lunes, 27 de febrero de 2017

Presbíteros en las Comunidades y Eucaristía



Introducción

Dom Demetrio Valentini es una de las figuras más valientes del episcopado brasileño, desde que era el obispo encargado de la Pastoral Social y presidente de Cáritas Brasileña. Ahora, como obispo emérito, está libre para abordar temas congelados, proponer medidas de revisión sobre disciplinas que se están volviendo obsoletas y ser fiel a la evolución de la doctrina, como indicaba el gran John Henry Newman. Vive proféticamente en tiempos Francisco, el nuevo clima de una iglesia "semper reformanda".


Dom Demetrio pide que la CNBB (Comisión Nacional de Obispos de Brasil) reflexione sobre laicos que puedan presidir la Eucaristía
Fuente: A 12. Por Elisangela Caballero, 14 de Febrero de 2017 a 16h43.

El obispo emérito de Jales, Dom Demetrio Valentini, dijo durante su homilía en el Santuario Nacional de Aparecida, en la mañana del martes (14) que la Iglesia en Brasil necesita reflexionar sobre la cuestión de los católicos que no tienen acceso a la Eucaristía con frecuencia. El obispo sugirió para resolver este problema la elección de laicos comprometidos en la vida de la comunidad para asumir esta tarea de presidir la Eucaristía. El obispo estaba en el santuario debido a la celebración del 25 aniversario de la Asociación Nacional de Presbíteros de Brasil.

"¿Somos una Iglesia que comparte el pan, o una iglesia que somete a sus comunidades a la escasez que lleva a su debilidad y a la propia disolución eclesial?", dijo el obispo, que hizo memoria de un discurso del Papa emérito Benedicto XVI en Aparecida durante el CELAM.

"Sin Eucaristía no hay comunidad cristiana. Así fue afirmado solemnemente aquí en esta basílica por el Papa Benedicto XVI en la apertura de la 5ª Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe. Sin Eucaristía no hay comunidad cristiana. Entonces, hace falta ahora comprobar qué consecuencias prácticas extraemos de esta verdad tan importante afirmada por el Papa. Y entonces entra de lleno, de nuevo, la cuestión presbiteral ", instó el obispo emérito.

jueves, 2 de febrero de 2017

Sensibilizados



CARTA ABIERTA A D. MARIO ICETA, OBISPO DE BILBAO

Bilbao, a 30 de enero de 2017.


Estimado D. Mario:

El pasado 14 de diciembre participó en un desayuno con los medios de comunicación y personas de cierto relieve en la sociedad de Bizkaia. Aunque ha pasado algún tiempo desde entonces creemos que hay algunos puntos de su intervención que mantienen actualidad y mucho interés por lo que querríamos comentarlos con Ud. Quizá sean materia para un diálogo posterior.

Es destacable la referencia al nuevo Directorio de la Iniciación cristiana (¿no está siendo demasiado lenta su promoción en toda la diócesis?) y al objetivo del Plan respecto al encuentro personal y comunitario con Dios. Nos llama mucho la atención que no cite el clamor diocesano respecto a la ineludible renovación del lenguaje litúrgico y catequético. Esa renovación fue una de las principales conclusiones del discernimiento del V PDE. ¿Cómo es que no lo menciona?

La llamada a la comunión diocesana, más allá de la realidad territorial o institucional propia, es realmente oportuna y aspecto fundamental del PDE. El obispo es el primer servidor de esa comunión diocesana, con la ayuda de los vicarios. ¿No hay aquí una seria interpelación para Ud. mismo y sus más próximos colaboradores? ¿No se podría decir y hacer algo más?

