sábado, 18 de abril de 2026

La bondad que salva

Por     Felisa Elizondo

Abril 2026

 

En días en que un resplandor de la pantalla responde a la explosión de un misil, he recorrido las páginas de Tren a Samarcanda (2024) un relato largo de Guzel Yájina, novelista rusa de aspecto frágil en las imágenes publicadas, que sin embargo muestra tesón y convicciones claras en sus entrevistas.

De esta filóloga, guionista y escritora, se tradujo anteriormente Zuleijá abre los ojos (2019), otra novela-relato sobre la deportación de kulaks en la década de los treinta del siglo XX. Recreaba allí el coraje y el amor a la vida de su abuela tártara, que sobrevivió a la barbarie de la incautación de cosechas y el traslado en “ferrocarriles eternos” de enteras poblaciones desde el Kazán nativo a la tundra siberiana.

Ya en el primer título, al retratar a los personajes con su peculiar lenguaje y sus creencias, la autora mostraba un empeño decidido en rescatar para la memoria el sufrimiento de las gentes arrancadas de sus tierras por despiadados planes de industrialización y condenadas al hambre y la intemperie. Otro trabajo, Hijos del Volga, pendiente de publicación, promete completar esta mirada a décadas de miseria vividas en la Unión Soviética.

 Guzel Yájina (Kazán,1977) escribe en ruso, pero conserva recuerdos y palabras del tártaro de su infancia. Lo hace con una sensibilidad llamativa con las mentes y los usos de aquellas gentes castigadas sin piedad. Recrea personajes y sucesos con fidelidad a la memoria trasmitida en familia, y asegura que se ha documentado cuidadosamente sobre los decenios de violencia y miseria que padecieron millones de sus conciudadanos a raíz de la revolución bolchevique que se prolongó en el estalinismo.

 

Un viaje hacia la vida

Tren a Samarcanda refleja la violencia y hambruna que asolaron regiones enteras del inmenso país y que acabaron con la vida de millones de adultos y, en primer lugar, de incontables niños. Describe las condiciones en que un desvencijado tren, irónicamente bautizado como La Gaviota, trasporta centenas de cuerpecillos famélicos a lo largo de miles de versats atravesando los bosques de la región del Volga, las vistas del mar de Aral, desiertos como “océanos pardos” y arenas rojizas de la estepa rusa, hasta ver aparecer, detrás de las cordilleras, la “tierra de sol y pan” del Turquestán y la soñada estación de Samarcanda.

En el trasfondo está el recuerdo de travesía que realmente tuvo lugar en 1923, cuando se agudizaban las penurias en la recién creada URSS. A lo largo de sus quinientas páginas seguimos el traslado de quinientos niños huérfanos y desnutridos –“sombras de niños”, se dice en algún momento– desde un orfanato de Moscú hasta otro semejante que les aguarda a su llegada. Algunos mueren en el viaje, son enterrados de noche junto a los raíles y reemplazados por otros tantos que les igualan en la desgracia.

Déyev, un joven militar oriundo del Kazán, es el jefe de convoy. Controlado por la rígida comisaria Belaya, ha sido obligado a conducir semejante cargamento hasta el lejano Turquestán sin provisiones y con muy pocas manos que ayuden. Es responsable de que los niños sin abrigo y sin agua, sorteando el hambre, el cólera y los asaltos de bandidos, lleguen a un destino en el que tampoco se les garantiza una vida segura.

Se trata de una orden recibida sin apelación posible, que choca desde el principio con el desentendimiento y hasta la brutalidad de burócratas que estrenan su autoridad en el nuevo régimen y abusan de la mayoría indefensa. Un peso que grava sobre las espaldas de un muchacho sencillo, que ya había constatado cómo la muerte se adueñaba de su patria pese a que “la gente ha sido creada para vivir”: “Se nace –piensa al subir a la locomotora– para sudar el jornal, hacer crujir las manzanas entre los dientes, caminar descalzo sobre la hierba, pelearse, hacer las paces, amar a alguien, ayudar a los demás, construir, arreglar cosas…”  Que” los hombres nacían para vivir”, era la mayor certeza que llevaba consigo al conducir a niños rescatados de una muerte probable hacia un lugar donde, también probablemente, les esperaba la vida.

En la novela-relato van apareciendo varias regiones, etnias, culturas y creencias que a lo ancho y largo de la URSS padecieron la imposición de una ideología que, en nombre de la revolución, ordenó deportaciones masivas y provocó dolorosísimos desarraigos. Hechos reales que en años recientes han narrado otras voces, algunas con la autoridad innegable de los testigos. En este caso, la autora se apoya en un minucioso trabajo de archivo, y no oculta su decidido empeño en que los padecimientos de sus mayores no queden olvidados en una “historia oficial”.

 

La metáfora de un viaje

 El recurso utilizado para decir lo vivido es la narración de un viaje interminable amenazado por más que contratiempos. La Gaviota es el tren destartalado que guarda jirones del pasado zarista y que cruza a duras penas la enorme distancia que separa Moscú del Turquestán. Vagones con herrumbre y con escaso combustible traquetean llevando encima sólo hilos de vida y, cuando se detienen para buscar ayuda urgente, se ven obligados a albergar nuevas bocas.

La ruta recreada por Guzel conecta con otros tantos relatos de éxodos o marchas hacia tierras soñadas. Con relatos de una esperanza difícil de sostener durante un tiempo largo, pero que dura y permanece en los protagonistas. Algunos comentaristas han apuntado un parentesco con el viaje de Miguel Strogoff en tiempos de la invasión de los mongoles descrito por Julio Verne.

