamos nosotros. Nos damos cuenta de que es el Espíritu el que impulsa y nos lleva hacia adelante. Si tú eres dócil al Espíritu, será Él quien te señale el paso que puedes dar, el resto lo hace Él. No se puede seguir a Cristo si no te lleva, si no te impulsa el Espíritu con su fuerza. Por eso es el Espíritu el artífice de la unidad entre los cristianos. Por eso digo que la unidad se hace en camino, porque la unidad es una gracia que se debe pedir, y también por eso repito que todo proselitismo entre cristianos es pecaminoso. La Iglesia no crece nunca por proselitismo sino “por atracción”, como dijo Benedicto XVI. El proselitismo entre cristianos, por lo tanto, es en sí mismo un pecado grave.

¿Por qué?

Porque contradice la dinámica misma de cómo se llega a ser y se sigue siendo cristiano. La Iglesia no es un equipo de fútbol que busca hinchas.

¿Entonces cuáles son los caminos que se deben seguir para alcanzar la unidad?

Hacer procesos en vez de ocupar espacios también es la clave del camino ecuménico. En este momento histórico la unidad se hace por tres caminos: caminar juntos con las obras de caridad, orar juntos y por último reconocer la confesión común tal como se expresa en el martirio común recibido en el nombre de Cristo, en el ecumenismo de la sangre. Allí se ve que el mismo Enemigo reconoce nuestra unidad, la unidad de los bautizados. El Enemigo, en esto, no se equivoca. Y todas estas son expresiones de unidad visibles. Orar juntos es visible. Hacer obras de caridad juntos es visible. El martirio compartido en nombre de Cristo es visible.

Entre los católicos, sin embargo, todavía no parece que esté muy viva la sensibilidad de buscar la unidad entre los cristianos ni el dolor por la división…

El encuentro de Lund, como todos los otros pasos ecuménicos, también fue un paso para comprender más el escándalo de la división, que hiere el cuerpo de Cristo y que no podemos permitirnos delante del mundo. ¿Cómo podemos dar testimonio de la verdad del amor si peleamos, si nos separamos entre nosotros? Cuando era niño, con los protestantes no se hablaba. Había un sacerdote en Buenos Aires que cuando venían a predicar los evangélicos con sus carpas, mandaba al grupo juvenil para que las quemaran. Ese era el clima. Ahora los tiempos han cambiado. El escándalo se supera sencillamente haciendo las cosas juntos con gestos de unidad y de fraternidad.

Cuando usted se encontró en Cuba con el patriarca Kirill, sus primeras palabras fueron: «Tenemos el mismo bautismo. Somos obispos».

Cuando era obispo de Buenos Aires me alegraba mucho ver el esfuerzo que hacían tantos sacerdotes para que la gente recibiera el bautismo. El bautismo es el gesto con el cual el Señor nos elige, y si reconocemos que estamos unidos en el bautismo quiere decir que estamos unidos en lo que es fundamental. Esa es la fuente común que nos une a todos los cristianos y que alimenta cualquier nuevo paso que demos para recuperar la plena comunión entre nosotros. Para redescubrir nuestra unidad no tenemos que “ir más allá” del bautismo. Tener el mismo bautismo quiere decir confesar juntos que el Verbo se hizo carne: eso es lo que nos salva. Todas las ideologías y las teorías nacen de los que no se detienen en esto, del que no permanece en la fe que reconoce a Cristo venido en la carne y quiere “ir más allá”. De allí nacen todas las posiciones que le quitan a la Iglesia la carne de Cristo, que “desencarnan” a la Iglesia. Si miramos juntos nuestro bautismo común también somos liberados de la tentación del pelagianismo, que quiere convencernos de que nos salvamos por nuestras propias fuerzas, con nuestros activismos. Y permanecer en el bautismo nos salva también de la gnosis. La gnosis desnaturaliza el cristianismo, reduciéndolo a un camino de conocimiento que puede prescindir del encuentro real con Cristo.

El Patriarca Bartolomé dijo en una entrevista a Avvenire que el origen de la división fue la penetración de un “pensamiento mundano” en la Iglesia. ¿Usted también piensa que esa fue la causa de la división?

Sigo pensando que el cáncer en la Iglesia es glorificarse unos a otros. Si uno no sabe quién es Jesús o nunca lo ha encontrado, siempre lo puede encontrar; pero si uno está en la Iglesia y se mueve dentro de ella porque dentro del ámbito de la Iglesia cultiva y alimenta su sed de poder y de afirmación de sí mismo, tiene una enfermedad espiritual, cree que la Iglesia es una realidad humana autosuficiente, donde todo se mueve según lógicas de ambición y de poder. La reacción de Lutero también se debía a eso, porque rechazaba una imagen de la Iglesia como organización que puede salir adelante prescindiendo de la gracia del Señor, o que la da por descontado, como garantizada a priori. Y esa tentación de construir una Iglesia autorreferencial, que lleva a la contraposición y a la división, retorna siempre.

Con respecto a los ortodoxos, se cita a menudo la llamada “fórmula Ratzinger” —enunciada por el teólogo que después fue Papa— según la cual «por lo que respecta al primado del Papa, Roma debe exigir de las Iglesias ortodoxas nada más que aquello que en el primer milenio fue establecido y vivido». ¿Pero la perspectiva de la Iglesia de los comienzos y de los primeros siglos también puede sugerir algo esencial en el tiempo presente?

Debemos mirar el primer milenio, siempre es fuente de inspiración. No se trata de volver atrás de una manera mecánica, no es simplemente “dar marcha atrás”, sino que contiene tesoros que también son válidos para hoy. Antes hablaba de la autorreferencialidad, la costumbre pecadora de la Iglesia que se mira demasiado a sí misma, como si creyera tener luz propia. El patriarca Bartolomé dijo lo mismo hablando de “introversión” eclesial. Los Padres de la Iglesia de los primeros siglos tenían claro que la Iglesia vive instante tras instante de la gracia de Cristo. Por eso —ya lo dije otras veces— decían que la Iglesia no tiene luz propia, y la llamaban “mysterium lunae”, el misterio de la luna. Porque la Iglesia da luz pero no brilla con luz propia. Y cuando la Iglesia, en vez de mirar a Cristo, se mira demasiado a sí misma, vienen también las divisiones. Es lo que ocurrió después del primer milenio. Mirar a Cristo nos libera de esa costumbre, y también de la tentación del triunfalismo y del rigorismo. Y nos hace caminar juntos por el camino de la docilidad al Espíritu Santo, que nos lleva a la unidad.

En diversas Iglesias ortodoxas hay resistencias al camino hacia la unidad, como algunas que el Metropolita Ioannis Zizioulas llama “talibanes ortodoxos”. También puede haber ciertas resistencias de parte católica. ¿Qué hay que hacer?

El Espíritu Santo lleva las cosas a su cumplimiento, en los tiempos que él decide. Por eso no debemos ser impacientes, desconfiados o ansiosos. El camino requiere paciencia para custodiar y mejorar lo que ya existe, que es mucho más que lo que divide. Y dar testimonio de su amor por todos los hombres, para que el mundo crea.



*Publicada por el diario AVVENIRE el Viernes 18 de noviembre de 2016

Traducción del italiano de Inés Giménez Pecci


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Identifícate con tu e-mail para poder moderar los comentarios.
Eskerrik asko.