La pregunta por quiénes serán los evangelizadores de mañana en Bizkaia suscita otras muchas cuestiones que están esperando una respuesta clara y valiente. ¿Es cierto que la economía diocesana no permite el nombramiento de más laicos y laicas con encargo pastoral y remuneración? ¿Cómo tendríamos que entender que todavía haya muchas realidades pastorales sostenidas por compañeros jubilados y sin horizonte de relevo? ¿Sigue siendo normativo que los presbíteros que alcanzan la jubilación civil sólo asumirán responsabilidades de segundo nivel? ¿Qué se está haciendo para desatascar la creación de Unidades Pastorales en las que existen parroquias encomendadas a religiosos? ¿Para cuándo la reconversión o el cierre de algunas parroquias en zona urbana? ¿Hay realmente una jerarquía de actividades pastorales para nuestro contexto de misión? ¿Cuánto esfuerzo dedicamos a tareas con personas ya integradas —de diversas formas— en la comunidad y cuánto a la propuesta de fe, a la convocatoria, a sumar nuevos cristianos? ¿No es cierto que gastamos mucha energía en devociones de otros tiempos y olvidamos lo que ahora mismo debiera ser prioritario?

Estamos de acuerdo en lo que se dice respecto del compromiso diocesano en cuanto a la economía y el trabajo. Igualmente en lo referido a antiguas y nuevas pobrezas.  Ahora bien, ¿no es verdad que la situación está reclamando una más nítida denuncia del sistema de mercado (auténtico ídolo colectivo) y no sólo de sus consecuencias? ¿No estamos desperdiciando las posibilidades de formación y motivación social que todavía conservan nuestras parroquias, centros educativos y otras realidades de Iglesia? ¿No es cierto que muchos fieles no son todavía conscientes de la dimensión social y política de su opción por Jesucristo? ¿No estamos demasiado silenciosos?

El compromiso diocesano con la cultura y más específicamente con el euskera fue en una época más que notable. Estamos de acuerdo. ¿Puede decirse lo mismo del Seminario de hoy? ¿Hay suficiente motivación y recursos para su aprendizaje por parte de quienes serán los curas de una comunidad diocesana bilingüe?

Nos parece muy destacable en su intervención el apartado dedicado a la “minorización” de la Iglesia de Bizkaia. Dado que este aspecto no se encuentra en la versión escrita de que disponemos imaginamos que fue parte del diálogo posterior. Por otra parte ha sido lo más subrayado por los medios. Agradecemos que hable sin tapujos ni maquillajes: somos menos, vamos a ser menos, nos estamos achicando… Seguramente es lo mismo que se quería decir con aquello de la “debilidad del sujeto eclesial”. La pregunta es si estamos preparándonos realmente para esa nueva situación. ¿Seremos capaces de abandonar todo estilo triunfalista? ¿Sabremos discernir cuáles son los rasgos de identidad irrenunciables, hoy y aquí, en un contexto que es similar al del exilio bíblico? ¿Despertaremos en nosotros mismos una actitud testimonial que busca y ofrece la palabra oportuna en lo cotidiano? ¿Evitaremos la tentación del gueto? ¿Será Ud. mismo un agente comprometido en la transformación de mentalidades y prácticas que esta situación requiere? 


Muy agradecidos por su atención, aprovechamos para saludarle. 


FORO DE CURAS DE BIZKAIA – BIZKAIKO ABADEEN FOROA

lunes, 23 de enero de 2017

Un libro escrito con valentía, lucidez y claridad



Jesús Martínez Gordo, en PPC
"Estuve divorciado y me acogisteis"


Andrés Torres Queiruga

Hay libros que, si no existen, deben ser escritos. No es tópico decir que tal es el
caso de este ensayo de Jesús Martínez Gordo. Lo necesitábamos para hacer claridad sobre una situación extraña, extrañísima. Una iglesia en claro trance de normalización y entrando en un elemental sentido de realismo histórico, aparece agitada por choques inesperados y asombrada por el ruido de gritos incomprensibles.