 

Una bondad genuina 

Pero hay otra veta literaria en la que se pueden situar estas páginas que reflejan una suma de arbitrariedades, sinsentidos y hasta crueldad, en sujetos, grupos y poblaciones  –llamativamente variados y poco conocidos– a lo ancho del mapa de la nueva URSS. En medio de las desgracias que se suceden y se superponen, aparecen gestos impensados, destellos de bondad que, como en otros momentos de la historia, han salvado del horror a los aplastados por la barbarie. La propia autora lo ha hecho notar en alguna entrevista. Son gestos nacidos de una bondad genuina, no sofocada por los males sobrevenidos, gestos que emergen inesperadamente y revelan que hay algo guardado en el fondo de las personas, algo que horror y desgracia no llegan a anular.

Un fondo de humanidad resiste en alguno de los componentes del “equipo” y, de manera especial, en Déyev, el joven comandante de aquella misión imposible. Salvar la vida de niños hambrientos, sucios y enfermos es una orden impuesta, pero asumida a riesgo del propio vivir en las peores circunstancias. Y ese propósito de defender las vidas más indefensas reclama todas sus energías.  Despierta una audacia y un coraje desconocidos, junto con piedad y respeto profundo para cubrir de tierra los cadáveres diminutos. Incluso una ternura improvisada para dar de comer masticando primero los granos, abrazar el “despojo de criatura” en que se ha convertido “el Calenturas” y acariciar a los sobrevivientes repitiendo uno a uno los motes asignados  para la “travesía”. 

El comandante llega a su destino después de haber ablandado la rigidez de la inspectora con sus reacciones imprevisibles. Pero sabe que su voluntad indomable de cuidar de los niños es, en buena parte, el pago de una deuda: hay muertes que oscurecen su expediente personal, manchado en el caos de la revolución bolchevique. Ha vislumbrado, con ayuda de Bug, el admirable enfermero, que en su empeño en salvar otras vidas se esconde la  necesidad de salvarse a sí mismo. De ahí que, llegado al destino y ante la nueva responsable que se resiste a acogerlos, reconoce que “quería volver su alma del revés y mostrar lo más sagrado que guardaba en su interior”. Que es como decir que ha comprendido que salvando pequeñas vidas ponía a salvo su propia humanidad. 

Y argumenta así: “Toda la gente que nos hemos tropezado a lo largo de este viaje, que no ha sido poca, ni pacífica, nos ha echado una mano. Y no ha ayudado porque yo sea especialmente convincente o afortunado, sino porque todos sabían que, aun en medio de esta locura, tenían que preservar su humanidad, que aun metidos en la máquina de moler carne que es la Revolución, debían continuar siendo seres humanos” (p 573).

 

Una “bondad insensata”

En Tren a Samarcanda encontramos ecos de un tema que ha tenido un lugar innegable en la literatura rusa. Bastaría aludir a las páginas de Dostoievski que retratan la compasión extrema de Sonia en Crimen y castigo, la imposible e indefensa bondad del príncipe Mishkin, o la amabilidad de Aliosha reconocida por Iván Karamazov en el fragor del debate sobre Dios y el sufrimiento.

De la bondad dicen los léxicos al uso que es “cualidad de bueno; natural inclinación a hacer el bien; cercana en significado a benevolencia, benignidad y generosidad; voluntad de bien; actitud positiva y constructiva hacia los otros…”. Una cualidad del alma que el poeta Christian Bobin ha invocado como su “fundamento incorruptible”.

 En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, un observador del alma rusa como Vasili Grossman, valoró los gestos de bondad como huellas de humanidad que inesperadamente asoman cuando la crueldad y la miseria parecen imbatibles. Lo hizo poniendo en guardia contra las pretensiones engañosas de las “grandes palabras”. En su obra mayor, Vida y destino, anota ejemplos de esa bondad sin brillo que le merecía el mayor aprecio: una anciana da un mendrugo a un prisionero, un soldado da de beber al enemigo herido, los jóvenes se apiadan de los ancianos, el campesino oculta en el pajar a un viejo judío…

Y resume su convicción en un párrafo muchas veces citado: “Yo no creo en el bien, yo creo en la bondad. [...] Es la bondad de un hombre para con otro hombre, una bondad sin testigos, pequeña, sin grandes teorías; podríamos llamarla bondad insensata. La bondad de los hombres más allá del bien religioso y social”.

Ejemplos singulares de esa bondad que Grossman consideró “bella e impotente como el rocío” pero “indestructible” como lo “verdaderamente humano“, han sido rescatados en el trabajo de Gabriele Nissim que, justamente, lleva el título de La bondad insensata y reúne testimonios de los reconocidos como “Justos de las Naciones” Se trata de un atestado de gestos que a veces rozaron lo heroico, “perlas de bondad” frente a un mal que apenas dejaba resquicio a las conciencias.

Ocurre que, en su “insensatez” y aparente inutilidad, la bondad subsiste y salva lo de veras humano aun en las peores circunstancias. Se revela como una poderosa resistencia y abre a la esperanza: “‘Me basta con que estés en algún sitio para no perderle el gusto a la vida”, llega a decir el negador Iván al confiado Aliosha.

Lo sigue sosteniendo un humanista de nuestros días: “Aquí, en las afueras, el mal es muy profundo, pero la bondad todavía lo es más. Aquí, en las afueras, nada tiene más sentido que el amparo y la generosidad. Aquí, en las afueras, cuesta muchísimo moverse medio palmo en la buena dirección. Es el medio palmo hacia la comunidad fraterna que vive” (Josep M.ª Esquirol, La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana).               

Felisa Elizondo. Abril 2026

 

 

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