Cardenales serios y solemnes se tiran al monte, en un desafío sin precedentes, impensable hace muy pocos años. Ellos, que han callado durante tres décadas de restauración, proclamando casi como norma suprema la obediencia al papa, con un estilo en el que, escala abajo, participaron y ejercieron sin dejar opción a la réplica ni al disenso más responsable, de repente asumen aires demócratas e incluso están dispuestos a romper su propia regla. Lo hacen frente a un papa que, finalmente, aparece en la iglesia y ante el mundo con sentido común, voluntad democrática y corazón evangélico. Y se acuerdan ahora del diálogo, el debate y la participación, e incluso amenazan con amonestarlo y, si fuese necesario, con deponerlo.

Tomo este gesto último, incomprensiblemente histriónico, como signo y síntoma de una situación oscura, de resistencias ratoniles alérgicas al movimiento y cerradas a la historia. Ante la llamada a retomar el Concilio y dejarse llevar por el viento del Espíritu, buscando una iglesia abierta a la misión y fiel al Evangelio, persiste en muchos la nostalgia de las cebollas de Egipto: una iglesia clausurada en sí misma y poniendo el código en el lugar del corazón para juzgar al hermano con un moralismo tan cruel como obsoleto, oscureciendo así la luz del Evangelio y taponando con legalismo el fluir infinitamente generoso de la misericordia divina. El mundo -escribió alguien tan poco sospechoso en este punto como Jean Paul Sartre- espera un Creador, un Dios digno de los anhelos más íntimos del alma humana, e insisten y persisten en darle un gran Jefe, que controle la libertad, ignore el sufrimiento y mate la alegría de vivir.

Espero que se me disculpe este desahogo. De algún modo era indispensable para explicar por qué considero necesario este libro. Ante todo, y acaso sobre todo, porque arroja una claridad lúcida y una información precisa sobre la situación. De repente, datos que aparecían dispersos y no conectados, personajes de los que sonaba el nombre pero cuyas ideas no eran bien conocidas, aparecen en su lugar y contexto precisos. Y todo comienza a tomar consistencia.

El libro se inicia con una mirada al pasado reciente, es decir, al tiempo en que, de modo lento pero con una coherencia inflexible, se fue cociendo el ambiente donde vino a insertarse el pontificado del Papa Francisco. Desde la Humanae vitae y la crisis de la moral, a través de la domesticación de los sínodos, hasta la renuncia de Benedicto XVI, se formó un horizonte cuidadosamente cerrado a la renovación. Uno de los apartados más lúcidos de este libro -"Orden, doctrina y ley" (pág. 52-56)- presenta la estrategia, bien pensada y rígidamente ejecutada, de la restauración postconciliar: 1) "promoviendo al episcopado sacerdotes que aceptaran, sin dudas ni fisuras de ninguna clase, el magisterio", reforzándolo con un juramento de "devota fidelidad" a sus enseñanzas; junto a esto, "acabar arrinconando a los obispos más abiertos y conciliares"; 2) "una revisión a fondo -lenta pero inexorable- de la capacidad magisterial reconocida por Pablo VI a las Conferencias episcopales"; 3) "dotar de consistencia magisterial a las ‘verdades innegociables', desactivando la autoridad intelectual "particularmente de los teólogos moralistas" y "de algunos eclesiólogos".

martes, 17 de enero de 2017

¿Cuáles son las seis familias de católicos en Francia?



Todos católicos, pero cada uno su práctica. El gran estudio sociológico encargado por el Grupo Bayard y publicado conjuntamente por La Croix y Pèlerin, distingue seis perfiles tipo de católicos comprometidos.



Céline Hoyeau et Yann Raison du Cleuziou, en La Coix (11.01.2017)



LOS FESTIVOS CULTURALES (45% de católicos "enganchados")

Para ellos, Jesús es: el fundador de su religión, un Dios de amor.

Ser católico es: estar bautizado.

Su espiritualidad: la religión es del orden del patrimonio común, que es una parte importante de su identidad. Está allí esencialmente para tranquilizar, para proporcionar protección a sus familias.

Su práctica: Van a la iglesia para los ritos de paso, celebraciones familiares —bodas, bautizos, funerales. Piden ritos en la Iglesia, pero los viven con cierta distancia. Encienden una vela, donan a asociaciones caritativas... Están unidos a la parte cultural, el folclore y las tradiciones (los Belenes, las campanas...). Aprecian bastante la misa en latín.

Su lugar: la parroquia, pero a menudo abandonan la práctica con las agrupaciones parroquiales. Se han comprometido débilmente, pero se los pueden encontrar en la catequesis.

Su sociología: Son de los llamados "no practicantes". Representan la mayor masa de católicos comprometidos. Son del medio popular, pero no sólo.

Sus figuras de referencia: una madrina, la abuela...

Su voto: orientado hacia la derecha; este es el grupo donde tiene el mayor electorado el Frente Nacional, aunque sigue siendo una minoría (22%, que corresponde a la media nacional).

Muy reacios a "La manifestación por todos", tienen un alto nivel de desconfianza respecto de la visión del papa cuyos pronunciamientos sobre los migrantes no aceptan. Los consideran muy hostiles.



LOS TEMPOREROS fraternales (26% de católicos "enganchados")

Para ellos, Jesús es: el ejemplo del amor vivido; están menos unidos a su persona que a los valores que encarna: la generosidad, la hospitalidad, la apertura a los demás.

sábado, 7 de enero de 2017

Silencio



La Palabra era Dios.
SILENCIO
Dirección: Martin Scorsese. País: USA. Año: 2016. Género:Drama. Reparto: Liam Neeson, Andrew Garfield, Tadanobu Asano, Adam Driver, Ciarán Hinds. Guion: Jay Cockcs; basado en la novela “Chinmoku” (Silencio), de Shûsaku Endô


Si algo ha caracterizado el cine de Martin Scorsese es el ritmo frenético de muchas de sus obras. “Casino”, “Uno de los nuestros”, “El lobo de Wall Street”, por ejemplo, están marcadas por un montaje vertiginoso que atrapa al espectador en los primeros minutos y lo sacude hasta el final.

Con “Silencio”, Scorsese retoma el tema religioso tratado ya antes en “La última tentación de Cristo” y “Kundun” para ofrecernos una obra grandiosa, pausada, con un montaje lento que invita a una contemplación hiriente.

En la segunda mitad del siglo XVII, dos jóvenes sacerdotes jesuitas viajan voluntariamente a Japón en busca de un misionero que ha sido referente espiritual en sus vidas y que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. Al llegar a Japón se encuentran con una comunidad cristiana acogedora y humilde que vive en la clandestinidad y es hostigada con agresividad. Ellos mismos vivirán el suplicio y la violencia con que los japoneses reciben a los cristianos.

A lo largo de todo el extenso film se van oyendo varias voces en off que rezan, se preguntan, manifiestan sentimientos… todas esas voces contrastan con el pesado silencio de Dios, que parece impasible ante el sufrimiento.

El problema del mal, presente siempre en la Teología, es presentado con toda la desnudez. ¿Es lógico creer en un Dios que calla ante del dolor de los que quieren serle fieles?, ¿Dios quiere una fidelidad que lleva a la muerte o se decanta por una apostasía que salva vidas? El joven padre Rodrigues vivirá un Getsemaní terrible en el que hasta su figura atormentada irá pareciéndose a un Ecce Homo… sus preguntas angustiosas chocarán con el silencio de Dios.

Hoy sigue habiendo persecución contra los cristianos en muchos lugares; en nuestro mundo acomodado van llegando noticias e imágenes de la tortura, la cárcel y las ejecuciones que se siguen dando. A la vez que nos muestra la persecución, “Silencio” lleva a la pantalla la grandeza de los sacramentos, la fuerza del perdón y la autenticidad del seguimiento de Cristo. Para nuestro cristianismo, excesivamente burgués, domesticado e inofensivo, el film se Scorsese tiene que ser necesariamente una provocación.

No es un film para todos los paladares; su estilo espiritual y su tono intimista y profundo hacen que pueda ser saboreada fundamentalmente por personas con un afán de búsqueda interior.

Una película dolorosa, discursiva y reflexiva, una llamada a la reflexión sobre las consecuencias de la coherencia de la fe; una película cuyo visionado obliga a salir de la sala en silencio.

JOSAN MONTULL

miércoles, 4 de enero de 2017

Francisco, en el banquillo de los acusados



     Puede parecer un titular cruel, al tratarse de una persona que acaba de cumplir 80 años, pero, guste o no, es lo que hay.


     Es bien conocida la reforma eclesial en la que está empeñado Francisco: con los pobres y con los crucificados de nuestros días en su reclamación de tierra, techo y trabajo; a favor de una nueva unidad entre los cristianos entendida como comunión en la diversidad; impulsando una transformación de la curia vaticana que la acabe recolocando en relación de dependencia con un gobierno cada día más colegial y corresponsable y, finalmente, revisando la moral sexual, hasta ahora vigente, desde el primado de la misericordia como la verdad primera y fundamental del Evangelio.

     Y también es de sobra conocido cómo, a partir de ese momento, las aguas no han parado de bajar revueltas hasta acabar emplazando públicamente al papa, el pasado mes de noviembre, por una supuesta negligencia en su responsabilidad de defender la fe. El encargado de ello ha sido el cardenal estadounidense R. L. Burke en nombre de otros tres colegas: los alemanes W. Brandmüller y J. Meisner y el italiano C. Caffarra. Finalizadas las fiestas de Navidad, ha declarado, podrían pedir públicamente al papa que se corrigiera de las “confusas” directrices impartidas en la carta postsinodal “Amoris laetitia” ya que perciben una ruptura “con lo que ha sido la constante enseñanza y práctica de la Iglesia”. Vamos, que la verdad primera y fundamental del catolicismo no es la misericordia de Dios, sino la ley de la indisolubilidad del matrimonio.

     Lo preocupante no es que estos cardenales, representantes de la minoría rigorista, pretendan sentar a Francisco en el banquillo de los acusados -una sobreactuación que roza lo histriónico-, sino la sintonía que se percibe con ellos en algunos sectores de la Iglesia. Y también, en nuestras respectivas diócesis.

     Hay católicos que comparten, concretamente, tres consideraciones sobre este papa “venido del fin del mundo”. Según la primera, no hay que esperar mucho a que las aguas vuelvan a su cauce tradicional y seguro, habida cuenta la avanzada edad de este papa “salido de madre”. Solo se necesita tener un poco de paciencia y aguante, a la espera de que la naturaleza haga su trabajo y aparezca, como agua de mayo, el deseado y añorado Pio XIII o un Juan Pablo III que ponga las cosas en su sitio. Pero, se recuerda, seguidamente, no está de más insistir en que la Iglesia se encuentra asfixiada por el tsunami de la “dictadura relativista” que Juan Pablo II y Benedicto XVI denunciaron hasta quedarse afónicos y al que Francisco le hace la ola sin miramientos de ninguna clase. Hay, finalmente, otra valoración, más técnica y que ha vuelto a saltar a la palestra muy recientemente: la Exhortación postsinodal “Amoris laetitia”, por ser rupturista, no mantiene la imprescindible continuidad con el magisterio que le ha precedido. Al incumplir tal criterio, queda invalidada como doctrina auténtica.

     Me permito intervenir en este debate aportando también tres consideraciones. La primera, para recordar que las reformas fundadas, como es el caso, en la sencillez y radicalidad evangélicas y no en la autoridad (aunque sea la del papa), han sido, y siguen siendo, determinantes en la Iglesia. La de Francisco, por asentarse en la misericordia, tiene todos los visos de perdurar en el tiempo. Por lo menos, tanto como pueda subsistir el Evangelio que la sostiene y más allá de que al actual papa le queden cuatro días u otros ochenta años.

     La segunda, es para invitar a repasar el magisterio de Juan Pablo II cuando animaba a “discernir bien las situaciones” de los divorciados vueltos a casar civilmente, dada su creciente complejidad, así como a valorar el diverso grado de pertenencia eclesial de dichas personas. El papa Wojtyla era consciente del problema. Pero, una vez reconocido, lo aparcaba y se limitaba a aplicar la llamada “ley moral natural” sin contemplaciones porque en ella se transparenta la voluntad de Dios. Y con él, Benedicto XVI. A diferencia de ellos, Francisco prefiere mirar el comportamiento de Jesús en la parábola del hijo pródigo o con la mujer sorprendida en adulterio. Y, a su luz, entiende, cargado de razones, que el amor de Dios está por encima de cualquier ley, incluido el catecismo y el código de derecho canónico. Me da que este criterio también está llamado a tener más futuro que la aplicación inmisericorde de la ley, aunque se intente presentarla como “definitiva” e “irreformable”. Todo un exceso, éste último, dogmático, además de jurídico, que ignora la precedencia del Evangelio.

     En tercer lugar, creo que no conviene confundir “relativismo” con “jerarquía de verdades”. Nadie discute, al menos entre los católicos, la indisolubilidad como uno de los principios del matrimonio, sin olvidar que cada día somos más quienes entendemos que no se pueden seguir aparcando las excepciones a dicho principio que el mismo evangelista Mateo (19,9) también pone en boca de Jesús: “excepto en caso de adulterio” (“porneia”). Pero todos deberíamos estar de acuerdo en que el corazón del Evangelio no son dichas verdades ni sus excepciones, sino la misericordia de Dios con nosotros. A su luz, se han de leer y aplicar las restantes. Esto tampoco es flor de un día.

     Evidentemente, está en juego no perder el tren de la historia, pero, sobre todo, recuperar el corazón mismo del Evangelio que, con frecuencia, sobrepasa a la historia. Y con ella, a nosotros.

 Jesús Mtz. Gordo

martes, 20 de diciembre de 2016

Elogio de lo humano



En medio de las luces, las algarabías y la fiebre consumista que a todos nos arrastra, los cristianos nos disponemos a celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús en medio de nosotros.

De un tiempo a esta parte da la sensación de que se ha desprovisto a la fiesta navideña de todo simbolismo religioso. Abundan las lucecitas, las cestas millonarias, los regalos de Papa Noel, los muñequitos de nieve, los trineos y los desfiles multicolores. La parte emotiva del asunto se reserva a la lotería del 22 de Diciembre que cuida primorosamente sus anuncios y los disfraza de mensajes familiares y tiernos. Y en medio de todo esto, casi ninguna alusión al nacimiento de Jesús, casi ninguna referencia religiosa; la Navidad se nos ha convertido en una suerte de Disneylandia en la que Jesús de Nazaret ha desaparecido.

Es cierto que el cristianismo adaptó la antigua fiesta pagana del Dies Natalis (el nacimiento del Sol) y la transformó en una festividad religiosa en la que se festejaba el nacimiento del que en el Evangelio aparece como la Luz del Mundo. Desde antiguo en nuestra cultura la Navidad se ha asociado a un hecho religioso, una fiesta en la que hacemos memoria del acontecimiento que ha revolucionado la humanidad: el corazón de Dios late en un recién nacido. Este hecho, se quiera o no, rebasa una lógica puramente humana y nos adentra necesariamente en el Misterio.

Así vista, la Navidad es políticamente incorrecta, siempre incorrecta. El hecho de que entre los más pobres irrumpa un Dios que se aleja de los palacios y los oropeles y se acerca a los márgenes sociales es un acontecimiento altamente subversivo. Cuando con frecuencia no se quiere poner el Belén en muchos lugares públicos esgrimiendo la laicidad del ambiente, se comprende perfectamente. El Belén es inquietante, insurrecto. Dos mil años después el nacimiento del Mesías, se quiere relegar a las afueras de la vida.

Muchos, es cierto, miran el Belén con curiosidad o indiferencia porque no son creyentes. Otros miran el Belén con miedo porque, si lo entienden, su significado es altamente rebelde: los pobres de la tierra son aupados en el Nacimiento mientras que los ricos, henchidos de sí mismos, aparecen en toda su mediocridad lejos del Portal.

No obstante, la Navidad cristiana es un acontecimiento abierto a todos los hombres y mujeres
de buen corazón. En la Navidad hay un elogio de la ternura, de la delicadeza, de la amabilidad. Dios no se endiosa, se humaniza condenando así todos los endiosamientos humanos que devienen en amargura e infelicidad.

La Navidad nos invita, pues, a vivir intensamente todo lo que nos hace más humanos. Es tiempo de escuchar, de saludar, de sonreír, de ser solidarios. Es tiempo de abrazar, de regalar y regalarnos, de reír juntos y parar el reloj para saborear la amistad; es tiempo de la buena educación, de los buenos modos, de desterrar el insulto y la calumnia, de superar diferencias políticas y buscar lo que nos une, de no negar el saludo a nadie ni darlo por perdido, es tiempo de hablar.

Es tiempo de buscar en las periferias de nuestra historia retazos de Misterio, atisbos de Luz entre los pobres, los refugiados, los desahuciados, los excluidos… los protagonistas, junto con el Niño, del permanente Belén de la Historia.

Es tiempo, en fin, de creer, de creer profundamente en el ser humano, con todas consecuencias, con sus grandezas y miserias, sus convicciones y sus dudas, urge creer en lo humano… sólo así podremos asomarnos a la fe en el Dios que ha huido del más allá para hacerse carne en el más acá.

Feliz Navidad, feliz humanidad.
JOSAN MONTULL

domingo, 11 de diciembre de 2016

Gabon



K-Toño Frade Villar

 ERA tradición en los años sesenta-setenta asistir el día de Nochebuena, ataviados con nuestros kaikus y mendigoizales, a la multitudinaria misa en euskera de seis de la tarde en San Antón. Estaba oficiada por el llorado D. Claudio Gallastegi, asistido por su primo D. Germán y ayudados ambos por Aita Iñaki Olabeaga –tío de Iñaki Anasagasti– como monitor.

 Aquellas emotivas misas aunaban junto a las homilías de nuestro insigne párroco la música y canciones de nuestro país ocupando el núcleo principal de la celebración. La cuasi centena de componentes del Orfeón San Antón, bajo la sabia dirección de Andoni Arregi, acompañado al órgano por D. Arturo Intxausti, desgranaban villancicos entrañables como Birgiña Maite o Polit Ederra, compuestos al alimón por D. Claudio y el mismo D. Arturo. La iglesia estaba hasta los topes, las voces solistas de Estitxu Arregi, Josune Arkotxa, Txomin Otazua, tenor; Julio Elorza, barítono; y Jose Mari Aristondo, bajo; tronaban contra la piedra de nuestro más que centenario alcázar bajo un recogimiento absoluto. Había algunos años que el magnífico tenor bilbaino Godoy ‘El Lebrel del Cielo’, como le llamaba mi ama en referencia al título de una película que este había protagonizado, realzaba la celebración con su magnífica voz acompañado algunas veces por su alumno Jose Félix Uribarri, que también recibía clases de la profesora Sarita Fuertes, esposa de D. Arturo.

Terminada la ceremonia, ya había caído la noche. La Banda Municipal de Txistularis con Boni, Txutxi Villar o Mikel Bilbao a la cabeza había terminado su último pasacalles vespertino del año. En el pórtico, resguardándose del sirimiri y del relente que entraba desde el corte de la Ría como un cuchillo, se agolpaba el gentío deseándose los consabidos Zorionak o Egubarri On.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Alcaldes del mundo con los refugiados, ¡gracias!


JOSÉ IGNACIO CALLEJA
PROFESOR DE MORAL SOCIAL CRISTIANA





Acaldes de toda Europa se reúnen hoy y mañana en el Vaticano para exigirse una respuesta concertada a la crisis de los refugiados. En medio de tanto conformismo político, es una esperanza que la red de ciudades refugio salte sobre sus Gobiernos nacionales y diga, “aquí estamos, basta ya de esta barbarie a las puertas de nuestras casas engalanadas con luces y mensajes navideños”. Y que sea en el Vaticano, porque la Iglesia Católica de Francisco los convoca, es un honor para nosotros los creyentes y un gozo para cualquier hombre y mujer de corazón limpio. 

Alguien tiene que dar un paso al frente y si es por la justicia, ya no hay color religioso o laico que importe. «Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura», enseña el Evangelio. La complicación tan falsa de que la justicia de Dios no es la nuestra, es otra barbaridad teológica; no es la nuestra, es como la mejor de las nuestras y elevada al cubo en humanidad; porque sin los más pequeños, ignorados, inocentes, pobres y prescindibles en el centro de nuestro ver, juzgar y hacer, no hay justicia; hay legalidad, y si esos que digo no están en el centro, con sus derechos iguales de persona, se trata de una legalidad para defender nuestra posición social, es decir, un tesoro podrido o robado. Porque no sólo somos pueblos y Estados constituidos en fortaleza contra los refugiados y emigrantes de la guerra y el hambre, sino que somos, a menudo, grupos de intereses antagónicos dentro de lo que parece la sociedad y el mundo único. ¡Qué suerte tienen los señores del dinero, de la guerra, y sus gobiernos, de que entendamos antes la nación que las personas, la legalidad que la justicia, la ideología que el pensamiento! ¡Qué suerte tienen y cómo aprovechan nuestros miedos al de fuera y a un futuro con más invitados a la mesa! Y ¡qué agradecidos estamos de que nos eviten verlos de cerca!

¿La prueba? En las últimas elecciones españolas prácticamente nadie tuvo que hablar de refugiados. ¿Por qué? Porque hablar de esto con la verdad en la boca, quita votos. Se animó en Alemania la malísima señora Merkel y dijo que lo hacía por piedad, y desde entonces ha perdido elección tras elección. Y ¡eso que cabía pensar que en Alemania era mano de obra abundante y barata, a medio plazo, en un país que la necesita! Pues ni así coló. ¿Qué más puede suceder para que la opinión pública mundial reaccione severamente ante sus gobiernos pidiéndoles responsabilidades? ¿Qué estáis haciendo para detener definitivamente la guerra de Siria y sus consecuencias para la gente? Esta debería ser la pregunta de nuestros ciudadanos.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La razón abortista



Jesús Martínez Gordo


Con motivo de la finalización del año de la misericordia, el papa ha concedido a los sacerdotes “la facultad de absolver a quienes hayan procurado” el aborto; una potestad reservada hasta el presente a los obispos. Y lo ha hecho indicando que, aún sin dejar de ser “un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente”, reconoce, a la vez, que “no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido”.

Las reacciones no se han hecho esperar.

Los más rigoristas le han acusado de ser el valedor del relativismo moral que carcome nuestra sociedad, así como del “sometimiento” de la Iglesia al “espíritu del tiempo” y de su adentramiento en una inseguridad moral que no existía, ¡cómo no! en tiempos de Juan Pablo II. Son personas y colectivos que no comparten lo dicho por Francisco el pasado 18 de febrero: el aborto, a diferencia del empleo del preservativo o de la píldora contraconceptiva, “no es un mal menor”. “Es echar fuera a uno para salvar a otro, en el mejor de los casos” o “para vivir cómodamente”. Esto, indicó, es “un problema humano”; “un mal” que debe ser “condenado” por sí mismo. Argumentando de semejante manera, mostraba conocer el debate que, iniciado, en la década de los noventa entre la llamada mentalidad o “razón abortista” y los partidarios del “derecho de nacer”, persiste en nuestros días.